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Muñoz Molina, sobre la colección de Suárez inspirada en 'Invierno en Lisboa': «Me emociona el trabajo bien hecho»

Una charla con Antonio Muñoz Molina y Gabriel Suárez, director creativo de Joyería Suárez, sobre sensibilidad, sugestión, jazz y otras tantas cosas

Gabriel Suárez, director creativo de Joyería Suárez, leyó cuando todavía era estudiante una historia que se le quedó grabada. La historia –de amor y jazz y nostalgia y sensualidad– la contó Antonio Muñoz Molina en 1983 y la tituló Invierno en Lisboa, su primera novela. Cuando hace dos años Suárez regresó al libro, la sugerencia y la atracción permanecían intactas. Y ahora ya no era estudiante, sino el responsable de un legado, de innovar desde una tradición que se remonta a hace casi ocho décadas. Y eso, precisamente, fue lo que hizo.

Se sentó con Sandra Rojo, diseñadora de la firma, para pensar qué joyas podían crear para Lucrecia, la protagonista, una mujer que apenas se describía, pero a la que imaginaban como «una mujer lánguida pero segura de sí misma –y al tiempo vulnerable– que irradiaba atractivo y a la vez transmitía un lado oculto». A Muñoz Molina le gustó la idea y el resto es historia, una historia convertida en una colección de 18 piezas exquisitas, de oro blanco con diamantes blancos y negros y con mucha narrativa detrás. De esa narrativa, y del arte, la belleza y la sensibilidad nos sentamos a hablar con los dos, escritor y joyero.

¿Cómo os imagináis a Lucrecia?

Antonio Muñoz Molina: Fíjate, casi se me ha olvidado, hace mucho tiempo que me inventé esos personajes. Lo que más me interesa, más que lo que yo haya imaginado, es que, al partir de datos tan etéreos, tan escasos, cómo eso puede fermentar en la imaginación del lector. La literatura no funciona con que tú, en tu libro, pongas todo, sino con que pongas lo suficiente como para que eso despierte en lector algo. En ningún momento decía el color del pelo, ni nada. Y hay una razón también en eso. Lucrecia en la novela es un personaje al que no se ve directamente. La describe el narrador según lo que Santiago Biralbo [el protagonista] le ha contado. En la novela hay mucho espacio a la imaginación. Lucrecia es una mujer imaginada o recordada. A mí, con el tiempo, lo que me queda es esa consciencia de una persona a la vez muy sobrada –una mujer que se busca su vida y la encuentra en una libertad solitaria– y muy imaginada por uno y otro. Me queda esa cuestión huidiza, el misterio de cómo nos ven los demás y cómo es realmente cada persona. 

Y, para ti, Gabriel, ¿cambió en tu imaginación cuando leíste la novela tantos años después?

Gabriel Suárez: Pues diría que no. Me resultaba igual: una persona muy misteriosa, muy magnética… yo, en particular, la veía como una femme fatale. La típica mujer que pasa y todos nos damos la vuelta.

Contadme un poco la historia, entonces. Tú, Gabriel, relees el libro y decides interpretarlo a través de una colección de joyas. ¿En qué momento entras tú en la ecuación, Antonio?

G: A través de un contacto llegué a Elvira Lindo, a su mujer, y conseguimos que Antonio se sentase a desayunar con nosotros.

A: Tampoco era muy difícil [risas].

G: Y, bueno, le contamos esta pequeña aventura que se nos había ocurrido y creo que le llamó la atención eso de ver su mundo, una novela que tiene ya 30 años, traducido en joyas. Nos ha dado libertad para hacer lo que hemos querido. Luego tuvimos la suerte de pasar un fin de semana con él en Lisboa, para que nos enseñase su ciudad. Porque, además, él no había estado nunca allí hasta que se puso a escribir el libro.

A: Es que todo son cosas como un poco fantasmales, ¿no? Porque cuando Gabi leyó la novela por primera vez no había estado en Lisboa ni en San Sebastián. Yo, hasta que llevaba escrita la mitad de la novela, tampoco había estado en Lisboa y San Sebastián era para mí un recuerdo lejano de cuando había hecho el servicio militar. Estaba siempre el juego de la sugerencia. Me gusta mucho colaborar con artistas de otros campos: con gente del cine cuando se ha adaptado una novela mía, o con músicos que han trabajado sobre ellas. Y me gusta hacerlo desde una posición de respeto absoluto. No quiero fidelidad literal. Yo estoy a disposición del artista, pero lo que quiero es que la persona que adapta el libro tenga esa libertad que siempre tiene el lector: la libertad suprema de la imaginación. Por eso el acto de leer es mucho más libre que el de ver una película. El lector es soberano, es el director, el productor, el figurinista; tú eres todo en tu cabeza. Este proyecto me ha estimulado mucho porque el mundo de la moda, de las joyas, me llama mucho la atención, entre otras cosas porque estoy casado con una mujer que sabe mucho de estas cosas y que pone mucho estilo no ya en cómo se viste, también en cómo pone la mesa o unas flores en una sala. He aprendido mucho de ella en esa dimensión estética, y ese aprendizaje me ha educado para saber apreciar lo que estas personas hacen. 

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Foto: Joyería Suárez | Cedida

¿Fue muy distinto ver la novela interpretada en unas joyas que verla adaptada al cine o al ballet?

A: Para mí las joyas se parecen mucho más a la novela de lo que se parecía la película, por ejemplo. 

G: Qué honor.

A: No, no, es así. No tengo por qué mentir. Hay como afinidades secretas. Una derivación muy bonita de la novela fue la música que compusieron para el ballet. Partían de un libro en el que yo hablaba de canciones que no existen. Fue como un sistema de resonancias. Y, luego, hay otra cosa que me gusta mucho resaltar: el respeto que me inspira el trabajo bien hecho. Mi formación es de historiador del arte y me interesan mucho los procesos creativos distintos al mío. Cómo Sandra, a partir de un libro y de unas conversaciones, va creando eso. Cómo los artesanos que trabajan aquí hacen todo con ese nivel de precisión. Eso es apasionante de observar. 

G: El reto en la colección, sobre todo en los pendientes y en la pulsera, era el nivel de movilidad que buscábamos para que pareciesen flecos. Eso es fácil en bisutería o con un textil, pero no con una joya. La primera vez que le enseñamos la colección a Antonio me dijo: estas piezas son muy sensuales. Y ahí nos dio la pista de que lo habíamos hecho muy bien porque era justo lo que buscábamos, esa sensualidad. Y además, una cosa que habíamos pensado, pero todavía no habíamos dicho a nadie, es que el blanco y el negro de las joyas recordaban también a las piezas de un piano; y Antonio nos dijo lo mismo enseguida. 

A: El mundo del jazz y de la novela está muy asociado también con el cine en blanco y negro. El film noir americano tiene unos códigos estéticos muy rigurosos, es muy disciplinado. Anoche estaba yo viendo una película extraordinaria de Fritz Lang de los años 40 y lo ves: la austeridad de colorido, paradójicamente, crea una cantidad de matices que no es posible con el color. Igual que estas joyas, si las observas, tienen más colores.

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Gabriel Suárez y Antonio Muñoz Molina durante la entrevista. | Foto: Carolina Freire | The Objective

Tanto el libro como las joyas hablan de una época que ya no existe, de los años 20, sobre todo. ¿Habéis buscado en la historia de Suárez, en diseños anteriores, para buscar inspiración?

G: La primera idea que tuvimos fue hacer una colección Art Déco, algo que Suárez ha trabajado mucho. Pero luego Sandra decidió que no, que ese mundo Suárez ya lo había visitado muchas veces y podíamos hacer algo más especial. Por ejemplo, nunca habíamos hecho centros de diamante negro y nos parece especial, las hace todavía más únicas. Es, de hecho, la pieza que eligió Antonio para regalarle a Elvira en un momento muy especial. 

¿Cómo os gustaría que se sienta una mujer que lleva estas joyas?

G: Pues como Lucrecia, ¿no? Muy sexy, muy sensual. 

A: Y con cierta audacia… Porque, claro, decías lo del pasado. Y la novela está escrita y tiene mucho que ver con la época del mundo de la nocturnidad en los años 80. Y no hay que olvidar que esta mujer es un personaje que se ha movido entre gente muy peligrosa, entre asesinos, y que además ha dado un golpe. Esta mujer ha robado un cuadro de Cézanne y es millonaria, y con el dinero se ha comprado una quinta cerca de Lisboa y tiene una vida potente y solitaria. Me gusta pensar que las joyas dan esa sensación de audacia. Que también tiene que ver con el cine negro. La potencia estética de ese mundo, que está ahí en las piezas. Están ahí los reflejos nocturnos, los reflejos de los coches en el asfalto en una noche de lluvia. 

¿De cuándo o de dónde te viene ese interés por el mundo del jazz y su estética?

A: Para todas las personas de mi generación, la música de esa época [los 70 y los 80]  fue una liberación tremenda. Imagínate lo que era escuchar a Jimi Hendrix, a Janis Joplin, la balada de John y Yoko. Tú estabas en ese momento cateto y católico y clerical y aquello era como una descarga eléctrica. Viene, pues, de una pasión de rebeldía, de ruptura con el mundo que teníamos alrededor, un mundo muy cerrado y muy pobre. 

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Foto: Joyería Suárez | Cedida

Una curiosidad, por vuestra cercanía –de uno u otro modo–, ¿qué es para vosotros la belleza?

G: Es una pregunta complicada, la verdad. Yo creo que cada uno encuentra la belleza en un sitio. Puede ser una mujer, un cuadro o un atardecer. Cada uno tenemos nuestro concepto. Para Sandra es una catedral en Sicilia y para mí el desierto de Uyuni en Bolivia. Cada uno la encontramos en lugares y personas diferentes. Definirla es súper complicado, es encasillarla. 

A: Yo creo que la percibes como un deslumbramiento, y además uno frecuente. Hay quien dice que la belleza es una cosa rara, muy singular… Yo creo que el mundo está lleno de belleza, y que un aprendizaje de mi vida ha sido, precisamente, ese. La intuición de la armonía, de una posibilidad de felicidad. He descubierto que hay personas muy sensibles a lo que es canónicamente bello –la belleza de la pintura, de la música, de la ópera– y que luego son indiferentes a la belleza de lo cotidiano. Me extraña mucho. Para mí es como una relación armónica con el mundo que incluye todo; es un hecho común.

¿La sensibilidad se aprende, se ‘entrena’?

G: Seguro. Yo estoy convencido. He tenido la suerte de crecer rodeado de cosas bonitas. Tengo el recuerdo de mi padre viendo diamantes y zafiros en su despacho. Pero, por ejemplo, yo no era tan fanático del arte hasta hace no tanto, pero he tenido la suerte de conocer a gente que sabe más que yo, he ido aprendiendo y ahora soy capaz de disfrutar más. 

A: La sensibilidad se educa. Y se educa bien o se educa mal. Además, creo que educar la sensibilidad en lo musical, en lo estético, en lo literario da mucha felicidad en la vida. Se disfruta mucho porque disfrutas de cosas que parecen gratuitas. Yo he aprendido a apreciar la belleza en ámbitos en los que antes no me fijaba. Tengo un amigo jardinero que está escribiendo un libro sobre hierbas silvestres de la ciudad, y es un erudito tremendo. Se dedica a estudiar las hierbas que encuentras en la acera y me lo ha contagiado, ahora voy mirándolas. La sensibilidad es una manera de estar despierto. 

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