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Foto: Victor R. Caivano | AP

Uno de los programas culturales más exitosos de nuestro tiempo (y entiéndase ‘programa’ en el sentido en que lo pueda ser la corrección política) fue el que promovieron a principios de los noventa Manuel Vázquez, Javier Marías, Santiago Segurola y Jorge Valdano. Hablo, claro está, de la imbricación del fútbol y la vida, que podríamos definir como la fijación del cauce expresivo que liberó al juego de su servidumbre semántica para presentarlo tal cual era: un fenómeno asombroso. De esa mirada oblicua, Vázquez había extraído (años setenta, tal vez) la idea del Barça como ejército simbólico (la única de cuantas alumbró, por cierto, que no se ha venido abajo); Marías, madridista de batín, cifró el virtuosismo en lances estéticos (aquel memorable “Felones”, en pleno Mundial del 94, en que abjuró de la Selección después de que sus jugadores se dejaran perilla) y Segurola convirtió la crónica futbolística (género que por entonces daba signos de agotamiento) en un vibrante contencioso entre la vistosidad y la especulación, trasuntos, a su vez, del progresismo y el conservadurismo políticos. (Retrospectivamente, y al hilo de esa reverberación, la Holanda de Cruyff fue contracultural, el Brasil de Sócrates libertario y la Italia de Gentile reaccionaria. El fútbol no imita la vida, sólo sus más bárbaros indicios.) Me he inclinado por el término vistosidad en lugar de tiqui-taca para rendir tributo a Jorge Valdano, que suele rehuir esa onomatopeya por considerarla denigrativa, el atajo más socorrido para subrayar la inercia retórica del jogo bonito. No le falta razón, pues fue Clemente quien echó a andar al animalillo para ridiculizar un artículo de Ángel Cappa, El tiki y el toque (El País, 1994), airado y arrogante como los viejos manifiestos vanguardistas: “Vivimos en la cultura de la inmediatez y el utilitarismo. Todo tiene que ser ahora y práctico. Todo tiene el carácter transitorio de los productos de consumo. Vale el que gana y mientras gane. Quizá por eso es tan fácil confundirse y creer que el fútbol es geométrico y estadístico, computable y previsible”. También Valdano fue objeto recurrente de mofa. Sobre todo por parte del locutor García, que siempre vio en su elocuencia una suerte de tartamudez inversa.

Mas el molde se había roto, y atraídos por las posibilidades de un género propicio a la melancolía, otros autores se añadieron al coro. Al principio, dando rienda suelta a una doblez de opereta: informadores políticos, críticos culturales o novelistas alternaban a ratos perdidos con el balón. Las tardías travesuras de Guillem Martínez, las leyendas desganadas de Enric González, el fanatismo reposado de Sergi Pàmies. Al calor de la novedad, florecieron revistas y aun editoriales, y al poco no quedó en España un solo escritor que se resistiera a sacar al hincha que llevaba dentro; a menudo, sin calcular que también lo llevaba fuera. La tentación manierista hizo el resto y los periódicos empezaron a llegar envueltos en una telilla de murmuraciones infantiles. Me quité el día en que tropecé con la mía.

Hasta que esta misma semana volví a preguntarme cómo empezó todo. Y fue de nuevo Valdano quien susurró: “El Madrid estaba en observación y cuando el Alavés marcó el gol, se me cayó en el comentario la palabra tragedia. Esas exageraciones dejan sin adjetivos a los periodistas de sucesos para describir sus catástrofes. Pero cualquier juego solo tiene sentido si lo ocupa todo durante un rato”.

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