The Objective
Hastío y estío

Irene Montero, Rufián y la nada

«Una nada material que moldear hasta crear las figuras de esos dos insignes adalides de la extrema izquierda»

Irene Montero, Rufián y la nada

Gabriel Rufián e Irene Montero. | EP

Aproveché un momento del fin de semana que acaba de pasar para ver ese acontecimiento histórico que se produjo la semana pasada. Nada más y nada menos que el encuentro entre Irene Montero y Gabriel Rufián en Barcelona. Ustedes podrán pensar que hay mejores cosas que hacer con el tiempo libre, que siempre pasa mucho más rápido que cuando se está en la oficina o en la fábrica. Que ante semejante demostración de aburrimiento es mejor no hacer nada. Y tengo que reconocerles que nada es lo que hice, pero también fue nada lo que vi. Una nada sustanciosa, palpable, de carne y hueso. Una nada material que moldear hasta crear las figuras de esos dos insignes adalides de la extrema izquierda.

Tenían menos feeling que un servidor con María Jesús Montero. Si Pablo Iglesias es un hombre celoso, cosa que desconozco y que no está entre mis preocupaciones diarias, puede estar tranquilo, pues el desapego y la desafección no se podían disimular por ninguno de los poros de ambos. Ambos optaron por llevar las camisetas más feas y vulgares de sus armarios. Fue la única elección coherente entre lo que dijeron y la manera como lo vistieron. 

Un acto que ha pasado igual de desapercibido que ese premio literario que se ha inventado AENA con dotación económica «planetaria», o un millón de euros, que es lo mismo. Ha tenido la misma repercusión pública que cuando un servidor eligió azúcar en vez de sacarina en el bar donde ayer me pedí un café. Dicen que la cultura crea puentes, pero es que ni siquiera el ministro del negociado, creador de nada, pero con el mismo apellido en singular, fue a semejante sainete a entregar ese pastizal público a un acto que tenía de todo menos de cultural. Pero ya habrá momentos para hablar de lo que hay detrás de ese premio. Ahora tenemos que agradecer que el acto de Irene Montero y Rufián fuera gratuito. Una nada que cuesta idem. Otro acto de coherencia involuntaria, como suele ser cualquier decisión acertada de nuestra clase política.

Me gustaría decirles en este artículo algo de peso que hubieran dicho cualquiera de los dos. De Rufián se puede destacar que habló en catalán y lo hizo de la misma manera que lo hablaría un servidor, que no lo ha hecho nunca. Le entendí todo, incluida su incomodidad al tener que hacerlo. Era tan transparente su malestar que el rictus se le madrileñizaba y «ayusaba» deseoso de volver al castellano. Y es que a mí este caballero «español» no me engaña: el verdadero referente político que tiene es la presidenta de la Comunidad de Madrid, un republicano que vive a cuerpo de rey en Madrid, con más libertad y seguridad que en su cada vez más lejana Cataluña. Una imitación formal y desenfadada en las formas de la presidenta, pero con una mujer roja (Irene Montero) sobre un fondo gris nacionalista. Un hombre que se resiste a la sobriedad castellana (o madrileña, divertida y umbraliana) de Delibes, donde es feliz, pero al que persigue un pasado del que no puede arrepentirse políticamente. Un laberinto del que no puede salir, pero ahora se presenta él como el único conocedor de su territorio.

Lo de Irene Montero fue aún más de traca. Titubeaba sin parar, alargaba las palabras para pensar lo que tenía que seguir diciendo. Frases vacías y grandilocuentes como «la gente quiere izquierda». Uno no sabe lo que quiere la gente, pero tiene claro que a quien no quiere es a ella ni a su partido, que van quedando sin representación en cada lugar donde se realizan elecciones. También dijo que el dueño de Mercadona era un ser malvado, y todo por ser un gran empresario y generar una riqueza que crea muchos puestos de trabajo, cuando ella gana 135.000 euros al año como eurodiputada por tocarse tanto la barriga que terminan viéndose sus tripas.

Lo que yo llamo practicar la «alegre política gore». Y para terminar, quiso dejar claro su hembrismo y que Israel tiene la culpa de todo, también de la corrupción del gobierno español al que apoya Podemos, y de que Canal Red lo vea la misma gente que les vota, aunque ahora también se puede ver en Movistar, esa empresa capitalista de día, pero que con nocturnidad y alevosía te programa las bondades del comunismo financiado por China. Será interesante saber en un futuro cercano si programar ese canal le ha hecho tener más clientes o, por el contrario, le ha hecho perder clientela.

En definitiva, la nueva extrema izquierda es la misma de siempre, pero aún más decrépita, repetitiva y vacía. Tras la última palabra de ambos, se levantaron para aplaudir y saludar a un público que se hubiera emocionado y enfervorizado más si las arengas hubieran venido de Andrés Iniesta o Miguel Induráin.

Publicidad