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Jesús Terrés

La resistencia

Cierra Embassy y Madrid será un lugar (todavía) más ajeno, menos nuestro. No recuerdo mi primera vez en Castellana 12, sí la última —dos cafés, una tarta de limón y una botella de champán francés (horrible redundancia, pues el champán es francés o no es; pero a Embassy le perdonábamos hasta eso) para celebrar a saber qué tontería. Qué feliz fui allí. Porque Embassy era (es, todavía) esa clase de santuario donde el servicio no hace preguntas obvias ni juzga al parroquiano más allá del lustre de los zapatos y el “buenos días, caballero”: cómo echaremos de menos las formas cuando las formas hagan mutis por el foro y el café nos llegue al curro vía aplicación del móvil, diligente y sin alma.

Opinión

La resistencia

Cierra Embassy y Madrid será un lugar (todavía) más ajeno, menos nuestro. No recuerdo mi primera vez en Castellana 12, sí la última —dos cafés, una tarta de limón y una botella de champán francés (horrible redundancia, pues el champán es francés o no es; pero a Embassy le perdonábamos hasta eso) para celebrar a saber qué tontería. Qué feliz fui allí. Porque Embassy era (es, todavía) esa clase de santuario donde el servicio no hace preguntas obvias ni juzga al parroquiano más allá del lustre de los zapatos y el “buenos días, caballero”: cómo echaremos de menos las formas cuando las formas hagan mutis por el foro y el café nos llegue al curro vía aplicación del móvil, diligente y sin alma.

Ochenta y seis años después cierra Embassy con la llegada de esta primavera taciturna y un cierto Madrid se nos apaga, maldita sea la nostalgia. Dice mi psicoanalista, negándome la mayor, que las ciudades no se apagan; que quien se apaga eres tú… ¿pero qué sabrá mi loquero de Madrid? Hablo de ese rompeolas que pintó Antonio López de ocre y añil, las putas de Callao y las propinas del Cock, el bar más antiguo de España —patria de Francis Bacon, las lumis de Chicote y los chutes de morfina de Manolete un ratito antes de la guadaña en Las Ventas. Los gin and tonics en vaso ancho (muerte a la copa balón) del Milford, el capitoné de los chester en el Richelieu y los callos de la Tasquita; los raviolis con trufa en Horcher y el expreso en la terraza del Capuccino, a los pies de la Puerta de Alcalá. Yo sigo creyendo en el Madrid del “usted” y las librerías de viejo; el de barra de Matador, la tortilla poco hecha y la pluma sin cinismos (qué aburrido estoy del cinismo) de Peyró, Manuel Jabois, Antonio Lucas o Belén Gopegui. Escribir es desangrarse y de sangre sabe un rato Madrid.

Me enamoré de esta ciudad porque nunca esperó nadie —tampoco lo hará con Embassy, la casa de tés de Margarita Kearney Taylor; cobijo de espías, periodistas y folclóricas. Volarán los drones, hablaremos a un peluco (inteligente; dicen) y no morirán las horas: las horas morían porque teníamos tiempo. Sin embargo esto es Madrid: la Villa y Corte olvidará este santuario y seguirá viajando ligero (porque es su credo) pero yo nunca olvidaré aquel café y aquel champán; no olvidaré su cortesía, su belleza y aquel mundo velado tras un sencillo “Buenos días, caballero”. No olvidaré aquel Madrid.

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