En el barro
Siete cuerpos yacen tendidos en el barro. Están boca abajo. Plantas de los pies mirando al cielo, rodillas flexionadas, zapatos que caen. Los acaban de sacar del autobús que les llevaba hacia su destino final sin ni siquiera saberlo.
Siete cuerpos yacen tendidos en el barro. Están boca abajo. Plantas de los pies mirando al cielo, rodillas flexionadas, zapatos que caen. Los acaban de sacar del autobús que les llevaba hacia su destino final sin ni siquiera saberlo.

Llevamos un tiempo con los primeros episodios de la III Guerra Mundial, la que enfrenta a las democracias occidentales contra el terrorismo islamista o como se llame. El penúltimo episodio es el bombardeo de los aliados de Estados Unidos contra el Califato o Estado Islámico.

En la Historia criminal hay que añadir una modalidad última. El asesino, uniformado de negro y encapuchado, se planta delante de una cámara de vídeo. La pobre víctima, revestida de una túnica naranja, aparece arrodillada y recita una acusación ininteligible.

Si el Islam no tuviese petróleo y bombas, lo consideraríamos como la religión infantil que es y la despreciaríamos como tal. Pero como estos señores nos proporcionan petróleo, los tratamos con respeto.

Su supervivencia pasa por apostatar de su fe y convertirse a la doctrina islamista. Detrás la mano de la Yihad pero frente a ellos, y en pleno siglo XXI, las espaldas de una comunidad internacional que ni siquiera se avergüenza de mirar tanta barbarie en sus periódicos.

En Occidente hemos decidido que tanto da ocho que ochenta, que nada es blanco ni negro, solo gris, y el único pecado imperdonable es creer en el pecado. Occidente es la duda, y por eso se refugia en sus nimios combates con molinos de humo para no enfrentarse a esa sangrienta certeza.

El Estado Islámico, que con una crueldad bestial ha acabado con ancianos, mujeres y niños en un territorio ya mucho más grande que España, entre Siria e Irak, ya supone el más importante elemento de desequilibrio geoestratégico en Oriente Medio desde los años 40.


Ser ahmadí es una osadía que, en Pakistán, se paga con la vida. Un joven de esta comunidad desató la ira de la mayoría musulmana que les niega. La turba, enloquecida, le acusaba de haber publicado mensajes blasfemos en Facebook. No dudaron en tomar la justicia por su mano. La violencia contra los ahmadíes regresa a las calles. La impunidad vuelve a ser cuestionada.

Hamás es una organización terrorista que ha cometido centenares de atentados desde principios de los 90 contra la población israelí. Ha creado el caos dentro de su casa por las luchas intestinas con la AP, provocando la ingobernabilidad en la región.

La tecnología que acerca imágenes endurece nuestros corazones y nubla la razón alejando a la realidad. Todo se oscurece. La barbarie avanza y seguimos minando los cimientos de la civilización.

Hace unos meses, la emblemática revista TIME sacaba en portada a Laverne Cox, nacida sin duda con otro nombre que no he podido averiguar, asegurando que la de la transexualidad es la próxima gran batalla de los derechos civiles. Oh, esto parece no tener fin.

Casi siempre se comprende mejor una mirada que una larga explicación con las palabras, que confunden, y que pueden estar repletas de falsedad. Las miradas no. En ellas no cabe la impostura.

Segunda parte de las declaraciones del último número de Inspire, que se presenta como magazine yihadista editado por Al Qaeda en la Península Arábiga.

La derecha, cínica; la izquierda, aún más cínica, porque su anticlericalismo feroz y su feminismo combatiente se diluyen en cuanto se toca al islam. El relativismo se lleva en las filas progresistas: hay que comprender que los derechos humanos no tienen que ser lo mismo en todas partes.



La cristiandad más antigua se alojó en el difuso territorio que hoy llamamos Oriente Medio. Siglos después llegó la invasión musulmana, pero antes estuvo la hebrea.

Empleando la clásica fórmula de Clausewitz, puede afirmarse que también el yihadismo es la continuación de la política por otros medios: del radicalismo islámico, en este caso.