Daniel Capó

Una tarde parisina

«Más vale mirar hacia el futuro con ánimo suficiente para creer que también esto pasará»

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Una tarde parisina
Foto: H. Babout| AP
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Una tarde de 1942, Ernst Jünger y Pablo Picasso se encontraron en el estudio parisino del pintor malagueño. El primero era capitán de la Wehrmacht, un escritor dotado de una rara frialdad que por entonces atravesaba una grave crisis matrimonial. El segundo era ya un mito en vida: un pintor mundialmente famoso, comunista y exiliado republicano. No sabemos mucho de la conversación que mantuvieron ambos ni si se volvieron a ver, aunque parece ser que no. Sí conocemos una frase que Jünger atribuye a Picasso y que en cualquier época de crisis adquiere un especial sentido: «Usted y yo resolveríamos la guerra en una tarde». Se diría que, cuando dos hombres civilizados se encuentran, las dificultades se diluyen. O, al menos, se difuminan, pierden sus aristas. «Usted y yo»: las dos Europas enfrentadas que pueden –y deben– reconciliarse de nuevo.

La historia de nuestro país no dista tanto de aquella reunión parisina de 1942. Lo trágico es comprobar cuánto hay de ilusorio, de premeditado y, por tanto de artificial, en la fractura social que sufrimos. Porque en ningún lugar estaba escrito que España fuera a desandar el camino de la pluralidad democrática y que nos perdiéramos en el laberinto del enfrentamiento. Que el empuje económico de los ochenta y los noventa –ligado a la internacionalización y a la apertura de la competencia– se torciera con el shock de 2008 tiene algo de natural: no en vano, el crac financiero fue un capítulo más de la revolución tecnológica en marcha y puso en evidencia la obsolescencia de muchos sectores; sin embargo, no resulta tan natural nuestra incapacidad para asumir como adultos sus consecuencias. Tampoco resulta explicable que los partidos de la centralidad se hayan desplazado hacia los extremos como respuesta a la crisis. Y que en este camino hayan arrastrado a toda la vida pública española no sólo es inexplicable, sino moralmente criminal.

Porque, al igual que en el encuentro entre Picasso y Jünger de 1942, muchos de nuestros problemas se solucionarían en una tarde si estuviéramos entre gente civilizada. La mayoría de nuestros déficits están localizados y sus remedios, escritos. Pequeñas medidas harían mucho y no saldrían necesariamente caras. Algunas incluso serían gratuitas, como bajar el tono de los debates y sustituir la propaganda tóxica por un manual de estilo. Porque a menudo aquello que pensamos se torna realidad y, por tanto, debemos manejar con cuidado nuestras ideas. Si vemos el mundo en blanco y negro, y nos dedicamos a lanzar fatwas indiscriminadamente, toda la polis se resiente. En cambio, si «usted y yo» podemos resolver los desencuentros hablando, hay que suponer que incluso las situaciones más extremas tendrán solución cuando se busca la paz. Y eso exige dejar de lado a los demagogos –con su furia ciega– y entregar el testigo a los que trabajan por el bien común, que no sólo es el de todos sino el único posible.

En nuestra tradición, fue fray Luis de León quien se refirió a la paz como «un orden sosegado». No uno u otro, sino uno y otro. Al carecer de ambos –el desorden es consecuencia de la ira–, es normal que la nostalgia se apodere de muchos de nosotros. Pero la nostalgia no sirve de nada. Más vale mirar hacia el futuro con ánimo suficiente para creer que también esto pasará. Esta desgracia, quiero decir. Esta estupidez generalizada.

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