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La reacción disfrazada de progreso del nacionalismo

Solo en España perviven fuerzas políticas en Cataluña y País Vasco que busquen la recuperación del Antiguo Régimen

La reacción disfrazada de progreso del nacionalismo

Ilustración de Alejandra Svriz.

Recordemos una vez más la memorable propuesta de Íñigo Urkullu (El País, 31/08/2023): «¿Por qué el Estado español no puede ser plurinacional como lo fue en la práctica hasta el siglo XVIII?». Qué no daría un historiador por encontrarse con frases así todos los días, rotunda y sincera, como verdad de médico.

El nacionalismo tiene algo de delirio provocado por la mala digestión de un empacho de historia. Y la más esencial mentira que el nacionalismo necesita es aquella que afirma que las naciones son previas a los Estados. Eso, por supuesto, es válido para todos los nacionalismos, sean estos vascos, catalanes, españoles o camboyanos. Y estén estos interesados en dibujar una nación cautiva –a pesar de (o precisamente por) ser algunos de los territorios más beneficiados dentro del Estado– o simplemente en legitimarse políticamente, remontándose alegremente a Don Pelayo, a Moctezuma Xocoyotzin, a Vercingétorix o al mismo faraón Keops.

No, la nación política nunca es previa al siglo XIX. Es el Estado el que construye la nación y no al revés. Por eso el nacionalismo necesita presupuesto y competencias, para construir una nación que no existe. «Señor, hemos hecho Italia, ahora tenemos que hacer italianos», como Massimo d’Azeglio dijo una vez a Víctor Manuel II, primer rey de una Italia que hasta entonces nunca había existido. 

Así decía esta semana Joaquim Torra (El Punt Avui, 11/09/2023): «Hace ya 309 años que aguantamos lo que ningún pueblo civilizado del mundo ha aguantado nunca. Pasan los años, las décadas, los siglos, y España continúa ejerciendo sobre nosotros el derecho de conquista». La historia nacionalista nos recuerda un poco a los extraterrestres mexicanos: amojamada y de cartón piedra. A duras penas mantiene el engaño, pero da para vivir de ello.

«El Gobierno apela estos días a su progresismo para mitigar lo reaccionario de sus concesiones»

Y, en realidad, hace 309 años las élites catalanas luchaban por lo mismo que hoy, es decir, por «la conservación de las libertades [tradicionales, no las políticas y civiles modernas], los privilegios y prerrogativas de los catalanes, que nuestros antecesores a costa de sangre gloriosamente vertida alcanzaron, y nosotros debemos así mismo mantener».

Y de la misma manera que el nacionalismo compensa su estrecho presente con un áureo pasado, el Gobierno apela estos días a su progresismo para mitigar lo reaccionario de sus concesiones. De ahí el falso énfasis de estos días en la «coalición progresista», de ahí también el candoroso empeño de sus adeptos en justificar medidas como la amnistía, el nuevo pacto fiscal o la reforma territorial refiriéndose a cualquier episodio histórico, sea este el Abrazo de Vergara, la Primera República, «Paz, piedad y perdón» o las Coplas de Jorge Manrique.

Digámoslo una vez más: la idea de que el nacionalismo vasco o catalán es progresista es tan contraria a la teoría política o a la historia como el terraplanismo lo es la geografía: «Dios y la Ley Vieja», fueros y privilegios, reacción y antiliberalismo, xenofobia, integrismo católico, terrorismo, desigualdades territoriales… en fin, en un eje político a los nacionalismos patrios habría que situarlos, como a Gary Cooper, «un poco a la derecha de Gengis Kan». 

Pujol loa a Puigdemont por su defensa del catalán junto a los presidentes  del Govern
Presidentes de Cataluña en Codalet, Francia. | Marc Asensio Clipes (Zuma Press)

Si algo ha caracterizado la historia contemporánea de España frente a otras naciones ha sido la existencia de fuerzas políticas relevantes que, hasta bien entrado el siglo XX, buscaron con insistencia la recuperación o el mantenimiento de elementos políticos constitutivos del Antiguo Régimen. Ni en Europa Occidental ni en toda América Latina encontramos movimientos reaccionarios y ultraconservadores que, con tal fuerza, se opusieran al igualitarismo, parlamentarismo o al secularismo propios del Estado liberal. ¿Habremos de recordar que el carlismo surgió a la derecha de Fernando VII? ¿Que dio en sucesivas guerras civiles por unos privilegios territoriales que, en gran parte, hoy siguen vigentes? ¿Que Cataluña y País Vasco se levantaron contra el primer experimento democrático y federalista de la Primera República? Sólo la privilegiada industrialización, alentada en ambas regiones, atenuaría su fuerismo y provocaría un acercamiento al orden liberal, aunque nunca sin terminar de renunciar al rancio privilegio. No solo por conservar dicho privilegio, sino por inventarlo, por aumentarlo, si se presenta la ocasión. Se demanda de nuevo la «actualización de los derechos históricos». Valiente oxímoron, que recuerda un poco a aquello que Gertrude Stein dijo una vez sobre el museo, aplicable igualmente a nuestros partidos nacionalistas: «Se puede ser un museo, o se puede ser moderno, pero no se puede ser la dos cosas a la vez». 

«Es revelador que Urkullu apele a la vuelta al siglo XVIII, a un mundo anterior a la modernidad política»

Por eso es sumamente revelador que Urkullu apele a la vuelta al siglo XVIII, a un mundo anterior a la modernidad política, libre del engorro de la ciudadanía, de la igualdad o del constitucionalismo que trajeron las revoluciones liberales. La sinceridad de Urkullu hace imposible no percibir, entre las demandas exigidas estos días, el rancio aroma de las viejas demandas ultramontanas: la defensa de un estatus legal o político basado en la pertenencia a un grupo o a un territorio; la excepción y la ley privada que encontramos en el cupo o en una financiación con prerrogativas; la patrimonialización del poder político mediante la cooptación de las instituciones, las barreras funcionariales o las trabas lingüísticas; la legalidad subrogada que supondría «descentralizar el poder judicial», propuesta por el PNV; el régimen jurídico corporativo de facto que suponen los indultos, la supresión de delitos a la carta o, finalmente, la amnistía; y, en fin, no una nación de ciudadanos, sino el mantenimiento de una desigualdad jerárquica («federalización asimétrica») tan característica del mundo político premoderno.

Incluso se ha comenzado a utilizar la expresión de «Estado compuesto», para intentar dar salida a las propuestas de reforma estatal. Pero este término es precisamente el que el historiador H. G. Koenigsberger encontró para definir a las unidades políticas anteriores a la Revolución Francesa, caracterizadas precisamente por una «unión diferenciada» de diversos territorios reunidos bajo el dominio de un solo soberano. John H. Elliot describió una vez la Monarquía hispánica –aquí con la sorna de George Orwell– como un orden político en donde «la mayoría de los Estados eran iguales, pero algunos eran más iguales que otros». Un buen resumen de la retrotopía nacionalista a la que parecemos dirigirnos. La reacción disfrazada de avance. 
Una vez le preguntaron a Benedict Anderson, uno de los más conocidos historiadores del nacionalismo, por qué la historia nacionalista (primordialista) tenía tan grande predicamento, a pesar de ser una y otra vez desmentida por la no nacionalista (modernista). Anderson, con flema británica, contestó: porque de la baraja, los primordialistas tienen todas las cartas prácticas y los modernistas, las teóricas. O, dicho de otra manera, unos tienen la razón, y otros los presupuestos.

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