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También la mitad de los votos

El feminismo, dicen, estaba dormido y despertó con la marcha de las mujeres en Washington –y luego el #MeToo y las movilizaciones del 8 de marzo–

Foto: Paul White | AP

El feminismo, dicen, estaba dormido y despertó con la marcha de las mujeres en Washington –y luego el #MeToo y las movilizaciones del 8 de marzo–. Ahora el feminismo se ha convertido en uno de los ejes para dividir, identificarse –casi siempre por oposición a lo que dice el adversario– y polarizar. En realidad, el feminismo siempre estuvo ahí, pero sus manifestaciones se han hecho más evidentes en los últimos tiempos, en parte, porque los medios y las editoriales han descubierto un nicho de mercado y de interés en él.

El feminismo tiene el foco: se pregunta sobre él, se obliga a entrevistados a posicionarse –como se hace con los asuntos sobre los que se cree que la gente está interesada, sea la selección española de fútbol o la memoria histórica, sea quien sea el personaje–, inunda las mesas de novedades con libros sobre el tema –y a los que no son sobre eso, se les busca un enfoque feminista– y hasta el periódico más leído en español ha creado una sección dedicada a asuntos de género (en la que cabe casi todo, hasta un desafortunado reportaje sobre un club feminista de hombres que perpetuaba los estereotipos más rancios sobre la guerra de sexos). En esta guerra de posiciones el que más corre no siempre es el que acierta y las buenas intenciones a veces terminan cayendo en lo contrario de lo que buscaban.

Parece como si los partidos acabaran de darse cuenta de que las mujeres son la mitad de la población, también de la que vota. Así que buscan nuestro voto tratando de convencernos de que son feministas, cada uno a su manera. No es tanto que expliquen qué proponen para ir hacia una sociedad más igualitaria (o menos) como que se pongan camisetas con lemas feministas (o antifeministas) más grandes.

El feminismo debería poder albergar a todas las feministas. Debería ser un movimiento de todos, no una etiqueta por la que competir para luego lucir. Debería ser posible llegar a un consenso de mínimos, ponerse de acuerdo en lo elemental. Y parecía que lo era hasta que se convirtió en campo de batalla electoral. Desde luego, tiene cierto mérito haber conseguido que nos peleemos en un asunto en el que presuntamente estábamos de acuerdo en lo fundamental: la igualdad de oportunidades, reducir la brecha salarial, romper techos de cristal, acabar con la violencia de género.

No sé quién empezó ni quién ha seguido, pero nadie está libre de responsabilidad y todos colaboran con su poquito a la polarización también aquí. No me gusta que se trate de imponer una única manera de ser feminista ni la infantilización de las mujeres. Se debería poder disentir y matizar sin que eso significara la expulsión. Se debería poder dudar porque la duda es lo que nos hace avanzar y pensar dos veces. Me gustaría que todo este asunto se pareciera más a una discusión de ideas que a una religión en la que se exige fe y entrega sin cuestionamiento. No sé cómo se para la guerra de posiciones, si es que se puede. Por el camino, algunas cosas sí hemos aprendido: por ejemplo, que no se puede dar nada por sentado, la posibilidad de la vuelta atrás acecha en cada esquina. También que lo que estropea el debate no es la política, sino el electoralismo.

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