Victoria Carvajal

¿Una salida más solidaria de la crisis?

«La deuda es un mal generalizado que obliga a su pago a generaciones futuras y cuyo coste sólo puede verse mitigado por el crecimiento y la inflación, que hoy brillan por su ausencia»

Opinión

¿Una salida más solidaria de la crisis?
Foto: DENIS BALIBOUSE| Reuters
Victoria Carvajal

Victoria Carvajal

Economista empeñada en hacer comprensible y hasta entretenida la información económica. Madre feliz y actriz en sus ratos libres.

El rebote de la actividad económica está a la vuelta de la esquina. Y será potente. Eso al menos dicen los expertos. Se dará rienda suelta a un consumo contenido en los últimos meses y los ambiciosos planes de gasto público, junto con el apoyo de la política monetaria de tipos negativos, dispararán la demanda interna. ¿Será suficiente como para que el crecimiento vuelva a los niveles previos a la pandemia? No. Las previsiones hablan de uno, dos e incluso tres años. Con Europa a la cola de las economías avanzadas. La recuperación no estará además exenta de riesgos. La salida desigual puede ampliar la brecha en la inflación y los tipos de interés entre las principales áreas económicas. Con unos Estados endeudados hasta las cejas y unos mercados financieros dopados por las inyecciones de los bancos centrales, la inestabilidad parece inevitable. 

2.906.605 muertes y 134.071.050 casos activos. Es la factura en vidas humanas de la pandemia a 8 de abril. Para evitar que esta cifra terrorífica siga subiendo y poder retomar la actividad económica, la vacunación masiva es única respuesta. Pero la campaña avanza a trancas y barrancas. Al proteccionismo de EEUU y el Reino Unido, que no han exportado un solo vial producido en su territorio, y la ingenuidad de la UE, incapaz de asegurarse el suministro, se han sumado las dudas sobre la seguridad de la vacuna de Astra Zeneca, cuya administración se ha interrumpido en gran parte de Europa. El resultado es que hoy los anglosajones son, junto a estados pequeños como Israel, los campeones mundiales de la inmunización frente al coronavirus. Este éxito acerca sus posibilidades de recuperación económica. Si se suman los planes de estímulo fiscal, que en el caso de EEUU triplican a los de la UE, la diferencia en el ritmo de la salida de la crisis puede ser abismal. 

En su informe de previsiones publicado esta semana, el FMI calcula que el PIB mundial crecerá un 6% en 2021, 0,5 puntos más que lo que calculó en otoño. Señala además que las secuelas económicas del coronavirus no serán tan graves como las que dejó la crisis financiera de 2008. Eso al menos en el caso de las economías avanzadas, que en 2024 habrán recuperado casi el nivel pre pandemia. A diferencia de lo ocurrido en 2013, cuando tras cinco años de recesión este aún era un 10% inferior al nivel previo a la crisis. La institución, sin embargo, advierte de los peligros de una recuperación desigual. Ya sea dentro de los países, siendo los jóvenes y los empleos peor pagados los más perjudicados. O entre las economías. Salvo China e India, los países emergentes y en desarrollo tardarán más en reponerse a esta crisis. Sin acceso a las vacunas y sin estímulos fiscales o monetarios comparables a los del mundo avanzado, 95 millones de personas que habían salido de la pobreza extrema volverán a engrosar esa estadística. 

Este desfase es exportable a las economías avanzadas. EEUU recobrará su nivel de riqueza pre-Covid a final de este año. La UE tardará más tiempo. Y dentro de la UE, las economías más dependientes del turismo como España, aún más. Aunque el Gobierno de Sánchez celebre que el FMI haya mejorado la previsión de crecimiento para España en 2021 (6,4% del PIB frente al 6%), esta cifra está muy lejos de compensar la caída en picado del 11% registrada en 2020. Y su tasa de paro se situará por encima del 15%, una de las más altas del mundo, hasta al menos 2026. Poco que celebrar. Clave para evitar una mayor hecatombe ha sido las compras de activos por parte de los bancos centrales, las ayudas públicas para sostener el empleo, como los ERTE, o a la financiación directa a las empresas, que sumaron 16 billones de dólares. Sin estas, el PIB mundial hubiera caído tres veces más. 

Y luego está el endeudamiento mundial. Supera los niveles más altos desde la II Guerra Mundial y sigue subiendo. Las emisiones de letras y bonos soberanos han aumentado un 20% en la UE durante el primer trimestre del año. Liberados de los criterios de rigor fiscal que exigía el pacto de Estabilidad y respaldados por la decisión de la UE de emitir por primera vez eurobonos para financiar el plan de recuperación, los gobiernos de algunos Estados con grandes desequilibrios fiscales, como Italia o España, se financian a unos tipos de interés impensables en otros tiempos. El factor disuasivo del riesgo soberano ha desaparecido. En la crisis de 2008, España llegó a ofrecer más de un 7% de interés en los bonos a 10 años. Ahora paga el 0,629%. Y el déficit público está en las mismas cifras que entonces: 11% del PIB, el más alto por cierto de la UE, y su deuda pública muy por encima: el 117% del PIB y subiendo. 

La deuda es un mal generalizado que obliga a su pago a generaciones futuras y cuyo coste sólo puede verse mitigado por el crecimiento y la inflación, que hoy brillan por su ausencia. Aquí de nuevo EEUU, cuya deuda representa el 129% del PIB, tiene las de ganar en el medio plazo gracias a su crecimiento más vigoroso y a una inflación que puede superar el 3% este año. Una evolución que presionará al alza los tipos de interés y el valor del dólar, con efectos indeseables en los mercados emergentes que usan esa moneda de referencia. Mientras, en una Europa más rezagada en el crecimiento es probable que los precios se mantengan en el entorno del 2% que el Banco Central Europeo tiene como objetivo (ahora en el 0,93%) y se prolongue la política monetaria laxa para facilitar el crédito y ayudar a la recuperación. 

¿Puede que a la crisis sanitaria, social y económica se sume una financiera? Si las divergencias en la recuperación se amplían, no es descartable. Con todos sus efectos distorsionadores en la deseada recuperación. La voluntad de procurar un crecimiento más acompasado y de repartir el coste de la salida de la crisis ha llevado a la nueva secretaria del Tesoro estadounidense a proponer a la comunidad internacional la creación de un impuesto mínimo mundial a las grandes corporaciones. Sería además una oportunidad para limitar la elusión de impuestos que vía los paraísos fiscales vienen practicando estas desde hace años y que se calcula ronda el medio billón de euros anuales.

La medida de la alumna aventajada de James Tobin, el defensor de la tasa a las transacciones financieras, ha sido acogida con interés en la UE, donde tarde o temprano habrá que volver a la senda de la consolidación fiscal y cualquier ingreso adicional será bueno para evitar seguir aumentando la factura de la deuda. En España, la vicepresidenta Nadia Calviño se ha mostrado a favor. Kristalina Gueorguieva, la directora general del FMI ha respaldado esta idea e incluso ha ido más allá. Para asegurar que el pago de la factura de la recuperación está mejor repartido, ha propuesto la imposición temporal de una tasa Covid a las rentas más altas. Dos mujeres que proponen una salida más solidaria de la crisis. ¿Responderán los Gobiernos? Esperemos que no como Erdogan y el sofagate con el que quiso humillar a Von der Leyen. 

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