José Carlos Rodríguez

Una monarquía razonada

«El destino de los Borbones está ligado inescrutablemente a la Constitución de 1978. Todo su empeño por perpetuarse ha de desembocar en una defensa de nuestro sistema democrático»

Opinión

Una monarquía razonada
José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez

Elegí vivir de contar lo que acaece. De todas las ideas sobre cómo debemos convivir, la libertad no me parece la peor.

«Seamos irracionales; defendamos al Rey». Estas primeras palabras son las últimas de José García Domínguez en su artículo más reciente en The Objective. Con ellas el periodista desmiente todo lo escrito hasta ese punto, pues viene de hacer una defensa de la monarquía que no se sale del amplio cauce de la razón humana. La impronta humana es diacrónica; su acción se desarrolla en el tiempo, y lo que une unos hechos con otros es el trazo de la razón. De modo que es histórica, y al relato del pasado acude García Domínguez en su alegato. La razón política nos habla de la autoridad, y también la cita el periodista. Y deslindar la razón de la estética sólo se puede hacer con una gran violencia.

También en estas milagrosas páginas hacía Miguel Ángel Quintana Paz una defensa razonada, y liberal, de la monarquía. La razón liberal abomina de los privilegios (leyes escritas para una persona, o unas cuantas), y el privilegio es metonimia de la monarquía. Quintana Paz se eleva a las últimas ideas sobre la metodología de la ciencia para luego descender por el empirismo. Un camino apasionante y lleno de maravillas, vive Dios. Más humildemente, creo que le hubiese bastado por transitar por la idea de que los importantes somos todos los demás, y que el privilegio del Rey y sus sucesores no vale un ardite, si éste asegura nuestros derechos de manera más cumplida.

De nuevo la historia. Sí, «esto es una república» se fijó en el habla para referirse a las situaciones caóticas de la vida cotidiana por el recuerdo del pasado. Sí, la monarquía forma parte de las instituciones que hicieron de Europa, hoy en franca decadencia, el epítome de la civilización. Y las monarquías actuales se comparan más que favorablemente con las repúblicas.

No se agotaban aquí las razones de MAQP para defender su alegato. Una de ellas tiene que ver con otro problema diferente: pocos parecen saber que monarquía y república no son incompatibles, y que no en vano se ha definido al sistema inglés como monarquía republicana. Y aún otras razones que expone el filósofo me han recordado a la apabullante lista de Erik von Kuehnelt-Leddihn de 30 motivos para defender a la monarquía que están en su obra Liberty or equality. El austríaco piensa en un rey católico, absoluto e ilustrado, pero algunas de esas razones se pueden adaptar a la monarquía constitucional y democrática que tenemos en España.

La primera de ellas se puede expresar con las mismas palabras de Quintana Paz: «todas las funciones que le atribuye la Constitución (…) puede argüirse que se ejercen mejor por alguien que no representa a un bando de españoles que ha derrotado a otro en unas elecciones, sino alguien que está ahí por mero azar». O, como dice el austríaco, «la monarquía está, por su misma naturaleza, disociada del sistema partidista». A no ser, precisa, que sea una monarquía parlamentaria. Pero en el caso de la España del 78, la Zarzuela no se inmiscuye en el proceso democrático, pues sus funciones son muy limitadas. De modo que el primero de los 30 alegatos vale para Carlos IV, pero también para Felipe VI.

Más adelante incide en que «el principio monárquico es, tal como lo caracteriza Santo Tomás en su De rege principium, un principio de unidad, no de división. Cada elección, por otro lado, es una solemne manifestación de división». Por el mismo motivo, dice el austríaco, las monarquías son potencialmente defensoras de las minorías porque su mandato cubre a todo el país, no sólo a una mayoría.

Kuehnelt-Leddihn tiene en la cabeza una monarquía que no es ni mucho menos la que tenemos en España. Pero algunas de sus razones se adhieren, casi milagrosamente, al papel de nuestra Casa Real. Los monarcas suelen pertenecer a familias extranjeras. Los borbones son franceses, Isabel II pertenece a la Casa de Sajonia-Coburgo y Gotha, en Suecia reina una dinastía con origen en Pau. En Holanda es la casa de Nassau, y los orígenes de la dinastía danesa también son alemanes, mientras que los Grimaldi provienen de Génova. Además, «sus familiares son extranjeros», todo lo cual estrecha las puertas de entrada al nacionalismo, una ideología muy vinculada a la democracia, como reconoce Kuehnelt-Leddihn. La monarquía es una institución internacional.

La libertad de maniobra de una monarquía está limitada por su objetivo de autoperpetuarse. La autopoiesis política de una Casa Real le aconseja no sobrepasar ciertos límites, ni dejarse llevar por modas ideológicas de incierto resultado. «Raramente fueron grandes jugadores los monarcas legítimos». En nuestro contexto, en el que el destino de los Borbones está ligado inescrutablemente a la Constitución de 1978, todo su empeño por perpetuarse ha de desembocar en una defensa de nuestro sistema democrático.

«Incluso un monarca de mediocres talentos y dotes naturales tiene la ventaja de haber recibido una educación para su profesión». También ha recibido una educación moral. Aunque ni una cosa ni otra alejen por completo la posibilidad de tener un mal rey, ahí está la historia para demostrarlo, por lo menos no aleja sistemáticamente del liderazgo a los mejores ni catapulta a los hombres y mujeres sin principios, como sí ocurre en los partidos políticos. Juan Carlos I supo liderar una obra política casi milagrosa, la de la Transición, porque estaba preparado para ello. De la preparación de Felipe VI para ejercer su papel no quedará duda.

El político espera, ante un tribunal sin rostro, su sentencia. El premio es el poder, y la condena, la oposición. Esa sentencia nunca está más allá de cuatro  vista, por lo que su mirada nunca alcanza la lejanía. «Una monarquía, y más una dinástica, puede planear las políticas a gran escala, para el futuro más remoto así como para el inmediato». En el caso de nuestra monarquía, esa mirada a largo plazo la tiene que ejercitar el Gobierno, pero el rey puede contribuir a que los políticos levanten la mirada. Por otro lado, los intereses de la nación a largo plazo, en un sistema democrático, exigen acuerdos entre partidos distintos. De modo que la monarquía favorece el acuerdo y el consenso.

Por último, su origen no democrático no sólo vincula la institución con la unidad, sino con su independencia del Gobierno. El filósofo austríaco lo expresa con esta anécdota: «Francisco José (I de Austria), preguntado con toda franqueza por Theodore Roosevelt sobre cuál consideraba que era el papel de un monarca en la actualidad, respondió: ¡Proteger a mis naciones de sus gobiernos!». Felipe VI nos protegió en 2017 de la locura nacionalista de un gobierno regional y de la lacerante y cobarde indolencia del gobierno nacional. Ahí, indudablemente, la monarquía funcionó.

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