Insólita protección a Jésica Rodríguez durante su declaración en el Tribunal Supremo
La testigo llegó al Alto Tribunal con peluca morena, mascarilla y gafas de sol oscuras que no se retiró en ningún momento

Jésica Rodríguez, durante su declaración ante el Supremo.
La escena no era habitual. Ni siquiera en un procedimiento con profundas derivadas políticas como el que afecta al exministro José Luis Ábalos. En los pasillos del Tribunal Supremo, donde a diario desfilan testigos, letrados e investigados sin mayor estridencia, la presencia de Jésica Rodríguez alteró por completo la rutina hasta convertirse en uno de los episodios más comentados de la jornada judicial. Rodríguez, conocida por su relación personal con el exdirigente socialista, estaba citada como testigo en el primer juicio vinculado al caso Ábalos, en el que se investigan presuntos delitos de organización criminal, tráfico de influencias, cohecho y malversación. Sin embargo, más allá del contenido de su declaración, lo que centró todas las miradas fue el dispositivo de protección que la rodeó desde su llegada al alto tribunal.
El edificio amaneció bajo una expectación inusual. No tanto por la presencia de un exministro, algo que ya no resulta excepcional en los últimos años, sino por el tratamiento dispensado a una testigo. El despliegue, el hermetismo y el control en torno a su figura sorprendieron incluso a los habituales de la plaza de la Villa de París. Todo giraba en torno a un mismo nombre: Jésica Rodríguez. La mujer que durante años formó parte del entorno más íntimo de Ábalos y que figura en informes de la Unidad Central Operativa por su vinculación con contratos en empresas públicas, acudió decidida a evitar cualquier exposición. Su llegada no fue discreta, pero sí calculada: peluca morena, mascarilla negra y gafas de sol oscuras que no se retiró en ningún momento, ni siquiera en el interior del tribunal. Una imagen poco habitual en una sede judicial y que generó comentarios inmediatos entre los presentes.
La mañana transcurrió entre esperas. Rodríguez permaneció durante horas en los pasillos anexos a la sala de vistas, siempre acompañada por dos abogados, pese a que su condición de testigo no requiere asistencia letrada. Ese detalle, lejos de pasar desapercibido, reforzó la percepción de que su comparecencia estaba rodeada de un nivel de cautela superior al habitual. Quienes coincidieron con ella describen a una persona visiblemente nerviosa. Cambiaba de asiento de forma constante, evitaba cruzar miradas y mantenía conversaciones en voz baja con sus acompañantes, que en más de una ocasión trataron de tranquilizarla. La escena contrastaba con la aparente normalidad con la que otros testigos afrontaban su paso por el tribunal.
Mientras tanto, el juicio seguía su curso. Antes que ella, declararon otros nombres relevantes: Víctor Ábalos, hijo del exministro; Joseba García, hermano de su asesor Koldo, y el empresario Ignacio Díaz Tapia. Sus intervenciones se desarrollaron sin incidentes, en un ambiente de rutina judicial que en nada hacía presagiar lo que estaba por venir. El contraste se hizo evidente poco después.
Pasadas las 13 horas, Rodríguez se levantó para dirigirse a la sala. No lo hizo sola. Varias personas formaron a su alrededor una suerte de cordón que limitaba el contacto con terceros. Cuando algunos periodistas coincidieron en el pasillo, la reacción fue inmediata: «Tenéis que estar ya dentro», se escuchó desde su entorno. La frase, seca y directa, sorprendió a los presentes. «Ni que fuera el comando Madrid», respondió con ironía una de las personas que presenciaban la escena, evidenciando el desconcierto que generaba el despliegue. Y es que, según relatan fuentes presentes en el Supremo, ningún otro testigo de la causa había contado con una protección similar. De hecho, algunos, como el propio Joseba García, accedieron a la sala cruzándose sin problema con otras personas en los pasillos.
Finalmente, sin embargo, su declaración no llegó a producirse en ese momento. El tribunal decidió posponerla hasta después de la comida. La razón oficial: la duración prevista de su testifical, que se estimaba en varias horas. Para optimizar la jornada, se optó por adelantar la comparecencia de Ana Araceli Arigita, responsable de Ineco, y dejar la intervención de Rodríguez para la sesión de tarde. El aplazamiento no hizo sino aumentar la expectación en torno a su figura. Si algo terminó de confirmar el carácter excepcional de su comparecencia, fue lo ocurrido ya dentro de la sala de vistas: Jésica Rodríguez fue la única persona cuya imagen no pudo ser captada frontalmente. Ninguna cámara logró registrar su rostro. La única fotografía posible fue una imagen de espaldas.
La jornada de este martes en el Supremo marca un punto de no retorno. La imagen de Jésica Rodríguez, protegida por pelucas y escoltas como si de una confidente de la Mafia se tratase, es la metáfora perfecta de una etapa del Ministerio de Transportes que se gestionó como un cortijo personal. A pesar de los intentos por ocultar su identidad y de los esfuerzos de sus abogados por calmarla en los pasillos, la verdad de Jésica ha terminado por emerger en la sala. Una verdad que habla de viajes oficiales pagados presuntamente con dinero público, gatos adoptados por amor y nóminas públicas que servían para comprar un silencio que hoy, frente a los magistrados del Supremo, ha empezado a agrietarse.
