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Paco Reyero

El debate y mucho más para llegar a la Casa Blanca

Desde el año 2000, 38 estados no han cambiado su sentido del voto: la batalla se centra en lograr los ‘swing states’

Opinión
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El debate y mucho más para llegar a la Casa Blanca

JIM WATSON | AFP

El gran espectáculo del debate televisivo norteamericano (el último, el de dos septuagenarios orillando ideas entre conspiraciones, mentiras y cinismos) cae sostenidamente. El primero de Hillary, en 2016, lo vieron 84 millones de votantes; la primera cita de estas elecciones entre Trump y Biden, 73 y el celebrado esta semana, «apenas 63 millones».

A comienzos de la década de los 80, con menor población y menor difusión (sin cadenas de cable, sin repetidores, sin programas añadidos o tertulias de zoom en la CNN) el diálogo entre Jimmy Carter y Ronald Reagan arrojó una audiencia de 80 millones de personas.

Días antes de la celebración del más reciente enfrentamiento verbal, el presidente Trump había cargado contra la Comisión Nacional de Debates -la institución encargada de reglar el encuentro – y unos de sus miembros, John Danforth, se sacudió el desprecio táctico-trumpista afirmando que, «por mucho que Donald Trump diga que la CND es un nido de demócratas, soy republicano y, como el resto de miembros de la Comisión, trató de acotar las reglas para que se garanticen los derechos y libertades de cada uno de los candidatos».

Recordar el triunfo del «presidente televisivo», el pionero JFK llegando moreno, tranquilo y aseado a Chicago para debatir con un macilento Nixon (del que uno de los presentes dijo «tiene más aspecto de ir a un funeral, probablemente al suyo, que de participar en un debate») obliga a un viaje al mes de septiembre de 1960.

Sesenta años después el mundo y la comunicación política se han transformado. Alexandria Ocassio-Cortez, la joven e insistente demócrata, incluye sus mensajes en los vídeos de youtubers jugadores que se graban para que otros vean como juegan.

El debate es una obligación. Un error o una respuesta estúpida de un candidato, menoscaba sus posibilidades de victoria. El ejemplo recurrente de estupidez mayúscula, indeleble pese al paso de los años, es el del inexperto candidato a vicepresidente Dan Quayle en 1988. Tenía con 41 años cuando debatió con el veterano Lloyd Bentsen. Y pese a la advertencia de sus asesores, Quayle se empeñó en compararse con Kennedy: «Yo acumulo tanta experiencia en política como JFK cuando llegó al Senado». Bentsen, pausadamente, lo liquidó: «Conocí a Jack Kennedy. Trabajé para Jack Kennedy. Jack Kennedy era mi amigo. Senador, usted no es Jack Kennedy».

Los debates siguen dejando marcos mentales e impresiones que no hay que desaprovechar. Pero la campaña continúa, con muchos interrogantes abiertos. Desde 2000, 38 estados apuestan fijo a republicano o a demócrata. Por eso, el campo de batalla está en un puñado de estados como Florida, Carolina del Norte, Pensilvania, Michigan o Iowa. Los candidatos han programado actos durante el comienzo de la semana que viene porque saben que se juegan la victoria en los estados pendulares.   

Los demócratas siguen alcanzando cifras récords de recaudación para emplear más fondos en nuevos anuncios o soportes específicos que les acaben posibilitando los swing states.

Los partidarios de Trump creen que habrá un voto oculto que le permita alcanzar un segundo mandato.

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