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Un semejante

Foto: BERUFSTIERRETTUNG RHEIN NECKAR | Facebook

La vecina que alertó a los bomberos ha declarado a la prensa que la rata estaba “atemorizada” y daba “unos gritos espantosos”. En la imagen que traen los periódicos, en efecto, el roedor, un ejemplar de Rattus norvegicus, denota una angustia horrísona, cuasi tan humana como su obesidad. (Hay en su torcimiento una nota implorante, una suerte de interpelación o súplica al espectador, efecto al que tal vez contribuya la frontalidad del plano, ese levísimo picado que habría sido imposible en condiciones de libertad: esas bestias, lo sé bien, te saltan a la cara, y no las disuade la diferencia de tamaño).

El caso ha devenido en carnaza para las clases de ética, donde la controversia acerca de la pena de muerte ya sólo planea sobre los animales. La misma Bensheim-Auerbach, la localidad del oeste de Alemania a la que los medios han vuelto los ojos, se ha convertido en el plató de un psicodrama global, confusamente engarzado con la arena política. Mientras unos vecinos lamentan que las autoridades destinen recursos a socorrer a un ser inmundo, otros defienden que sobre esta especie se pose al fin la mano benefactora del hombre, habiendo estado ausente la de Dios desde el origen de los tiempos. También en este conflicto asoma una tercera vía: la de quienes, asumiendo que la operación debía regirse por el protocolo cinematográfico, es decir, sin que nuestra protagonista resultara dañada, previenen del riesgo de empatizar con un vector de transmisión de la inmundicia. Por encima de todos ellos se alza la voz de quien achaca la gordura del bicho a la demasiada comida que desperdiciamos. Un reflejo catacúmbico de la opulencia y el derroche de los hombres.

Tal es, con matices, la idea que vertebra el colosal Ratas (Alba Editorial, 2005), del periodista Robert Sullivan, y que se resume en la máxima ‘ahí donde hay hombres hay ratas’ (con su viceversa, acaso más inquietante). Para el reportaje, que es al tiempo una fabulosa intrahistoria de Nueva York, a la que rinde tributo, Sullivan se entrevistó con ecólogos, periodistas, políticos, basureros, policías, exterminadores… y buceó en toda la literatura relevante sobre el tema, desde estudios científicos sobre el bacilo de la peste a informes de reurbanización de barrios deprimidos, sin olvidar los canónicos Plague!, de Charles T. Gregg, y Diario del año de la peste, de Daniel Defoe. Pero sobre todo tuvo los ojos abiertos. “No he recurrido a métodos extraordinarios […] Lo único que he hecho ha sido apostarme en un callejón […] a no más de una o dos manzanas de Wall Street, Broadway o del solar donde se emplazaba el World Trade Center. […] Esperar y observar, con lluvia o sin ella, jornada tras jornada, siempre de noche, cuando, en general, los seres humanos duermen y las ratas reviven”. Organizado en torno a los efectos del paso de las estaciones en dicho observatorio, Ratas es también un prontuario del asombro: especímenes del tamaño de una nutria que lideran, de un modo muy cercano a la coacción, al resto de la manada; decenas de ratas cuyas colas se enmarañan de manera accidental, formando un ovillo inexpugnable (en argot, un “rey de ratas”); peleas de ratas y perros en el Manhattan de los Dead Rabbits, los Plug Uglies, el Tammany Hall… y Henry Bergh, fundador de la Sociedad de Prevención contra la Crueldad con los Animales. Jamás el término pionero le habrá cabido a alguien con tanto merecimiento. Corpulento, de porte erguido, sombrero de ala recta y levita azul oscuro, Bergh patrullaba las calles y reprendía a los cocheros que maltrataban a sus caballos, improvisaba soflamas animalistas en el más puro estilo Speaker’s Corner y aun emprendió una batalla legal contra el propietario del bar-reñidero Sportsman’s Hall, Kit Burns. Éste, en su defensa de la “caza recreativa”, alegó:

“Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que las ratas son alimañas. Bergh toma partido por las ratas y no nos deja matarlas porque cree que son animales. ¿No mataría él una rata si se la encontrara en su despensa? ¡Claro que sí! Pero, ¿mataría un caballo si se lo encontrara en su patio? Claro que no. ¿Por qué? Porque un caballo es un animal, pero la rata no. Yo conozco a las ratas. Sé que son alimañas y hay que matarlas. Y si podemos sacar algún partido divirtiéndonos con su muerte, tanto mejor.”

El mundo. Una trazabilidad.

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