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Sálvese quien pueda

"Habría que exigirle que, al menos, asumiera él la responsabilidad de analizar en profundidad la situación"

Foto: Mariscal | EFE

No del coronavirus, el reto más brutal que enfrenta España y el mundo entero desde hace décadas, y que siembra nuestro país de desolación y víctimas. 

Víctimas cercanas, con nombre y apellido, rostro y corazón, nada que ver el impacto que nos produce su enfermedad o, lo que es peor, su fallecimiento, con el que sentíamos cuando nos llegaban datos de lo que ocurría en China. Está muy lejos, nos decíamos los primeros días, aunque luego llegó la preocupación al comprobar que se acercaba irremediablemente. El primer susto serio nos lo dio Italia, pero faltaba lo peor, aquella primera víctima de un joven en Segovia que nos enfrentó con los hechos, con la realidad, con el drama: el coronavirus, el covid19, nos había alcanzado.

Nos había alcanzado con saña. De lo que hay que salvarse es del gobierno, de este gobierno. Nos ha tocado el peor en el peor momento, y no hay día en el que no tengamos que hacer el esfuerzo de convencernos de que, como buenos demócratas hay que aceptar, sin dudas, sin fisuras, sin malos pensamientos, el resultado de las urnas. Lo que han votado de forma mayoritariamente los españoles.

De la misma manera que hacemos un ejercicio de responsabilidad para aceptar que es obligado respetar el gobierno de Sánchez aunque no nos guste –o no nos guste a algunos, probablemente a muchos- habría que exigirle que, al menos, asumiera él la responsabilidad de analizar en profundidad la situación, y reflexionar sobre las consecuencias de sus decisiones ante de anunciarlas y llevarlas a la práctica.

Centralizar las compras de material sanitario fue una locura, y lo que dicta el sentido común es dedicar una pensada a nuevas medidas antes de aprobarlas. Como la de prohibir el despido, o cerrar toda actividad no indispensable. Son multitud los economistas que afirman que algunas de esas medidas son disparatadas y abocan al desastre, empezando por la quiebra de empresas y pérdida de trabajo para millones de españoles.

Lo que lleva a la reflexión, una vez más, de que antes de votar hay que pensar bien en el sentido del voto, y no dejarse tentar por promesas que se sabe que son imposibles de cumplir, ni dejarse tentar tampoco por sonrisas y caras bonitas. Nada como la experiencia. Porque la experiencia significa sabiduría y, también, que con ella se aprende que los errores salen muy caros. Como los que estamos viviendo. Caros en vidas y en empleo.

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