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Un pueblo solo

Foto: ALBERT GEA | Reuters

Uno de los mantras de la crisis catalana es el diálogo, a pesar de que siempre son necesarias cesiones y una base de acuerdo para ello. El independentismo suele apelar al diálogo, pero es experto en vaciar conceptos: después de afirmar que acataría el resultado del referéndum, Puigdemont acusó al gobierno central de no querer dialogar.

Otro mantra es la idea de que este conflicto es entre dos líderes que no dan marcha atrás, como si fuera un conflicto de egos, cargado de testosterona, casi caprichoso, y no algo que va mucho más allá: es una verdadera crisis social que ha polarizado radicalmente la sociedad catalana. Normalmente, quienes definen este conflicto solo observando a Puigdemont y Rajoy olvidan los años de construcción ideológica y propaganda del nacionalismo, y su efecto en la sociedad catalana. La petición de diálogo ha de ser a muchos niveles, e implica que el sol poble observe a la otra mitad de la población y la considere igual.

En Mi tierra prometida, el periodista y escritor israelí Ari Shavit cuenta cómo los primeros sionistas, entre ellos el bisabuelo de Shavit, llegaron a las tierras palestinas y fantasearon con una tierra para los judíos sin percatarse de que ya había árabes en ella. En su ensoñación, los judíos no aparecían, y los primeros sionistas no querían verlos. El ideal les cegaba e impedía ver la realidad. El independentismo catalán (y en ocasiones muchos ciudadanos españoles) no ve el antiindependentismo en Cataluña, o no quiere verlo. Frente a la ideología del solo pueblo, la otra Cataluña es un pueblo solo.

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