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Lo indefendible

Dos o tres matices sobre los ‘enanitos toreros’

El espectáculo taurino representa un conflicto entre los acondroplásicos que pretenden ganarse la vida y los que quieren terminar con el estereotipo del ‘enano’

Dos o tres matices sobre los ‘enanitos toreros’

Las asociaciones que representan a los acondroplásicos y a las personas con discapacidad en general han pedido la suspensión del espectáculo de ‘Los enanitos toreros’ en Las Ventas porque se supone que denigra a los actuantes y a los de su condición. En todos los movimientos prohibicionistas respira la tentación de proteger a la gente. Los ofendidos moralmente por los cómics pretendían que los niños saltaban por las ventanas creyéndose Superman. Los contrarios al heavy, que los chavales se volvían satánicos y los antitaurinos, que los niños pierden empatía. En realidad, lo que persiguen es la prohibición del cómic, del heavy y de los toros y los niños son un mero instrumento. En este caso, los argumentos que plantean los contrarios al espectáculo de los acondroplásicos toreros no son despreciables; muy al contrario, llegan al núcleo del asunto: ¿tienen derecho a que se rían de ellos o a que dejen de reírse? 

En la declaración de París de 2003, la Unesco puntualiza que se deben proteger las culturas minoritarias (y ésta es una de ellas) siempre que no contravengan los derechos humanos. El hecho de que no crucen esa línea es justamente lo que hace diferentes las corridas de toros de los gladiadores del circo de Roma. El argumento que mantienen es que los pequeños toreros -abrimos aquí el catálogo de eufemismos para tomarle la rotonda a la palabra ‘enano’- lesionan su propia dignidad al convertir su discapacidad en motivo de risa y esto no se puede permitir por muy libremente que se haga.

Tendremos que creer que el debate no tendría lugar -se supone- si un ‘enanito torero’ fuera un torero sin más en cualquier festejo y compartiera cartel con otros de más talla. Sería un torero más pequeño. En realidad, conceptualmente, todos los toreros son ‘enanos’ de alguna manera por mucho que el acondroplásico no sea solamente una persona de menos altura que los demás. Pero el pacto de lectura del toreo se basa en que el hombre tiene que parecer pequeño -delicado, grácil, indefenso- al lado de la bestia. En su dominación contra pronóstico reside su éxito, de ahí que los toreros grandes tengan menos éxito que los demás y tengan que arrimarse el doble. El torero enano es la sublimación del torero, aunque ¿puede ser visto como una discriminación el hecho de que sean toreros porque sean pequeños? ¿Y los jugadores de baloncesto divierten a la gente por ser dueños de cuerpos desmesuradamente grandes? ¿Podría pensar alguien que el baloncesto es un espectáculo en el que el público acude a divertirse ante las evoluciones de torpes gigantes que corren por la cancha con esos enormes y lastimosos zapatones? 

Podemos caricaturizar cualquier argumento, aunque este que se presenta aquí no es nada desdeñable: no hay que permitir el ‘enanito torero’ porque se ríen de los enanos justamente por ser enanos. Hablamos de un espectáculo cómico en el que se supone que hacen más gracia por sufrir al fin y al cabo una discapacidad que les dota de unas proporciones que en un contexto determinado pueden considerarse simpáticas y no en una desgracia, y ahí se hace posible el disfrute -intolerable, al parecer-, del público ante una situación humillante. La línea de la humillación es casi siempre difusa: ¿Pueden existir los ‘enanitos payasos’? Parece que sí, pues si se entiende aquí el público no se ríe de o con la persona pequeña que aparece en la pista pegando volteretas, si no del personaje que representa. La ‘gracia’ del espectáculo taurino no consiste en la burla acerca del torero cogido, sino de la sorpresa y la celebración de su triunfo sobre el animal, al igual que en el circo el ridiculizado siempre termina siendo el payaso serio, elegante y respetable.

«Si les dan a elegir entre ser discapacitados o toreros, ellos han elegido la segunda. Deberíamos reflexionar sobre si habría que arrebatarles ese derecho»

Quizás la prohibición del espectáculo taurino pretenda ser la primera de otras prohibiciones. Quizás estemos ante el fin de la gente con sobrepeso en las comedias o de personas con rasgos faciales que inciten a considerar con ligereza situaciones de lo más penoso en las que se ven involucrados por su aspecto. Y los gordos cómicos, ¿tienen derecho a hacer chistes de gordos? ¿Se pueden reír de ellos mismos? ¿Pueden los ‘enanitos toreros’ crear un espectáculo en el que ellos mismos ponen en el contexto de la risa su propia condición? ¿Puede ser su condición la parte central de su papel en el espectáculo tratándose de una discapacidad? Recientemente, en la película ‘Campeones’ participaban actores con diversas discapacidades y fue muy celebrada. Me replican no sin sentido que la imagen que da ‘Campeones’ de las personas con discapacidad es de integración y de convivencia, no como la de los enanos de la plaza, suponen.

Pero, ¿y si los ‘enanitos toreros’ estuvieran demostrando que los diagnosticados de acondroplasia son capaces de cualquier cosa, incluso de enfrentarse a un becerro más grande que ellos, de salir airosos con la soltura que permite incluso la comedia y de ganarse el pan libre y dignamente con ello? Entendiendo todos los matices, tengo dudas de si les empodera más la ovación de Las Ventas en pie que trabajar como parte de una cuota de empleados con discapacidad si fuera el caso, que no tiene por qué serlo, pues disponen de capacidades equiparables a otros, como vemos. Si les dan a elegir entre ser discapacitados o toreros, ellos han elegido la segunda. Deberíamos reflexionar sobre si habría que arrebatarles ese derecho. 

De la otra parte se lamentan de que, desde hace siglos, sufren el estereotipo del ‘enano’ bufón y que hace gracia. Esta condición de risible supone un estigma para muchos de ellos y a poco que se interese uno, se aparecen las historias del niño al que sus compañeros de clase piden que dé volteretas en el patio o aquella chica a la que saliendo de copas por la noche, alguien arroja a los pies monedas para que baile. Consideran que el espectáculo de toreo cómico incide en ese cliché humillante del que legítimamente se pretenden desprender. También podríamos reflexionar sobre si la prohibición les ayudaría en algo

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