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Una neblina rosada

Foto: THAIER AL-SUDANI | Reuters

Despejar el edificio, apostarse en la azotea y practicar un boquete en el muro a modo de tronera. Desenrollar la esterilla, quitarse el correaje y disponer, conforme a un orden, tres botellas de agua: una para ir escupiendo el tabaco de mascar, otra para beber y la tercera, vacía, para mear. (“Son detalles que hay que tener claros. No es cuestión de confundirse de botella en esa situación, como le pasó a Dale, al poco de llegar a Ramadi.”) Fundirse con el MK11, fijar las referencias en el láser, ajustar la mira y esperar a que los insurgentes asomen la jeta. Incluso la guerra tiene su deontología. Sólo insurgentes en caso de acción o intención hostil. Empuñar un arma, por ejemplo. O transportar una bomba. Entonces sí. Entonces la respiración se torna más y más profunda, el ritmo cardíaco se ralentiza y los músculos se relajan. (“Ver que mi blanco se quedaba quieto me ayudó a relajarme. Seguía fumando, sin moverse del lugar. Nada le preocupaba y no sabía de mi existencia. […] Cuando sólo me quedaba en los pulmones una cuarta parte de aire, aislé el dedo del gatillo y fui apretando despacio. Al llegar a la pausa, el dedo recorrió lentamente el último tramo del disparador y la bala salió despedida. El tiempo de vuelo era de cerca de medio segundo”.) Los francotiradores llaman neblina rosada al borbotón de sangre y materia que, durante un lapso, ciega el visor. Una aurora boreal.

El seal Kevin Lacz narra en El último francotirador (Crítica) su peripecia en el avispero iraquí. Unas memorias desagradables, horrísonas e inolvidables; un trasunto, en fin, de la mili que no hicimos y la guerra que no libraremos, esa que siempre acaba con el lechero llamando a la puerta.

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