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Por qué ser monárquico es (lo más) racional

Foto: ROBIN UTRECHT | AP PHOTO/ POOL

Si usted es de derechas y vive rodeado de gente más bien izquierdosa, es probable que no le sorprenda lo que tres investigadores (Jonathan Haidt, Jesse Graham y Brian Nosek) descubrieron hace unos años. Lo narra el primero de ellos en su libro The righteous mind.

Realizaron el siguiente experimento: plantearon unos cuantos dilemas morales a un nutrido grupo de personas, y les preguntaron no solo su posición ante ellos, sino cómo pensaban que contestaría alguien de ideología política opuesta a la suya. Es decir, la gente más bien progresista intentó responder como lo haría alguien conservador; y la gente conservadora, viceversa. El resultado fue contundente: las personas de derechas acertaban bastante, pese a sus discrepancias, acerca de cómo pensaría alguien de izquierdas. Pero estos últimos erraban muchísimo al intentar entender qué opinaban sus compañeros de derechas. Las diferencias entre derecha e izquierda son, pues, mayores de lo previsto: no solo tienen ideas diferentes sobre moralidad, sino que la derecha comprende más o menos por dónde anda la izquierda, mientras que esta última ignora incluso cómo piensa de verdad la otra.

Siempre recuerdo este estudio cuando surge la cuestión de dar argumentos a favor o en contra de la monarquía en España. Es un asunto diferente al que estudiaron Haidt, Graham y Nosek, de modo que tal vez algún día haya que hacer algún experimento al respecto. Mi impresión inicial, empero, es que los republicanos tienen ideas muy extrañas acerca de por qué somos monárquicos los que somos monárquicos. Ideas que no coinciden, vaya, con los verdaderos motivos por los que lo somos. O, al menos, por los que yo lo soy.

Verbigracia, muchos republicanos creen que uno es monárquico por motivos “estéticos”. Porque la monarquía es “más bonita” que las repúblicas. O porque uno siente “cariño” hacia el rey o la reina (es decir, motivos sentimentales). O porque le embarga un respeto cuasi sagrado ante una dinastía secular. Nada de esto explica sin embargo mi apuesta por la monarquía como forma del Estado: de hecho, considero racionales mis motivaciones, no esteticistas, románticas o semirreligiosas. Ni siquiera estoy seguro de que una monarquía sea más “hermosa” que una república: el palacio del Elíseo me parece más bello que ese pabellón de caza llamado La Zarzuela; y el Quirinal tiene un empaque histórico y unos alrededores difícilmente igualables.

Tampoco es del todo acertado pensar que uno es monárquico porque le cae bien Felipe VI o, hace unos años, el rey Juan Carlos. Eso equivaldría a ser demócrata solo si gobierna el partido político que más te gusta; o apoyar los referendos solo si prevés que saldrá la opción que más te complacerá. Aunque, obviamente, quién ejerza de monarca es algo importante en una monarquía, no deberíamos sostener esta solo en función de cuán popular nos resulte uno u otro rey. (Popularidad que, por cierto, hoy en día parece que es bastante alta en España, especialmente si la comparamos con cualquier otro líder político; pero este argumento, aunque favorecería mi causa, no lo utilizaré).

Voy a resumir pues los motivos por los que sí me parece más razonable ser monárquico antes que republicano. Explicar hasta el fondo cada uno de ellos exigiría probablemente un artículo entero dedicado en exclusiva a cada cual; ruego al lector, pues, que trate de suplir con su imaginación la brevedad de mis enunciados.

El primer motivo tiene que ver con cómo creo que hay que razonar en cuestiones políticas. Los republicanos suelen razonar del siguiente modo: hay un principio absoluto (la igualdad de todos ante la ley) y de ahí debemos deducir, como si se tratara de un axioma matemático, consecuencias (o teoremas). Por ejemplo, que alguien no debería por nacimiento tener más ventajas a la hora de llegar a jefe del Estado que cualquier otra persona. Este modo de razonamiento (desde principios absolutos a consecuencias no menos absolutas) suele tener mucho éxito, pues se parece al que emplean la lógica o la matemática, y ambas son (por buenos motivos) ciencias muy prestigiosas.

Ahora bien, no debemos olvidar que la ciencia moderna (de Galileo en adelante) surgió precisamente cuando se abandonó esa forma de razonar en física, química, geología, biología… Todas esas disciplinas, y no digamos ya las ciencias humanas, prefieren razonar al revés: partir de nuestra experiencia, por parcial y dudosa que esta sea, y desde ahí ir construyendo nuestras (siempre revisables) ideas generales.

¿Debemos en política adoptar un método “matemático”, por así decir, y deducir desde principios absolutos nuestros comportamientos concretos, o es preferible inclinarse por un método más “empírico”, por ir viendo qué es lo que funciona y que es lo que fracasa en la práctica? Estoy convencido de que es preferible esto segundo. Todos los sistemas totalitarios, de hecho, han partido de diversos Absolutos (Dios, el Pueblo, la Nación, el Proletariado, la Raza…) y desde ellos han justificado cualquier cosa que se hiciera con los simples seres humanos concretos, de carne y hueso. Cuando están en juego principios eternos, cualquiera que ose oponerse a ellos lleva las de perder.

La política, sin embargo, no es una ciencia exacta, y resulta tramposo pretender lo contrario. Lo mínimo que podemos pedirle a la política es que facilite, y no dificulte, la vida entre los humanos. Y no nos ayuda mucho el ir por ahí con imperativos innegociables (como lo es la idea de que “para que todos seamos iguales ante la ley, hay que elegir por votación todos toditos todos los cargos públicos”). Si una monarquía funciona mejor que una república, no tenemos por consiguiente ninguna pleitesía que rendir a ningún valor abstracto que nos obligue a abandonar la primera para adoptar la segunda. “Si algo funciona, no lo andes cambiando” parece una máxima bien sensata no solo para ingenieros y fontaneros, sino para todos en general.

Este punto primero (cierto “empirismo” político) conecta con otros dos en los que, por tanto, me detendré menos. El primero es el argumento histórico: para saber si en la práctica nos conviene una u otra forma política, tenemos la guía de la historia, de qué sistemas nos han funcionado o no en el pasado. Cierto es que la historia no aporta argumentos definitivos (las circunstancias del pasado no son nunca las mismas que las del presente), pero nadie rechazaría en su vida personal las experiencias de su pasado solo porque adolezcan de igual tara. Y bien, parece evidente que las experiencias republicanas que ha tenido España no han resultado particularmente exitosas. Pienso no solo en la endeblez de que adolecieron ambos regímenes, sino en algo de más enjundia: pese a los numerosos corifeos que tiene hoy la II República, la verdad es que no hay ningún derecho del cual se disfrutara en ella del cual carezcamos hoy en nuestra monarquía. Y sí muchos con los que ocurre lo contrario. Especialmente en cuestiones de libertad religiosa (en la República no podías ser jesuita) o de expresión (durante la II República estuvo prohibido oponerte a ella como sistema, mientras que hoy a nadie se le impide declararse republicano). Si las repúblicas, pues, no se nos dan bien, ¿por qué empecinarse en reeditarlas?

El segundo argumento empírico tiene que ver con lo que ocurre en el resto del mundo: muchos de los países que tienen los mejores indicadores de calidad de vida (Dinamarca, Suecia, Noruega, Países Bajos, Canadá, Australia, Reino Unido, Bélgica, Liechtenstein, Luxemburgo, la propia España…) son monarquías a las que no parece que sus monarcas impidan gozar de tan altos estándares.

Esto probablemente tiene que ver con la función que ejercen los reyes, y ello nos conduce al último argumento que enarbolaré. A menudo existe una visión errónea de la democracia, como si fuera un sistema que nos exige decidirlo todo mediante votaciones. “Democracia es votar”. Ya expuse en otro artículo los principales errores que contiene esa simple frase, de modo que ahora solo destacaré un aspecto: todas las democracias admiten que ciertos cargos es mejor no elegirlos por votación, sino mediante otros medios. En España, por ejemplo, los jueces no se eligen según cuán populares o no les resulten a las audiencias de televisión, sino por un sistema de oposiciones; muchos países tampoco seleccionan por votación quién presidirá sus bancos centrales. Esto es así porque se trata en ambos casos de puestos que deseamos que sean independientes de todo, incluidos los volubles gustos de las masas. Y también porque hemos visto que nos viene bien (he aquí, de nuevo, el empirismo) que los jueces no se metan en la trifulca política. Hacen mejor de jueces si no son partidistas.

Y bien, aunque la función de un rey es diferente a la de un juez o al presidente de un banco central (o a la de un tribunal de la competencia, o a la de la Comisión Nacional del Mercado de Valores; véase el argumento de su antiguo presidente a este respecto), en todas esas instituciones valoramos que queden por encima de la división (y lucha) entre partidos políticos. Y podemos perfectamente votar (como ocurrió en 1978) que no queremos andar votando sobre quién las ejercerá. De hecho, en el caso concreto del rey de España, todas las funciones que le atribuye la Constitución (simbolizar la unidad y permanencia de nuestro país, arbitrar y moderar el funcionamiento de nuestras instituciones, representarnos en el extranjero…) puede argüirse que se ejercen mejor por alguien que no representa a un bando de españoles que ha derrotado a otro en unas elecciones, sino alguien que está ahí por mero azar. Sin duda hay algo de lotería genética en que Felipe VI sea rey y yo no; pero la mera acción de la diosa Fortuna no es necesariamente ajena a la democracia: los atenienses elegían por sorteo buena parte de sus cargos democráticos, y hoy pensadores como Alexander Guerrero defienden la “lotocracia” como una idea a explorar.

Termino. No sé si habré logrado lo que me propuse al inicio: que algún republicano entienda mejor los motivos por los que soy monárquico. Pero me gustaría transmitirle una última idea: probablemente usted, amigo republicano, piense, tras leerme, que no he dado ningún argumento definitivo a favor de la monarquía. Espero que no le sorprenda si le digo que le doy a usted toda la razón: que justo la médula de mi postura es que, en racionalidad política, no existen argumentos absolutos. Y que, cuando usted entienda eso, empezará a ver con más claridad por qué esa cosa tan antañona como la monarquía quizá no es tan reprobable idea. Al igual que otras muchas cosas viejas: las universidades, el arte románico, enamorarse, la Ilíada, discutir.

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