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Lamparones en el traje blanco del nuevo periodismo

Foto: Jeff Christensen | Reuters

Con su nuevo periodismo, Tom Wolfe clavó una palada más en tumba de la novela clásica y eso se ha dicho una y otra vez desde hace un mes, tras la muerte del escritor del traje blanco. Los clásicos esquemas de la ficción decimonónica habían quedado obsoletos, dejó dicho en su manifiesto El nuevo periodismo, y solo podían resucitarse desde la no ficción. Entre los años 60 y 70 lideró una corriente que introdujo en el reporterismo el uso de la primera persona, diálogos, monólogos interiores… todas esas técnicas literarias que convirtieron el periodismo en un producto mucho más atractivo de lo que se hacía en los diarios tradicionales, aunque para ello hubiera que sacrificar la veracidad.

Esa peligrosa ruptura entre la ficción y la realidad es el otro legado que deja el nuevo periodismo de Wolfe y de esto no se ha hablado tanto. Lo advirtió John Hersey en 1980 y nada ha cambiado desde entonces. El autor de Hiroshima, la crónica más impactante publicada en el siglo pasado si descartamos a Capote y su A sangre fría, firmó en The Yale Review el artículo “The Legend on the License”. Es una suerte de antimanifiesto del nuevo periodismo, o más bien un manifiesto del viejo nuevo periodismo. He leído Elegidos para la gloria (Lo que hay que tener), de Wolfe; La canción del verdugo, de Norman Mailer, y Ataúdes tallados a mano, de Truman Capote, y estoy aterrado, advertía Hersey. Si Wolfe me veía en El nuevo periodismo como un abuelo del género, “ahora soy un abuelo preocupado”.

Como buen abuelo preocupado, en su texto Hersey recordaba la única regla que hay en el periodismo: el escritor no debe inventar. Es una regla sagrada: igual que el escritor de ficción debe inventar, el periodista no debe inventar. “Siempre he creído que los recursos de la ficción podían beneficiar al periodismo y que incluso le podía ayudar, entonces y ahora, a elevarlo a la categoría de arte. Pero he intentado respetar la distinción entre ambos géneros. Decir que un trabajo es al mismo tiempo ficción y periodismo, o asegurar, como recientemente hizo Doctorow, que ‘ya no existe eso de la ficción o la no ficción: solo hay narrativa’, son, bajo mi punto de vista, serios crímenes contra el público”. Si bien leemos ficción para enriquecer nuestras mentes, argumentaba Hersey, leemos periodismo para tratar de aprender sobre el mundo que nos rodea: “Y lo que necesitamos de los informantes es cierta dosis de confianza”.

Dos son las manchas que tiene el traje blanco del nuevo periodismo, según el antimanifiesto de Hersey. La primera tiene que ver con su gran éxito: “La distorsión del oficio se pone de moda y se vuelve respetable, rentable y envidiable. La infección se propaga. Si el gran Mailer puede hacerlo, cualquiera puede intentarlo”. La legión de imitadores del estilo Wolfe no se cuestionaron que detrás de esas onomatopeyas y contorsiones del lenguaje había una peligrosa falta de rigor. Qué importaba, si contar los hechos con arreglo a la veracidad había pasado a un segundo plano. Esa es la segunda mancha que señaló Hersey, mucho más preocupante: “La confusión entre la verdad y la ficción conduce, o al menos ayuda a allanar el camino de la mentira pública, o bien confirma su carácter razonable”. El lector se había acostumbrado a no saber si lo que leía era cierto no y, de la costumbre, había dejado de cuestionárselo.

¿Era Orwell quien alertaba de que la mentira podía convertirse en la verdad? ¿Quién dijo postverdad?

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