Lea Vélez

El virus del colegio

«No asistir al colegio es nocivo para la salud de la infancia y nunca pensé que diría esto, pero estoy completamente de acuerdo»

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El virus del colegio
Foto: Rick Bowmer| AP
Lea Vélez

Lea Vélez

Lea Vélez es escritora. Su novela más reciente es “La sonrisa de los pájaros” (2019). Es autora también del ensayo literario "La Olivetti, la espía y el loro" (2017) y de la novela "Nuestra casa en el árbol" (2017)".

«Ya me he cogido otra vez el virus del colegio», le decía a mis amigos durante el invierno. «No te acerques que te lo pego».

El virus del colegio era un amigo habitual de madres y padres antes de la pandemia al que llevamos meses sin verle el pelo, porque llevamos meses sin colegio.

Es así, durante los meses que ha durado el confinamiento, hemos estado todos sin virus alguno, cosa bastante exótica cuando se tienen dos hijos en edad escolar. «El virus del colegio» es la expresión genérica que usamos los padres para todos los rotavirus y todos los coronavirus del catarro, la gripe y hasta los piojos, que aún no sé si es algo que erradicas o a lo que te acostumbras tanto que dejas de verlos.

Invierno tras invierno, durante los diez años que mis hijos han estado escolarizados, hemos pasado estos virus que los primeros años nos machacaban, nos dejaban cabeza embotada, narices bloqueadas, aroma a eucalipto por toda la casa. Pero los niños van creciendo y su inmunidad aumenta. Sorprendentemente, la nuestra también, y aunque nos cogemos los catarros, no son ni mucho menos tan virulentos como en los primeros años de colegio. Es lo que se llama la inmunidad adaptativa. Porque inmunidades hay muchas y funcionan de formas diversas y convergen para construir a lo largo del tiempo una barrera que nos hace más fuertes frente a la infección. La primera inmunidad la traemos más o menos de serie, es la innata, pero más adelante, vamos adaptándonos a los patógenos propios de nuestro medio ambiente. Contra algunos nos vacunan desde bebés, creando anticuerpos de manera artificial, contra otras bacterias y virus vamos adquiriendo esta inmunidad por exposición a ellos creando una memoria de respuesta. Hay una inmunidad humoral y una inmunidad celular. En la humoral están los anticuerpos que adquirimos tras pasar una enfermedad. La inmunidad celular se refiere a la memoria de las células T se quedan ahí, con la copla, y cuando vuelve a entrar un patógeno contra el que ya han luchado, o uno similar del que reconocen ciertas estructuras, se lo cargan sin contemplaciones.

Ahora llega la madre de todos los virus del colegio al que muchos de nosotros no sabemos si hemos estado expuestos, adquiriendo inmunidad celular, y para el que no hay una vacuna que nos dote de inmunidad humoral. Nadie parece saber qué va a ocurrir y por lo que leo por ahí, a nadie se le ha ocurrido diseñar un plan de acción desde la ciencia para establecer unos protocolos que vayan más allá del lavado de manos, la distancia y las mascarillas. Los padres están aterrados, los profesores están cabreados y como es normal, demandan medidas de protección y amenazan con huelgas y desastres varios. A dos semanas del comienzo del curso escolar, nadie parece saber qué medidas de prevención va a tomar cada centro, los centros parecen estar esperando una indicación de la Comunidad correspondiente, la comunidad la espera del gobierno y así hasta la OMS. Es decir, que nada va a cambiar más que mantener la distancia o usar el proverbio español «de perdidos al río».

Yo creo que el «de perdidos al río» es la gran estrategia española. Brutal, castiza, pero inevitablemente sabia y que obliga a cada centro que desee permanecer abierto a ejercer la imaginación contra el contagio y a llevar el volante de su propio destino, porque la burocracia no nos va a salvar del virus del colegio, ni va a educar a nuestros hijos, ni va a evitar el desanimo y la desidia que se ha instalado en sus mentes. Son los directores de los centros y los profesores y el claustro los que han de sacarnos de esta si queremos que nuestros hijos vayan a clase con seguridad. Y debemos querer. Es necesario querer.

Aquí en Gran Bretaña, donde vivo, las autoridades sanitarias han dicho que es mucho peor para la salud de los niños no asistir al colegio y han zanjado todas las dudas sobre si colegio sí o colegio online. No asistir al colegio es nocivo para la salud de la infancia y nunca pensé que diría esto, pero estoy completamente de acuerdo.

Aunque académicamente el colegio online tuvo grandes aciertos y muchos errores, aprendimos mucho de ello. La introducción de tecnología y una cierta libertad individual de cada alumno. Al mismo tiempo, creo que nunca he visto a mis hijos tan pasivos, enganchados a las pantallas, adormecidos en la soledad de su sofá. Sumando las vacaciones a los meses de aislamiento, ahora el zampado de bollería se ha vuelto incontrolable, la falta de ejercicio, endémica y la pasividad, total. El colegio era el lugar para correr aunque no te apetezca, el lugar para pasar todo el día sin acceso a las napolitanas de chocolate o las patatas fritas de bolsa. El colegio era un recinto de la norma más o menos saludable, de la rutina intelectual más o menos nefasta, pero rutina a fin de cuentas de socialización y contacto con el humano de carne y hueso real.

Y luego, además, estaba el contacto con «el virus del colegio», que tiene una utilidad inmunológica indudable y fundamental. Tanto que los científicos sospechan que podría ser la clave de por qué los niños están más protegidos contra el coronavirus. El contacto con otras bacterias y virus nos hace más saludables, esto es así, y la esterilidad es tan nefasta como el propio nombre indica. De hecho, los expertos sospechan que la inmunidad cruzada, es decir, el contacto habitual con otros tipos de coronavirus, podría proteger contra el Covid pues algunas de sus estructuras y proteínas son similares.

Tenemos miedo, no queremos matar a nadie llevando el virus del colegio de un lado a otro, pero creo que es importante convivir con él. Para ello, debe haber planes individualizados por colegios, sistema de «burbujas», como lo llaman aquí, mediante el cual un grupo de niños reducido se relaciona solo con su burbuja evitando la transmisión generalizada a todo el colegio si llega el Covid dichoso y sobre todo, debe haber directores y profesores que estén dispuestos a remangarse, a establecer planes propios y a medida, basados en la ciencia, por supuesto y los protocolos y directrices de las autoridades sanitarias, para los que necesitarán una enorme inyección de capital.

Reducir horarios quizá no sea necesario, pero sí reducir contactos, grupos reducidos, contratación de personal, la compartimentación de espacios, la ventilación, el aire libre a cascoporro aunque haga frío y la imaginación. Hay que trabajar por conseguir que los niños vuelvan a estar con otros niños y no creo que sea solo por una cuestión de salud mental sino de inmunidad colectiva porque estar en contacto con otros virus y bacterias nos protege mucho más de lo que podíamos sospechar. Hay que dotar a los colegios de lo que pidan y hay que hacerlo ya.

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