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"El oficial y el espía, la obra maestra de Roman Polanski, ha hecho del Affaire Dreyfuss una bandera testamentaria, aunque sea bajo camuflaje y él diga que no"

Foto: Thibault Camus | AP

Hoy acaba el primer confinamiento y no habrá de pasar mucho tiempo para que la desmemoria ejerza de Penélope durante la noche. Nuestro encierro se convertirá en un espacio de silencio –el silencio del no-tiempo y el silencio de los muertos– que comenzó con el arrebato acumulativo de papel higiénico y ha acabado con el triángulo amoroso –o pentágono, que ya no sé– de unos periodistas que jamás habían sido, ni serán, tan populares fuera de su medio. Principio y fin simbólicos de una sociedad mayoritariamente dominada por esa clase de televisión donde los rostros mutan en gárgolas enfurecidas.

Pero cada uno de nosotros sabe cómo ha vivido –y sobre todo, cómo ha enriquecido, o no– este confinamiento. Qué músicas, libros, cine, correspondencia, deporte enclaustrado, silencios y conversaciones hemos tenido y cómo todo eso ha sido nuestra piedra filosofal frente a la conculcación de derechos y el temor a la pandemia. Mientras, hemos visto delfines nadando en nuestros puertos, cabras y jabalíes sustituyendo a los automóviles en las carreteras, cuervos y buitres planeando a pocos metros de nuestras cabezas y pájaros silvestres –jilgueros o verderones, por ejemplo– volando casi a ras de suelo por nuestras barriadas. Sin olvidar que hemos hecho un descubrimiento fastuoso: las innumerables veces que nos tocamos la cara al día.

Una de las buenas cosas vistas durante este encierro ha sido el estreno en plataformas –perdón por la expresión– de la última película de Polanski, J’accuse, titulada El oficial y el espía aquí en España. La película llega asociada al escándalo porque así se ha decidido desde la doctrina social que celebra que Tarantino haga humor con el asesinato de Sharon Tate –la mujer de Polanski, recuerden– y en cambio juzga una y otra vez a éste por lo que su misma víctima perdonó hace años. En Cannes coincidieron Érase una vez en Hollywood y El oficial y el espía y eso sí fue sarcasmo y celebración del doble rasero. Que se repitió en la ceremonia de los César, cuando El oficial y el espía fue más que impecablemente premiada y los hubo que se marcharon escandalizados. Todo esto ocurre en una cultura –la occidental– que aconseja en el bachiller la lectura de La filosofía en el tocador, tiene en Jean Genet uno de sus grandes escritores del siglo XX y cae rendida ante la obra de Caravaggio –que es impresionante– pero olvida y le importa un bledo que fuera un asesino. En fin, un lío fenomenal.

Volvamos, pues, a El oficial y el espía, la obra maestra de Roman Polanski, que ha hecho del Affaire Dreyfuss una bandera testamentaria, aunque sea bajo camuflaje y él diga que no. Nadie que contemple el relato de la injusticia cometida contra Dreyfuss podrá abstenerse de pensar que el realizador polaco ha buscado en ella una identificación. Pero, de entrada, la película es un homenaje a la cultura francesa. Lo es a Balzac y a Zola (y no porque este, como es lógico, aparezca en ella) y a sus tipos y atmósferas literarias. Y lo es, sobre todo, a la pintura del XIX. Lo es a Manet –especialmente a Manet– y al tratamiento urbano de Jean Beraud, con guiños a Toulouse-Lautrec y a Henri Gervex y a Émile Friant y… En ese sentido toda la cinta es un espectáculo de gran sabiduría artística. Y adherido a ella, el relato de una injusticia histórica, su ritmo narrativo, los ambientes de París y alrededores, sus densos interiores, tan a la moda entonces, las hipocresías de una sociedad que no desea perder el equilibrio y en ese deseo ampara también la vileza y a gente del hampa y los bajos fondos para sostenerse. Para sostener la mentira y con ella defender las verdades en las que la sociedad cree.

Roman Polanski parece decirnos que necesita un coronel Picquart que le restituya lo que le niegan. Soy tratado como Dreyfuss, parece decirnos de soslayo, aunque luego lo desmienta y diga que nada personal hay detrás de la elección del asunto que dividió a la sociedad francesa fin de siglo. Lo bueno es que lo hace con una gran obra. Lo malo es que no le creemos cuando dice que no le ha empujado su propia vida. Y lo que es peor: sabemos que no habrá Picquart para él; y menos aún división pública de la sociedad: todo lo más, el silencio.

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