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ADELANTO EDITORIAL

Así fue el primer encuentro secreto de Iglesias con Redondo: «Iván es uno de los nuestros»

THE OBJECTIVE publica en exclusiva un fragmento del libro ‘Al olor del dinero: la verdadera historia de Podemos’ que desvela hechos desconocidos del partido morado, desde antes de la fundación hasta el Gobierno

Así fue el primer encuentro secreto de Iglesias con Redondo: «Iván es uno de los nuestros»
Europa Press|

Podemos nació para romper el bipartidismo y dar voz a los indignados tras la crisis económica de 2008. Su historia vivió un antes y un después en enero de 2020, cuando, tras una negociación exprés con Pedro Sánchez, Pablo Iglesias entró en el Consejo de ministros. El propio Iglesias presumió haber logrado algo inédito en la Europa occidental. Pero un año después, decidió dar un paso al lado. Dejó su vicepresidencia para concurrir a las elecciones autonómicas madrileñas. En dichos comicios cosechó un resultado muy por debajo de las expectativas y anunció su salida de la primera línea. ¿Qué esconde esta decisión? Y ¿qué papel jugó el principal estratega de Pedro Sánchez, Iván Redondo, ahora también apartado del Gobierno?

Un nuevo libro, Al olor del dinero: la verdadera historia de Podemos (Esfera de los libros), escrito por el periodista de THE OBJECTIVE Luca Costantini y que sale a la venta el próximo miércoles 17 de noviembre, desvela detalles desconocidos sobre ese proceso, enmarcados en una investigación de mayor alcance que atraviesa el nacimiento del partido morado, sus relaciones con América Latina, los casos judiciales más polémicos, las luchas de poder, la llegada y actividad en el Gobierno durante la COVID-19 y la irrupción de Yolanda Díaz. Desde una misteriosa herencia hasta la construcción de una red de empresas satélite, Podemos sacudió España y lanzó a una generación pionera por habilidad de comunicación y empresarial, que el autor califica de «mutación genética» del comunismo del siglo XXI. De esta generación Iglesias fue sin duda el protagonista. Aunque el volumen, del que este diario ofrece en exclusiva el siguiente fragmento, desvela la historia de muchos protagonistas y explica cómo un reducido grupo se ha beneficiado de un artefacto pensado para asaltar el poder.

Al olor del dinero: la verdadera historia de Podemos

«Las reuniones [en el año 2019], en general, habían resultado desesperantes. Cuando se citaba con Sánchez, el líder de Podemos tenía la sensación de enfrentarse a un muro humano con rostro de póker. Iba con su abanico de ofertas bien estudiadas: desde el cambio de escenario político hasta la promesa de fidelidad. Pero el socialista se negaba a una y otra cosa. Agradecía los esfuerzos y se mantenía firme. Para explicar su negativa llegaba incluso a emplear la cuestión catalana: “Pablo, ¿pero cómo resolvemos lo de Cataluña? Vosotros tenéis a Jaume Asens, que es un independentista”, le espetaba, mencionando a su vicario en Cataluña, cercano al mundo separatista y hasta consejero de Carles Puigdemont durante su huida a Bruselas. «Vamos, Pedro, que no estamos en un plató de La Sexta», le contestaba, un Iglesias desesperado, que añadía: «Sé sincero: no quieres, y punto».

Iglesias, en contacto directo con Ábalos, empezó a culpar al asesor áulico de Sánchez, el vasco Iván Redondo del impasse. El consultor político había entrado en la corte de Sánchez casi por la puerta de atrás. Los dos se habían encontrado en el difícil sendero de los despechados: el primero, por el PP de Rajoy, que había ordenado prescindir de sus servicios, y el segundo, por su propio partido, hasta recuperar el poder tras ganar las primarias contra Susana Díaz. Al entrar en el PSOE, Redondo se había instalado en la cuarta planta de la sede socialista de la calle Ferraz. A su lado se sentaba Ábalos, mientras que en la planta inferior tenía su cuartel la dirigente asturiana Adriana Lastra. Los dos socialistas formaban parte del núcleo duro de Sánchez. Habían apostado por un caballo que todos daban por perdedor, y habían ganado aportando su granito de arena en esa victoria tan inesperada como trágica. Poco después Redondo asiste a las primeras escaramuzas en el seno del sanchismo. De un lado, Ábalos; del otro, Lastra. Los dos interesados en convertirse en el lugarteniente de Sánchez. El consultor vasco no se lo piensa dos veces. Luchará en el frente del político valenciano. Con él ganará el primer conflicto interno y preparará el terreno para convertirse en el asesor áulico de Sánchez tras su llegada a La Moncloa.

En realidad, Iglesias había conocido a Redondo mucho tiempo antes. Fue durante unos encuentros confidenciales en Madrid que se celebraron cuando él era el político de moda. Un auténtico fenómeno mediático que, empujado por la crisis, había entrado de lleno en la fractura entre viejas y nuevas generaciones. Su éxito dependía de un planteamiento muy sencillo: alimentar la polarización, que siempre le favorecía. En aquellas reuniones Iglesias iba acompañado por Juanma del Olmo, el artífice de la campaña del tramabús y que aspiraba a convertirse en algo parecido a un rastreador de los humores de las masas, que, obviamente, deseaba dirigir. Redondo les hablaba de la comunicación como motor del universo político. Emociones, rabia, compasión, miedo. En una palabra: relato. Siempre por encima de la razón, porque las emociones son manipulables, y el conocimiento, no. «Primero me emociono, y luego pienso», decía, y añadía: «Sospecho de quienes no creen en la comunicación política». A la salida de los encuentros Iglesias y Del Olmo comentaban: «Este tío sabe de lo que habla». Se mostraban fascinados por el argumentario y la exposición del estratega político.

Así fue el primer encuentro secreto de Iglesias con Redondo: "Iván es uno de los nuestros" 1

El consultor vasco, clase 1981, era casi coetáneo de Iglesias. Un friki de los números y la información política. Preciso como un reloj suizo. Cada mañana, tarde y noche pensando en táctica y comunicación. Había liderado algunas campañas exitosas para dirigentes del PP como Antonio Basagoiti, Xavier García Albiol o José Antonio Monago. Pero el PP de Mariano Rajoy le había dejado tirado. Su obsesión era el tiempo: quien lo domina gana, decía. Y lo mismo pensaba Iglesias. Cuando Redondo se citaba con Iglesias, estaba buscando trabajo. En Madrid eran conocidos sus movimientos para encontrar una salida. Iba reuniéndose con profesionales de diversa índole. Incluso con directores de periódicos, a los que, sin suerte, ofrecía sus estudios y análisis. Iglesias se interesó por él, aunque no solía fichar a gente ajena a los círculos establecidos. Los esqueletos en el armario de la izquierda alternativa son demasiado grandes como para que un foráneo husmee en ellos.

El temor al topo era y es una verdadera obsesión para el líder morado. Existían, además, algunas diferencias personales que manchaban el pedigrí de ese consultor encorbatado. Redondo provenía de centros de estudios privados como el Departamento de Comunicación de la Universidad de Deusto, institución regida por la Compañía de Jesús. Iglesias, en cambio, se había formado en la Complutense, campus público de Somosaguas. Era aquello el fortín de la izquierda radical, un reducto ubicado en una de las zonas más adineradas de Madrid, en cuyas paredes dominaban los colores rojo y negro, y los catedráticos tenían en sus despachos carteles de apoyo a Hugo Chávez o Fidel Castro.

Iglesias, por lo demás, nunca ha creído en los consultores políticos. La política debe ser el terreno de caza de los políticos, sostiene. Y, sobre todo, no quiere que nadie le haga sombra. En el caso de Redondo, intuía que su afán de protagonismo le llevaría, tal y como ocurrió más adelante con Sánchez, a compatibilizar el papel de estratega con el de fontanero del presidente, en constante contacto con los periodistas. Aun así, Iglesias se quedó fascinado por aquella figura. Con él compartía una pasión por las series de televisión. O por lo menos eso pensó el secretario general de Podemos, porque el consultor vasco, muy hábil en el arte de la convicción, le seguía la corriente en todo momento. Sabía que Iglesias tiene una lectura «freudiana» de la política: le interesa conocer las historias de infancia de sus interlocutores, porque cree que en ella se halla el secreto de su personalidad. Así que también tiraba de historias y anécdotas personales. A diferencia de Iglesias, que es hijo único, Redondo es el cuarto hermano de una familia numerosa. Pero, como él, había tenido una niñez bastante solitaria, hecha de libros y televisión. Iglesias recordará en algunas conversaciones con amigos cómo su madre y su abuela eran quienes le cuidaban, y cómo con ellas se embebía de las intrigas criminales de Jessica Fletcher en Se ha escrito un crimen, sin duda la primera serie de referencia del líder morado. Esa señora pedante que resolvía todas las intrigas sin perder la compostura le había fascinado siempre.

Ni Iglesias ni Redondo, por otro lado, habían sido campeones del deporte, aunque habían entendido la fuerza de la palabra. Sus mundos eran diferentes, pero su forma de pensar, parecida. La ideología, entendida como un conjunto de ideas que determinan la conducta humana, tenía poca o nula importancia para ellos. En lo teórico, de hecho, Iglesias es un político más bien débil, aunque presume de leído. Nunca ha escondido su pasión por la lectura, pero en la fase de la lucha política, el pragmatismo, la rapidez, la comunicación e incluso la discreción son para ambos las claves del éxito. Y ganar, lo único que importa.

Esa afinidad sirvió para que antes de las elecciones de noviembre de 2019, cuando Redondo ya desempeñaba sus tareas de asesor de Sánchez, Iglesias siguiera manteniendo una comunicación directa y muy confidencial con él. Había llegado incluso a confiarle sus miedos. Por ejemplo, cuando en enero de 2019 Errejón se lanzó a la yugular de Podemos creando un partido alternativo de la mano de Manuela Carmena. Iglesias preguntó a Redondo qué le parecían los acontecimientos. Redondo le tranquilizó. Le dijo que Errejón no tenía pensado formar un partido nacional, puesto que su aspiración era la alcaldía de Madrid de ahí a unos años. La previsión era equivocada, e Iglesias siempre dudó si fue un error o una mentira, pero nunca perdió el respeto hacia el asesor. Del Olmo no paraba de repetirle: «Pablo, Iván es diferente. No es uno del PSOE, es uno de los nuestros».

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