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Soñar bien

"Lo que yo me pregunto es por qué no podemos sobrevivir sin la ficción, por qué, efectivamente, el hombre que no sueña se vuelve loco"

Foto: Vita Marija Murenaite | Unsplash

Si el hombre no tuviera sueños, no podría sobrevivir. Algo así dijo Ernesto Sábato, que era estupendo lanzando frases con calibre. Lo que yo me pregunto es por qué no podemos sobrevivir sin la ficción, por qué, efectivamente, el hombre que no sueña se vuelve loco, depresivo, enferma y porqué sucede lo contrario, o no lo contrario, sino la otra cara de la misma moneda: cuando estamos estresados, ansiosos o tenemos indigestión soñamos cosas aterradoras y machacantes.

Me pregunto con frecuencia por qué en etapas de escased de buenos sueños nos enganchamos a narraciones que sabemos que son mentira, viviéndolas como mundos alternativos, apasionantes y reales. Ayer, mientras terminaba de ver la última serie británica que más me ha enganchado de los últimos meses, 'Traces', y me bebía el primer capítulo de 'Deadwater Fell', recién estrenada en Channel 4 con David Tennant de protagonista, me hacía esta pregunta. ¿Por qué estoy tan inmersa en estos relatos? ¿Por qué necesito escapar de la realidad? ¿Por qué los seres humanos necesitamos de una forma vital e instintiva seguir jugando en la ficción, aunque como en mi caso, por ser guionista, conozca todos los trucos del oficio de fascinar con un relato televisivo? No conocemos todas las respuestas a no ser que seamos estudiosos del asunto, pero comprendemos la principal: la ficción nos hace sentir bien.

Hay que cuidar la supervivencia del juego en la infancia, ese elemento fascinante que domina la vida de los niños y que tanto me fascina observar porque el juego es el espejo de la complejidad humana. No en vano la UNESCO lo reconoce como uno de los derechos de los niños. Pero también debemos cuidarlo en la vida adulta. Nunca perdemos el instinto del juego y sus derivados. En el juego, en el río del juego, el tímido pierde su inseguridad, mi hijo tartamudo se convierte en el perfecto orador, sube la adrenalina, las endorfinas, la felicidad puede llegar a ser total y se quema la energía necesaria para el mejor de los descansos. El juego es un lugar de reglas obligatorias, pero libremente aceptadas que nos permite ser lo que queramos y también ser sin tapujos. Podemos jugar o no jugar, ser o no ser parte de él. El juego, que todos sabemos que es un instinto con el que venimos al mundo, socializa y no solo cuando somos niños, pues la ficción es una extensión de este ejercicio de imaginación que es el juego, con reglas también, estructuras y lenguajes aceptados y comunes. Los clubs de lectura dan muestra de la pasión que tenemos por compartir con otros lectores las ficciones recién leídas, las intenciones profundas del autor y la pasión o rechazo por los personajes. Lo mismo nos sucede con las series de televisión, de las que hablamos incesantemente en las redes.

Bruner, uno de los fundadores de la psicología cognitiva, define el juego y la realidad de una forma perfecta. Asegura que el juego es como una proyección de la vida interior hacia el mundo, en contraste con el aprendizaje a través del que interiorizamos el mundo externo y lo hacemos parte de nosotros mismos. Es decir, que en el juego nos damos y en el aprendizaje, tomamos. En el juego nosotros transformamos el mundo de acuerdo con nuestros deseos mientras que en el aprendizaje nosotros nos transformamos para conformarnos mejor a la estructura de la sociedad y de nuestro medio ambiente. Así, no podríamos ser personas completas sin este ying y este yang, pues realidad y juego son, efectivamente, dos opuestos que se necesitan para completar la complejidad del ser.

Jugar es soñar con reglas, como escribir un guion, con su estructura, su final de capítulo en lo mejor, los elementos plantados para ser rescatados más adelante y satisfacer la lectura interna de esas reglas con las que libremente juega el espectador.

Necesitamos ver series igual que necesitamos soñar y jugar. Necesitamos leer por el mismo motivo, ficción, fantasía, mundos de otros basados en hechos reales, pintarlos y comentarlos, da igual. El juego y el sueño son elementos hermanos o medicinas complementarias y soñar bien sucede cuando se juega bien. A ver quién no le lee cuentos a los niños antes de dormir, o quién no apila libros en la mesilla de noche (aunque no los lea).

De todos los propósitos de nuevo año que veo y que escucho, rara vez oigo a alguien decir que quiere jugar más o ver más ficción televisiva. Se consideran vicios, enganches adictivos algo nocivos o gamberros, porque parecen quitar tiempo para lo importante, como salir a correr en la cuesta de enero. Unos dejan de fumar, otros quieren quitarse esos kilos, hay quien se propone coleccionar fascículos, pero de lo que menos cansa y más cura, que jugar o enseñar a leer a los hijos o leer más literatura, se habla bien poco.

La ficción y el juego y todos sus elementos allegados nos dan salud, sueños que curan nuestra realidad herida y que según algunos estudios soñar retrasa la aparición de enfermedades como el Alzheimer o previene la depresión. Hagan el propósito o al menos, no se sientan culpables por consumir ficción en vez de salir al relente con las zapatillas recién compradas. Es pura salud humana.

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