Jesús Terrés

Una mirada placentera hacia la vida.

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Gardel insiste en lo de que “es un soplo la vida” pero yo no sé qué está diciendo, la vida pesa un quintal y cómo volver tras este estío, si en realidad nunca te fuiste del todo. O qué. Se nos va yendo agosto y los días se acortan como aquellas velas del Zara Home, pero sin el olor a vainilla y minimalismo: qué bien huele siempre en estas tiendas.

Madurez
Madurez

Madurez

Dijo Lord Beaconsfield que “la madurez es una lucha y la vejez un lamento” pero yo no puedo estar más en desacuerdo, porque al menos la mía (madurez, todavía) se dibuja más bien con los tonos de la ternura y el asentimiento. Tengo poquitas ganas de luchar.

Yo censuro
Yo censuro

Yo censuro

Era domingo y andaba yo en pelota picada por casa, tras una ducha lenta y dos ibuprofenos —ya me entendéis. Me vi un poco ridículo, cubriéndome las vergüenzas en mi propia casa y frente a la ventana porque qué iba a pensar mi vecina de enfrente (que no conozco) con todo aquello colgando. Tolón, tolón. Porque yo qué sé: ¿y si se ofendía? Ya sé que es mi propiedad privada y que siempre puede no mirar y que, la verdad, nada nuevo bajo el sol. Pero… ¿y si?

Noches llenas de verano
Noches llenas de verano

Noches llenas de verano

Yo siempre odié el verano. “El sol brillaba, no teniendo otra alternativa, sobre lo nada nuevo”, así arranca el primer párrafo de Murphy —de Samuel Beckett, y con la pesadumbre de quien tan solo encuentra cobijo bajo la sombra y algún otoño, aquel adolescente que yo era observaba con pavor los primeros latigazos del estío: ya están aquí las hordas de madrileños tomando las playas de nuestra Normandía (que es el Mediterráneo de nuestra infancia: las calas de Xàbia o Dénia, el pulpo seco y las gambas roja del Faralló). Ya están aquí las trolleys atestadas de promesas y toda la tristeza del secano, amontonaditas en los vagones del AVE. Yo soy aquella niña repelente de Poltergeist: ya están aquí.

Basta ya de remakes
Basta ya de remakes

Basta ya de remakes

Tras un remake casi siempre se esconde un velado chantaje. En realidad es (casi) la única razón por la el rebaño acude (acudimos) en masa a la cola de los Renoir cada jueves por la noche —como mártires en procesión, con los cirios de nuestra culpa en todo lo alto. Un paso tras otro.

Si no tiene libros en casa, fóllatelo también
Si no tiene libros en casa, fóllatelo también

Si no tiene libros en casa, fóllatelo también

Es curiosa, cuanto menos, la necesidad que tenemos (tantos) de justificar lo que en realidad no necesita ser justificado. Rascarte las pelotas en el sofá, follar porque sí, devorar Doritos, beber Coca Cola con 35 gramos de azúcar, ir al cine a ver la segunda parte de John Wick (exterminó a setenta y siete pavos en la primera: no debieron matar a su chucho), comerte un cuarto de libra con queso o leer cómics de grapa; culos, tetas y pollas en Tumblr o escuchar ‘Despacito’. El remix de Justin Bieber. ‘Placeres culpables’, dicen los cursis. ¿Culpables por qué? El placer es placer y jamás tiene nada que ver con la culpabilidad, tan pía. Tan gris.

La resistencia
La resistencia

La resistencia

Cierra Embassy y Madrid será un lugar (todavía) más ajeno, menos nuestro. No recuerdo mi primera vez en Castellana 12, sí la última —dos cafés, una tarta de limón y una botella de champán francés (horrible redundancia, pues el champán es francés o no es; pero a Embassy le perdonábamos hasta eso) para celebrar a saber qué tontería. Qué feliz fui allí. Porque Embassy era (es, todavía) esa clase de santuario donde el servicio no hace preguntas obvias ni juzga al parroquiano más allá del lustre de los zapatos y el “buenos días, caballero”: cómo echaremos de menos las formas cuando las formas hagan mutis por el foro y el café nos llegue al curro vía aplicación del móvil, diligente y sin alma.

Lex Luthor, la Gürtel y yo
Lex Luthor, la Gürtel y yo

Lex Luthor, la Gürtel y yo

Vaya por delante una confesión. Hace ya algún tiempo tuve una reunión de trabajo con uno de los más importantes implicados en el caso Gürtel; el colega tenía en mente construir un canal de Youtube en torno al concepto “tirar de la manta”: sin piedad pero con AdSense. De aquello (evidentemente) no salió nada, pero las cosas como son —fue la reunión más surrealista de mi vida.

Como fuera de casa, en ningún sitio
Como fuera de casa, en ningún sitio

Como fuera de casa, en ningún sitio

Nunca he entendido del todo esa mirada de reojo del cuñado hacia “el hotel”. Esa mirada entre el desaire y la altanería, en plan “el más barato, cari; si total, sólo vamos a dormir”. ¿Perdona, zote? ¿Has dicho “sólo”?

¿Por qué no te callas?
¿Por qué no te callas?

¿Por qué no te callas?

Hablar está sobrevalorado. Me explico, debe ser cosa de que pienso un poco como Gide: “con buenos sentimientos se hace siempre mala literatura”, y es que no termino de entender esta afición tan loable que tiene alguno de ustedes a esperar siempre lo mejor del otro, la palabra más bella, el gesto más grácil. Pues mira: no.

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