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Un puñado de cosas sencillas

No hay pregunta más tonta (bueno, sí; sí las hay —la de “¿Estás dormido?” es infinitamente más tonta) que esa que inevitablemente asoma en cada Nochebuena, en cada cena de empresa y en cada florecimiento del Cuñado: ¿Qué harías con cien millones en el banco?

No hay pregunta más tonta (bueno, sí; sí las hay —la de “¿Estás dormido?” es infinitamente más tonta) que esa que inevitablemente asoma en cada Nochebuena, en cada cena de empresa y en cada florecimiento del Cuñado: ¿Qué harías con cien millones en el banco?

Pues bien, no han sido 100, sino 5.310 millones (de euros) los que un becario de Deutsche Bank ha ingresado (por error) a un cliente, un teutón (quiero imaginar) un poco mustio y un poco gris, feliz (a veces) con los triunfos de su Werder Bremen, su Kartoffelsalat de los sábados y los veranos en las paradisíacas playas de Calpe, a la vera del pianillo de Cash Converters y el karaoke. ¿Acaso no es eso (piensa Bertolt) la felicidad?

Así que venga, vamos con el lodazal de “qué-hacer-con-tanta-guita”: un apartamento, sencillito —bueno, tres: uno en la calle Ancha de mi Cádiz, otro a la vera de la calle Campanario (en Lo Viejo) y otro no muy lejos del Prado, Mortero me va bien (lo que me gusta a mí el Madrid con cierto olor a pachuli que aún se esconde tras Los Jerónimos). Un buen puñado de vinos —esto es ineludible— por ejemplo blancos del Mosela y Côte de Beaune, tintos del Ródano (norte), Jereces por doquier y litros, cientos de litros de champagne. Libros; tantos que nunca pueda leer. El más absoluto y demente nivel de perfección en cuanto a: sábanas, presión de la ducha (¡que duela!), calefacción, calcetines, colchón, cafetera expreso. Un gran restaurante (de los que emocionan, más allá de las Estrellas) cada quince días, una buena bolsa de viaje y la corona de un reloj que hacer girar, cada mañana.

Un quiosco cercano, música, calor y no olvidar (nunca) que lo que aún nos hace felices —pese a los cien kilos en el banco, es una bolsa de viaje y un café caliente.

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