Beatriz Manjón

Sucedáneos

«Sánchez ha dedicado semanas a inculcarnos los sacramentos de la “nueva normalidad”: el bautismo en gel hidroalcohólico, la confirmación de un Danny DeVito de distancia, el matrimonio con la mascarilla, la absolución de los pecados del Gobierno y a comulgar con la hostia que viene»

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Foto: Martin Mejia| AP
Beatriz Manjón

Beatriz Manjón

Gallega sin escalera. Periodista. Coleccionista de rechazos editoriales. Mis mejores páginas son, ay, las que no escribo. Intento vivir a salto de cata.

Con Franco en el Valle de los Caídos vivíamos mejor. Y más; muchos más. Los que crecimos con “Poltergeist” sabemos que no se debe construir sobre las sepulturas, y menos un programa político. Se empieza haciendo campaña sobre una tumba y se acaba gobernando sobre 27.000 muertos —44.000 según el INE—.

Como un simulacro de mistagogo, Sánchez ha dedicado semanas a inculcarnos los sacramentos de la “nueva normalidad”: el bautismo en gel hidroalcohólico, la confirmación de un Danny DeVito de distancia, el matrimonio con la mascarilla, la absolución de los pecados del Gobierno y a comulgar con la hostia que viene. Si hasta ha nacido una contrahechura de santo, san Simón, como el queso, que nos la dio con ídem cuando vaticinó que España no tendría, “como mucho, más allá de algún caso diagnosticado”. Simón, que ha obrado el milagro de congelar la estadística de muertos, materializa su canonización en camisetas, como un Che pandémico. Se equivocó d’Ors cuando dijo que el sereno era el único individuo que más aplausos oía cuanto peor ejercía su oficio.

Lo que iba a ser una “desescalada gradual y asimétrica” es ya balconing. Falta que vengan los ingleses, que son los que saben, a reemplazarnos. El uso de la mascarilla es tan polivalente como el de la palabra fascista y las playas están de brote en brote. Parecemos Hölderlin pidiendo en el último trance “sólo un verano más”, aunque sea un verano condicional. El 21 la movilidad será un reguetón. Lo malo de no querer privarse de nada es que se acaba renunciando a la precaución, por eso algunos optamos por el todo incluido del hogar, nuestro asilo de normalidad. Tres veces he pisado la calle en tres meses, con pasos astronáuticos, como si acabara de descubrir un trasunto de planeta con peatones que semejan el mismo repetido. Cada vez que poso sobre mi piel sensible la mascarilla, ese bien de primera perversidad, creo que se me adhiere al hocico Alien, el octavo pasajero. Caminar acompañado del propio aliento no es pasear, sino esperar un metro que no llega.

Ha escrito Hughes que el aficionado al fútbol, precisamente por serlo, debe rechazar el balompié sucedáneo de estos días. Como forofa de playa, tampoco seré yo quien pida cita para plantarme en una parcela de arena como si fuera un vegetal, aunque a veces me ponga como un tomate. El mar tiene, además, su propia medida de distanciamiento: la medusa. No visitaré a la Gioconda si no puedo devolverle la sonrisa; viajaré para despreocuparme, no para preocuparme de las toses vacacionales; me relameré en los restaurantes cuando regresen manteles y servilletas de tela, planchadas como celebridades, y el camarero no arroje sus comandas contra el frontón del bozal cual pelotari. No me inmoviliza la nostalgia, que ya se sabe que es un gato sin uñas, el ronroneo del pasado sin sus zarpazos, sino la constatación de que este no es mi momento. Aparte de los desterrados de la patria, matizó Foxá, “existen también los expatriados del tiempo”.

La pandemia es un mantero que ha extendido sobre el pañuelo del mundo imitaciones de vida. Hay quien es capaz de disfrutar de estos remedos, integrado entre cirujanos de pega que se lavan las manos antes de acometer una operación de riesgo: comerse unas patatas fritas. Otros preferimos esperar a la versión original, sentarnos con nuestros seres queridos cuando no haya que guardar en la mesa la distancia de “La guerra de los Rose”. Ya apuntó Pascal que si en algún lugar hay que buscar la felicidad es en la costumbre. Para meterme en la cabeza esta rutina falsificada tendrán que trepanármela.

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