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Un lugar para los malos

La eficiencia mecánica es la mayor enemiga de la libertad

¿Os imagináis un lugar más sombrío que una cárcel? Yo no.

A la nueva cárcel de Toronto no le falta luz. Tiene muchísima, pero toda artificial. Tampoco tiene muebles, ni ventanas, ni lámparas, ni nada que te recuerde a la vida. Sus puertas son verdes y numeradas. Y hay colores, pero solo dos y de la gama de los fríos.

Personalmente este lugar que mostró ayer The Objective me parece más fantasmagórico que las cárceles imaginarias de Piranesi, cuya sombría belleza les otorga un no sé qué más humano que este espacio aséptico, moderno, frío y antipersona que acaban de inaugurar en la megaciudad canadiense.

Ya se sabe que, a mayor número de ciudadanos, mayor número de delincuentes. Y ya se sabe que la eficiencia mecánica es la mayor enemiga de la libertad. Si tenemos que privar de ella a los malos es bueno que recuerden que nunca deben desear volver a este lugar en el que vivieron tiempo y tiempo en contra de su voluntad.

El encierro como castigo, el orden como modo de vida y la culpa de compañera de celda. Más vale que no sea un lugar amable. Más vale que nunca desees volver si es que algún día logras salir del todo.

Ya lo escribió Aldous Huxley: “En los asuntos humanos, el extremo desorden es la anarquía; el extremo del orden, un ejército o una penitenciaría”. De ahí que Bentham dedicara 25 años de su vida a elaborar su proyecto de prisión perfectamente eficiente. De ahí que las cárceles sigan siendo lugares inhabitablemente habitados.

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