José María Albert de Paco

Teoría de la visibilidad

Teoría de la visibilidad

Extrañamente, en ninguna lista de palabras-del-año de los cuatro anteriores (fuente principal: Fundeu) se hallaba, siquiera abrochando el inventario, la que vertebra en los últimos tiempos la mayor parte de las reivindicaciones progresistas. Me refiero a ‘visibilidad’.

Puigdemont 'reloaded'

Puigdemont 'reloaded'

Ojalá la Mesa del Parlament no acepte el voto delegado de los diputados fugitivos. No ya porque de ese modo el órgano rector se estaría ateniendo a lo que disponen los letrados, sino porque, además, ello propiciaría que Puigdemont intentara personarse de incógnito en la Cámara el día de la sesión de investidura.

Ramblas y Stones

Ramblas y Stones

Anoche en Barcelona actuaban los Stones, y en las horas que precedieron al concierto los seguidores del grupo se hicieron notar por las Ramblas y aledaños: camiseta reglamentaria, chupa vaquera y mil años en cada patilla. No es que la ciudad no esté acostumbrada a esta clase de desembarcos, pues de hecho forman parte de su naturaleza misma, y ahí están el Primavera, el Sónar, el Cruïlla… o las decenas de artistas internacionales que recalan en el Olímpico o en el Sant Jordi. Y sin embargo, ayer, al ver a esos vejetas con cuatro pelos en guerrilla llegados de Madrid, Valencia, San Sebastián… me pareció percibir eso que da en llamarse un soplo de aire fresco. Años y años de esteladas en los balcones, de desfiles coreanos, de (jocosa) propagación de la xenofobia han terminado por anestesiar las zonas erógenas de la ciudad, esa fragua de eventualidades en que incluso el más vidrioso anonimato deviene principesco.

Calderiana intempestiva

Calderiana intempestiva

En la sección de librería del Corte Inglés no hay libreros, sino empleados que tratan de compensar sus lagunas con una actitud más o menos servicial. Para cualquier letraherido, la experiencia de consumo en estos establecimientos carece del embrujo que envuelve a esas librerías en las que todo está dispuesto para que el comprador se crea poco menos que Harold Bloom, desde la altivez de los dependientes hasta el crujido de las lamas del parqué. Tanto es así que sus propietarios no se consideran exactamente libreros, sino prescriptores del buen gusto, comisarios culturales que, imbuidos de redentorismo, determinan qué obras merecen un lugar de privilegio y cuáles, en cambio, un nicho mortuorio en el más recóndito anaquel.

Hala

Hala

Durante la retransmisión, Helguera hablaba de Zidane como si este fuera, antes que un ex compañero, un viejo compinche. Debió de aparecérsele el vestuario de Hampden Park: «De jugador era igual; mientras el resto nos bañábamos en la piscina, él seguía en el banco, sonriente».

Otro enemigo del pueblo: una historia barbateña

Otro enemigo del pueblo: una historia barbateña

Atún y chocolate, sí, pero no se te ocurra decirlo. En el otoño de 2003, Pablo Carbonell rodó entre Barbate y Zahara una comedia con ese mismo título, Atún y chocolate, que trata sobre un lugareño (Manuel, interpretado por el propio Carbonell) que, sin posibles para costear el banquete de su boda, decide robar un atún destinado al mercado japonés. La película, en la que sobresale la actuación de Antonio Dechent, el Jack Palance español, tiene como telón de fondo la crisis pesquera, el tráfico de hachís, la inmigración ilegal… Ken Loach metido por chirigotas y pasado por un cristal de aumento. Cuenta Nacho Carretero en Fariña, el gran reportaje sobre el narcotráfico gallego, que el cine español no ha dejado más testimonio de aquel cataclismo que Airbag. Resulta extraño, en efecto, más en un gremio que se ufana de comprometerse con todas las causas imaginables. Ni su tiempo ni la realidad, en fin, parecen estar entre ellas. Atún y chocolate viene a ser el ‘airbag’ del sur. Pero no vayas y lo digas. En sus desquiciadas memorias, El mundo de la tarántula, de las que ya me ocupé en The Objective, Carbonell desmenuza los problemas que le trajo la película. ¡Qué se habrá creído ése, relacionarnos a nosotros con la droga! Ni el hecho de que una legión de barbateños participara en la figuración ni el alegre desparrame de dinero que supuso el rodaje libró a Carbonell, con casa en Zahara, de la difamación. A ello contribuyó una entrevista promocional en el programa de Jesús Quintero, que no hizo sino confirmar la sospecha fuenteovejunera.

Aguafiestas

Aguafiestas

Todo empezó a comienzos de los ochenta, cuando mi tío fue trasladado a una sucursal bancaria de La Coruña y me cedió su carnet del Barça. Entre los 12 y los 15 años, alterné el gol sur de Sarriá con el segundo graderío del gol norte del Camp Nou, si bien feliz, lo que se dice feliz, lo fui sobre todo en el segundo.

40 sobremesas en Txillarre

40 sobremesas en Txillarre

En el año 2000, el entonces diputado autonómico Arnaldo Otegi y el ex consejero de Justicia vasco Paco Egea (PSE) comienzan a frecuentar el caserío Txillarre, en la localidad guipuzcoana de Elgóibar, establecimiento dedicado a la producción y venta de hortalizas ecológicas, y cuyo propietario, amigo de ambos, es un antiguo trotskista llamado Peio Rubio. A los almuerzos, cenas o lo que se terciara se une, andando el tiempo, el presidente del PSE, Jesús Eguiguren. El documental de José María Izquierdo y Luis R. Aizpeolea El fin de ETA presenta aquellos encuentros como el germen de las conversaciones que desembocarían en el cese-definitivo-de-la-actividad-armada (convoy semántico que obliga, que sigue obligando, a mirar debajo de cada palabra). Como formuló magistralmente Cayetana Álvarez de Toledo en su artículo del lunes, Izquierdo y Aizpeolea defienden que el ocaso de ETA se debió, antes que al temple del Estado de Derecho, a la osadía de Otegi y Eguiguren, retratados en el film como dos arrojados idealistas que, desafiando a los testarudos de uno y otro lado (otro parteaguas, ese uno-y-otro-lado, que forma parte de la fraseología básica de El fin…) se aventuran en las procelosas aguas del diálogo. Una operación quijotesca, en suma, dirigida con sutileza por el taimado Rubalcaba, que en la película se interpreta a sí mismo. Los directores, que por algo son consumados conflictólogos, han tenido el decoro de exhibir el punto de vista de las víctimas, personificadas en Alfonso Sánchez, lo que confiere a la obra una cierta apariencia de pulcritud (acentuada si cabe por la limpieza de las imágenes). Lo que no han podido evitar, en el cometido de depurar el relato, es que éste incorpore su propio fisking, al modo de esos mensajes que se autodestruyen. Debemos a Eguiguren la más férrea de las refutaciones:

Una neblina rosada

Una neblina rosada

Despejar el edificio, apostarse en la azotea y practicar un boquete en el muro a modo de tronera. Desenrollar la esterilla, quitarse el correaje y disponer, conforme a un orden, tres botellas de agua: una para ir escupiendo el tabaco de mascar, otra para beber y la tercera, vacía, para mear.

Habana sin

Habana sin

Beber, bailar y follar son los tres únicos talleres en los que uno puede inscribirse en Cuba sin notar el aliento de la Revolución. Vicios como la lectura, el cine o la escritura, en cambio, suelen desembocar en un callejón sin salida. Tras la muerte de Fidel, las autoridades decretaron 9 días de duelo, que se tradujeron en la prohibición del alcohol y la música, preámbulos del sexo (a menudo incluso condiciones, tan o más respetables que Tinder o Pure). El castrismo no entró a saco en las alcobas, cierto, pero a más de una le restó acepciones; del mismo modo que no se inmiscuyó en los frigoríficos sino en la mercancía con que no debían llenarse. En lo que respecta a la semántica, el trampantojo es a las dictaduras lo que el eufemismo a las democracias.

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