Enrique Andrés Ruiz

Una fábula de nuestros días

«Que yo sepa, esa ultraderecha fascista no ha quemado contenedores ni asaltado parlamentos ni capillas, ni dado golpes de Estado»

Opinión

Una fábula de nuestros días
Foto: Miguel Angel Morenatti

En una reflexión sobre su poesía, el poeta argentino Roberto Juarroz se vio una vez apelando a viejas historias y al propio hecho endémico de contar historias, entre ellas una de la vieja tradición judía polaca que parece entresacada de las Celebraciones jasídicas que recopiló Elie Wiesel. De hecho, algunos de los maestros célebres de Lublin o de Lizensk de los que hablaba Wiesel volvían a aparecer en esta historia contada por Juarroz. Y es una vergüenza que así sea, pero al tener noticia del último episodio de la abracadabrante realidad medio cultural medio política española de estos días, ha sido de aquel cuento contado por Juarroz de lo que me he acordado, de una manera especialmente insidiosa que no he sabido evitar.

La cosa es que —esto sería, creo yo, sobre mediados del siglo XVIII— el gran rabino Israel Baal Shem-Tov, cuando veía acercarse alguna desgracia contra su pueblo acudía a cierto lugar del bosque y, encendiendo un fuego y rezando una plegaria, la desgracia quedaba conjurada. Su discípulo el gran Maguid de Mezerisch —uno de los que aparecen en las Celebraciones de Wiesel— aún acudía al bosque si se presentaba la misma ocasión, y allí recitaba la plegaria y de igual modo ahuyentaba la desgracia, ya sin fuego encendido. Luego, Moshe-Leib de Sassov, aunque ya había olvidado encender el fuego y recitar la plegaria, seguía comprobando que con internarse en el bosque era suficiente para producir el efecto. Finalmente, un rabí Israel de Rizsin, incapaz ya de adentrarse en el bosque, encender el fuego y recitar la plegaria, aún confiaba en que el mero hecho de contar la historia fuese capaz de librar al pueblo de la amenaza. Y así ocurrió.

No he podido evitar, en definitiva, pensar en la cantidad de confianza —de certeza, diría un psiquiatra— que hace falta para que el pobre representante de un partido político repita, en ayuno absoluto de pensamiento, aquello que ya de modo natural parece darse por sabido y compartido, como si la mera invocación del mantra fuera a resultar tan efectiva, al menos, como durante los últimos cuarenta años.

Durante los últimos cuarenta años, un abuso simbólico condujo a llamar fascista a quien no era confesadamente de izquierdas, y fascismo a la amenaza que se cernía sobre España en la circunstancia de que una formación conservadora estuviera cerca de ganar unas elecciones. El hecho de estos días es el siguiente: al escritor Andrés Trapiello le conceden la Medalla de Oro de la Ciudad de Madrid; en una conversación radiofónica y como impulsado por un resorte, el portavoz del PSOE en el Ayuntamiento, señor Pepu Hernández, entrenador de baloncesto, dice que ellos no pueden estar de acuerdo con la concesión; preguntado por qué, declara —en resumidas cuentas— que Trapiello es un revisionista, en referencia a las apreciaciones que acerca de la Guerra Civil el escritor ha vertido en sus libros; el locutor insiste e inquiere al señor Pepu por la opinión o argumento del escritor —en concreto— que tanto les disgusta a él y a su grupo; el final, como en los buenos policiacos, es la vez imprevisto y comprensible: el portavoz político dice que no sabe —exactamente— en qué aspecto difieren él y su grupo de Andrés Trapiello, hasta el punto, se entiende, de considerar impugnable la concesión de la medalla.

Lo que sabe el señor Pepu es, por tanto, que Trapiello es un revisionista. Y punto. No sabe —porque también lo ha olvidado— que «revisionista» era el apelativo utilizado por los maoístas de los años 60 del siglo pasado para descalificar el aggiornamento comunista tras la muerte de Stalin. Lo que en resumen achacaban los chinos puros a, en general, los socialdemócratas, era su enturbiamiento de la radicalidad sin sombras con las que el marxismo-leninismo había dado a comprender su filosofía de la política, de la vida y de la historia, que se resumía, en fin, en una lucha perpetua entre dos polos opuestos, necesaria como motor del tiempo. En España, esta idea andaba, hace una década y media, más bien de capa caída, pero uno de los hallazgos del ex presidente Zapatero consistió en redescubrir los beneficios de arrastre que todavía alentaban bajo unas cenizas que la Transición había apagado. Ya dedicados a esa política simbólica, la crisis y la corrupción produjeron luego el descontento popular en el que, como alumnos aventajados de Zapatero, Pablo Iglesias y los suyos pusieron en marcha la renovada versión combativa y dualista de la política que consiguió expandir la cizaña durante seis o siete años.

Enseguida encontraríamos, pues, los elementos que en esta historia, como en la fábula judía, podrían hacer de fuego, de plegaria y de bosque. Pero de lo que ya podemos estar seguros es de la desgracia. La desgracia, al revés que en la historia jasídica, no hay, según parece, milagro que la ahuyente de este tambor de cuero resonante que es España. La desgracia es que existan todavía creo que dos mil intelectuales y profesionales capaces de firmar un manifiesto en solicitud, a cuento de las pasadas elecciones madrileñas, de un voto que fuera capaz de contener al fascismo. ¡Al fascismo! Pero, ¡¿qué fascismo? Conviene preguntar del modo más escandaloso posible: ¿Qué encuentran —«exactamente», como pidió el periodista a don Pepu— de fascista en la derecha, incluso en lo que sin cesar llaman «ultraderecha» española? Que yo sepa, esa ultraderecha fascista no ha quemado contenedores ni asaltado parlamentos ni capillas, ni dado golpes de Estado. Tras cuarenta años de ese alegre fascismo han llegado unos días en los que el origen del bosque, la plegaria y el fuego sencillamente se ha olvidado, pero el decantado acontecimiento de intelectuales y profesionales firmando manifiestos sigue pareciendo suficiente, como el mero cuento de la historia, para producir el milagro.

Bien, el milagro, en las recientes elecciones, no se ha producido. Al contrario, el exorcismo ha atraído hacia los firmantes la desgracia que temían. Pero no es suficiente. Convencidos aún del efecto que se sigue de los rituales denuncian ahora el revisionismo de un escritor, si bien ya han olvidado la razón exacta de la revisión y de lo revisado. Y ni siquiera aquí acaba la desgracia para nosotros. La desgracia es que el dualismo como clave de comprensión de la realidad, la vida y la historia, ya hace bastante tiempo que la derecha misma lo hizo suyo, replicando la táctica desde el polo opuesto. ¿Alguien cree de verdad, como se ha oído decir, que existe una amenaza comunista?

Hace algún tiempo, José Luis Pardo distinguió en un agudo ensayo las dos acepciones más relevantes del término cultura: la cultura en sentido antropológico, que vendría a ser el genérico y tácito modo de vida de una colectividad (algo más amplio que como lo entiende la presidenta Ayuso) y, por otro lado, la cultura en sentido filosófico y crítico, bajo la que comprenderíamos un conjunto de actitudes intelectuales como las que, desde las tareas del periodismo o la literatura, opusieron su crítica a los viejos regímenes absolutos. Bueno, pues al margen de que cultura no sea ya ni una cosa ni la otra, la segunda acepción es la que venía facultando desde entonces (todo se olvida) a los llamados «abajo firmantes» a plasmar su nombre a cada ocasión en que la emergencia social lo requería, en virtud, por lo visto, de alguna distinción moral, intelectual y formativa que los presumía, en relación al resto de iletrados, con superior discernimiento.

Ocurre sin embargo que los intelectuales o artistas de nuestros días han recibido la misma educación que el resto de congéneres y no hay lugar para la presunción. Nunca he entendido, quiero decir, por qué firman manifiestos los que los firman. Dicho más bravamente: quiénes se creen que son, aparte de —muy bien— escritores o actrices o jubilados o maestros de esgrima. En todo caso, la desgracia consiste en que el hábito se ha hecho tan habitual que ya no es patrimonio de una de las facciones en liza, habida cuenta, además, de la ansiedad mimética con la que la derecha española reproduce las maneras y convicciones de fondo de su oponente.

Don Antonio Machado no pudo prever, en fin, que ochenta años después, a su españolito no sólo le helaría el corazón una España u otra, sino que muy bien podrían hacerlo las dos de consuno, ya homologadas bajo la misma ley. Porque —esta es la médula del mal— una sociedad en la que hasta el último mono se da por convencido de que la constitución de la realidad tiene —por naturaleza— una disposición dualista, está inevitablemente orientada a la excitación del odio, tal y como la experiencia de haber escuchado a Pablo Iglesias nos ha recordado. Basta ahora con oír una declaración de las proferidas estos días desde avistaderos conservadores —¡contra el comunismo, contra los totalitarismos!— para comprobar que aquella vieja idea ya es de todos, que se ha convertido —en España— en espíritu de los tiempos.

Con todo, lo peor queda por decir; lo peor es que todo esto revela la reducción, en definitiva, de lo humano a su estricta dimensión política. Nada hay de extrañar, pues, en que el señor político haya olvidado esta vez la razón «exacta» de su acusación; confiaba sencillamente en que la disposición del campo de juego fuera suficiente para alcanzar el efecto deseado. Está visto, eso sí, que quienes llevados de una urgencia por lo visto congénita en pos de la nación decidan alinearse en alguna de las posiciones del régimen binario, todavía tienen alguna posibilidad de salvación y éxito. Pero sin alineamiento en ninguna, date por perdido. Sencillamente, no existirás. Hace muchos años, un grupo de amigos llegó a publicar desde el Café Gijón dos o tres números de una revistilla crítica que en recuerdo de Miguel de Unamuno se llamaba Contra aquello y esto. Enterado por amistades interpuestas el entonces vicepresidente Alfonso Guerra, con un ejemplar en la mano parece que exclamó: «¡Contra aquello y esto! Pero, entonces, ¿qué son, apátridas?»

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