José María Albert de Paco

Sociedad de amigos del terror

Patria, de Fernando Aramburu, explica cómo el terrorismo horadó los cimientos morales de la sociedad vasca. Para ello, despliega un escenario innominado por el que transitan todos y cada uno de los arquetipos que, bajo la férula de ETA, se fueron enquistando en las páginas de sucesos.

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Sociedad de amigos del terror
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

Patria, de Fernando Aramburu, explica cómo el terrorismo horadó los cimientos morales de la sociedad vasca. Para ello, despliega un escenario innominado por el que transitan todos y cada uno de los arquetipos que, bajo la férula de ETA, se fueron enquistando en las páginas de sucesos.

El terrorista, la madre del terrorista, la novia del terrorista, el cura, el dueño de la herriko, la víctima del terrorista, la viuda de la víctima del terrorista, sus hijos… No hay personaje al que no corresponda, siquiera teóricamente, un colectivo: Jarrai, ETA, Batasuna, Gestoras, Asociación de Víctimas del Terrorismo. De hecho, el éxito de la novela se debe, en parte, a la formidable semejanza del relato con un juego de rol, a ese escuálido (y aun tosco, en ciertos lances) microcosmos que nos permite vislumbrar, precisamente, a una víctima del terrrorista antes que a una víctima del terrorismo. Una ficción, sí, pero como lo son esos cultivos de laboratorio en los que aletea la vida.

Con todo, el mayor acierto de Patria, su aspecto más estremecedor, no se halla en ninguno de sus protagonistas sino en el ambiente: en la mano que pintarrajea un ‘cómplice’ frente a la casa del empresario, en los amigos de la peña ciclista que, al reparar en la pintada, dejan de serlo, en los vecinos que, también enterados, omiten el saludo, en la capital contribución del mujerío al sostén del tinglado criminal, en el paralelismo entre Don Serapio y cualquiera de nuestros imanes, en el aire envenenado de un pueblo sin nombre que, justamente por ello, tan familiar nos resulta.

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