Lara Moreno: “No se entiende que alguien que lleva años trabajando no pueda permitirse vivir de una manera digna por su cuenta”
Foto: Jairo Vargas

Cultura

Lara Moreno: “No se entiende que alguien que lleva años trabajando no pueda permitirse vivir de una manera digna por su cuenta”

por Anna Maria Iglesia

No son pocos quienes se verán reconocidos entre las páginas de Deshabitar (ed. Destino) un breve texto entre el ensayo, el reportaje y el memorialismo en el que la escritora Lara Moreno recorre todas las casas que ha habitado desde que llegara a Madrid desde Andalucía. La historia de Moreno y las distintas casas habitadas es también la historia de cómo en las últimas décadas la vivienda dejó de ser un derecho para convertirse en un lujo.

Deshabitar nos cuenta cómo las ciudades fueron echando a sus vecinos, como los barrios se vendieron al turismo y como los alquileres, en manos de fondos buitre y de quienes aprovecharon los cuestionables beneficios de los alquileres turísticos, alcanzaron cifras que pocos sueldos se podían permitir. Deshabitar cuenta la historia de Lara Moreno y de Madrid, pero la suya es también la historia de muchas otras personas y de muchas otras ciudades, la historia de barrios deshabitados por sus vecinos y casas que dejaron de ser un techo para todos.

Tras la lectura de tu libro, queda claro una cosa: se nos convence de que, ante los alquileres cada vez más altos, la única opción es la compra de una vivienda.

Esto se debe a que hay la cultura de la compra. Yo me he visto abocada a comprar un apartamento, pero, obviamente, porque podía hacerlo. Y esto es lo que subrayo en el libro, te empujan a comprar, pero no todos pueden. Además, una cosa es comprarse una casa por deseo propio y otra muy distinta es comprarla, porque los alquileres son demasiado caros. Este fue mi caso: yo podía pagar una hipoteca, pero no un alquiler. Y no se entiende que sea así. Debería ser exactamente lo contrario. La compra es una gran trampa. Primero, porque no todo el mundo puede acceder a una hipoteca, o se tienen unos ahorros o, como en mi caso, se tiene el apoyo familiar, o es imposible. Segundo, porque para poder pagar una renta más baja -pago de hipoteca la mitad de lo que pagaba por el alquiler- tengo que endeudarme para el resto de mi vida. Ante esta situación, es casi imposible hablar de la vivienda como un derecho fundamental, porque no lo es. Más bien, la vivienda se está convirtiendo en algo que solo se pueden permitir unos pocos.

A través de tu experiencia desde que llegaste a Madrid, observamos la imparable escalada en los precios de los alquileres.

El germen de este libro es una tribuna que salió publicada en El País, Yo me iré dócilmente, donde contaba en pocas páginas mi recorrido por las distintas casas que he habitado desde que llegué en Madrid, recorrido que vuelvo a trazar de forma más extensa y detallada en este libro. En aquel artículo me centraba en cómo afrontaba y qué significaba para mí tener que dejar mi apartamento de Plaza de la Paja, porque mi casero necesitaba la casa para un familiar. Y, como digo en el libro, me resultaba imposible pagar más de un alquiler que de por sí ya era tres veces más elevado del que había pagado años atrás por mi primera casa nada más llegar a Madrid. Y podría haber pagado incluso el cuádruple si hubiera alquilado un apartamento cerca de la Plaza de la Paja, zona en la que había vivido los últimos años. Pero me era imposible afrontar un gasto así. Quizás si hubiera estado en pareja, un importante condicionante a la hora de acceder a una vivienda cuyo alquiler requiere de, por lo menos, dos sueldos, me habría podido permitir un apartamento de más de 1.200 € al mes. Lo que está claro es que, en los últimos años, los alquileres han subido de forma vertiginosa.

Lara Moreno: “No se entiende que alguien que lleva años trabajando no pueda permitirse vivir de una manera digna por su cuenta”

Imagen vía Editorial Destino.

En el libro cuentas que el aumento de los alquileres, así como de las hipotecas de interés variable obliga a más de un amigo tuyo a tener que volver a compartir piso.

Más allá de la alimentación, la vivienda es la base de todo, sin ella no hay todo lo demás. De ahí que nuestras vidas cambien por completo, se desestructuren totalmente cuando la vivienda se convierte en un imposible, en algo que no nos podemos permitir. Y este es, en parte, lo que les sucede a los dos amigos sobre los que escribo en el libro. Uno de ellos es alguien que se había comprado un piso, cuya hipoteca subió de tal manera que tuvo que hacer equilibrismo para poder seguir pagándola, empezando por alquilar algunas habitaciones. El otro amigo representa el caso de mucha gente de cuarenta años que, con el repunte de la crisis en 2018-2019, tras una subida desproporcionada del alquiler, se ve obligada a volver atrás y compartir nuevamente apartamento. Esto nos debería hacer pensar en lo poco libres que somos, en qué manera nuestra vida depende directamente de los mercados.

En el libro reflexionas cómo a la hora de acceder a una vivienda es casi un requisito el tener pareja, es decir, ser dos.

Esto es muy curioso. Vivimos en una sociedad muy individualista que, teóricamente, ha roto con esas tradiciones que determinaban que la vida adulta implicaba pareja, hijos y familia, en la que, sin embargo, para poder acceder a una vivienda más o menos digna es necesario como mínimo tener pareja con la que compartir el gasto. Piensa en cuánta gente está obligada a vivir hacinada en apartamentos de 50 metros cuadrados porque de otra manera no podría hacer frente al gasto o porque le resulta imposible pagar una vivienda más grande. Es algo que no se entiende como tampoco se entiende que alguien que lleva años trabajando no pueda permitirse vivir de una manera digna por su cuenta. En estos meses de confinamiento, he mirado mucho los balcones que tengo en frente y me he fijado que en el bloque delante del mío vive una familia o grupo de personas muy numeroso en un espacio bastante reducido. Se me hace difícil pensarlo, la verdad.

Reflexionas, asimismo, sobre cómo la constante instabilidad fruto de tener que cambiar de piso cada pocos años por el aumento del alquiler influye negativamente en la vida de los niños.

Ante todo, está la conciliación, que es un gran tema. Por mucho que miremos al norte de Europa, siempre nos queda demasiado lejos. Nuestra estructura social todavía es muy distinta a la de los países del norte del continente como para aspirar a tener algo parecido, pero ojalá sean nuestro modelo y vayamos en su dirección. En estos meses, además, la imposibilidad de la conciliación se ha hecho más que evidente y, sobre todo, lo que ha sucedido es que ha vuelto a crecer la brecha de género. Trabajar y educar un hijo es muy difícil. Dicho esto, volviendo al tema de la vivienda, estoy convencida de que no me hubiera afectado tanto el tener que dejar el piso donde había vivido durante los últimos tres años por un aumento del alquiler si no hubiera sido madre. Al final, no era la primera vez que me mudaba ni que me veía obligada a cambiar de casa, pero, claro, no es lo mismo que me echen a mí a que echen a mi hija de casa. Ten en cuenta que, cuando tienes hijos, intentas que la red de amistades, vecinos, gente del colegio… sea muy sólida, pero para que la red sea sólida necesita de un espacio común. Es necesario vivir ahí donde se desarrolla la vida de tu hijo. Afortunadamente, mi final fue relativamente feliz, crucé el río, pero sigo estando cerca de todo. Pero antes de este final, el pánico fue inevitable. ¿Cuán lejos tenía que irme para encontrar casa? ¿Estaba obligada a separar a mi hija del colegio, de su entorno de amistades, de su padre? Y el miedo no era solamente por tener que alejar a mi hija de su mundo, sino y sobre todo porque nadie me aseguraba de que una vez hecho este cambio de vivienda no tuviera que volverme a cambiar de casa un año o dos después por un nuevo aumento del alquiler.

De ahí la opción de la compra.

Claro. Y ahí está la clave. Es aberrante el precio de los alquileres y sobre todo su subida continuada. Ahora ha vuelto a ser de cinco años, pero hasta hace poco, se habían reducido los contratos de alquiler a tres. De hecho, cuando mi casero me pudo echar fue precisamente porque se me había acabado mi alquiler de tres años. Por lo general, antes la gente que alquilaba casas lo que quería eran inquilinos que pagaran y las cuidaran. Siempre he pensado que lo importante era precisamente esto, pagar tu alquiler puntualmente y, de esta manera, poder quedarte en el piso durante un tiempo largo. Sin embargo, ya no es así, ya no importa que seas un buen pagador, ahora lo que importa es sacar cuanta más rentabilidad posible. Y esto pasa en cualquier barrio, por tanto, ¿qué hacía? ¿Me iba, no sé, a Usera para luego, tres años después, cambiar nuevamente de casa y de barrio? Demasiada inestabilidad para todos, pero especialmente para una niña.

En el libro observamos como ningún barrio, ningún municipio es indemne a los procesos de gentrificación. Los alquileres suben en todas partes.

En absoluto. Y esto sucede porque, como digo en el libro, somos una mancha que no para de crecer. Si te echan de un sitio tienes que ir a otro. Y los que hemos venido ahora a vivir a Marqués de Vadillo hemos hecho lo mismo con los vecinos de aquí que lo que hicieron con nosotros en el centro de Madrid: echarlos. La única diferencia es que, quizás, ahora en el barrio donde vivíamos antes nosotros solo hay turistas.

En Barcelona sabemos bien qué significa que el turismo expulse a los habitantes de sus barrios.

Diría que en Barcelona lleváis sufriendo esto más tiempo y, de hecho, todo el activismo por la vivienda tiene ahí su epicentro. Cuando yo llegué a Madrid, todos los barrios del centro seguían siendo habitados por los vecinos de siempre. No había barrios dedicados únicamente a los turistas; quizás Huertas era el más turístico, pero seguías encontrándote por las calles a los vecinos de toda la vida. Ahora la cosa ha cambiado y Madrid está sufriendo mucho más esa turistificación que en Barcelona conocéis desde hace mucho más tiempo.

La gentrificación de los barrios tiene su reflejo directo en los colegios de las zonas, cuyo alumnado cambia radicalmente con la llegada de nuevos vecinos.

Cuando mi hija comenzó a ir a su colegio, que sigue siendo el mismo, lo llamaban “la Torre de Babel”. El año en que ella entró solamente había en su clase ocho niños, puesto que ese colegio no estaba de moda. Fue entonces cuando descubrí que los colegios, también los públicos, se ponen de moda.

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«Es casi imposible hablar de la vivienda como un derecho fundamental, porque no lo es. Más bien, la vivienda se está convirtiendo en algo que solo se pueden permitir unos pocos». | Foto: Erik Labuske. | Cedida por la editorial.

Se ponen de moda los barrios y, consecuentemente, también los centros escolares.

Efectivamente. El colegio de mi hija tiene otros dos al lado, que, por entonces, estaban mucho más solicitados, puesto que en el suyo había muchísima inmigración, de ahí su apodo, y nadie quería enviar ahí a sus hijos. Sin embargo, para mi hija fue un lujo poder acudir a este centro, pues durante muchos años, fueron muy pocos en clase y, por tanto, la educación y el trato con los maestros fue muy personalizado. Los colegios son un reflejo de la ciudad: cuando se pone de moda un barrio y, por tanto, su colegio, empieza a llegar gente de un nivel económico más alto, se expulsa a los que ahí habitaban y el carácter del colegio cambia. De hecho, aquella Torre de Babel ya no es lo que era.

Y lo que refleja el caso del colegio de tu hija es también la estigmatización de la inmigración: hay colegios donde solo hay niños inmigrantes.

Efectivamente. Por esto a su padre y a mí nos gustó mucho enviarla a este colegio, porque nos parecía que era un perfecto reflejo del barrio. Eran muy pocos, pero había distintas nacionalidades. Y todos sus compañeros vivían cerca de tal manera que mi hija tenía una red sólida de amistades y, además, se fortalecía así la vida de barrio.

Por otro lado, están los barrios que, progresivamente, se han puesto de moda y se han encarecido, como es el caso de Malasaña.

Cuando yo llegué a Madrid, Malasaña todavía era un barrio perfectamente asequible. Quizás en Lavapiés podías encontrar un piso más grande por el mismo precio, pero era un barrio en el que se podía vivir. Eso sí, pronto dejó de serlo. De hecho, cuando yo decido irme a vivir a Zarzalejo es cuando Malasaña y la zona de Conde Duque comienza a encarecerse hasta convertirse en lo que es ahora: un barrio de ricos.

Y, por tanto, se encarecen los apartamentos y se desdibujan los barrios, que pierden sus tiendas de siempre, sus bares, su identidad.

Totalmente. La calle Espíritu Santo de Malasaña es un espectáculo. Tengo un gran amigo que vive ahí y voy mucho a visitarlo. Quedamos siempre en un local que todavía sigue siendo el mismo de siempre, pero es el único. De hecho, cada vez que voy por ahí me encuentro con un local nuevo. Espíritu Santo es una calle llena de vida, pero de una vida un poco frágil, pues abren y cierran locales continuamente, ninguno se mantiene. Por el contrario, en el barrio en el que vivo ahora, Marqués de Vadillo, no hay nada cool. No puedes comprar comida ecológica ni nada medianamente de moda. Está lleno de comercios de siempre y de bazares. A veces puedo echar de menos la cafetería cómoda para poderme sentar a leer, pero sé perfectamente que cuando abran una cafetería de este tipo querrá decir que Marqués de Vadillo habrá cogido el mismo camino de esos barrios de los cuales me he ido.

En realidad, no se invierte realmente en los barrios, no se los mejora para sus vecinos, sino que se los mejora para traer población nueva y echar a los de siempre.

Al final, una se pregunta para qué están hechas las ciudades, ¿para vivir o para qué?

Para que unos grandes constructores se hagan ricos.

Esto siempre. Si los que van a decidir el futuro de las familias y de la gente son fondos buitres y bancos, ¿qué podemos hacer? Esto ya pasó hace diez años, ¿volveremos a lo mismo?

Vista la impunidad con la que se hizo no me extrañaría. Recuerda que Ana Botella fue absuelta por la venta pisos sociales a fondos buitres.

Sí, es terrible. Y ayer Isabel Díaz Ayuso decía que para salir de esta crisis lo que había que hacer era liberalizar suelo. Se me pusieron los pelos como escarpias, pero confío que no volvamos a lo mismo.

No quiero terminar sin preguntarte si la alcaldía de Manuela Carmena representó algo de esperanza, si, por lo menos, se vio que se podía pensar la ciudad de manera distinta a como se había hecho hasta entonces.

Por una parte, creo que no le dio tiempo a hacer todo lo que quería. Por otra parte, creo que no se hizo todo aquello que prometió, algo que sucede siempre. Soy consciente de que no era fácil, puesto que hay muchos agentes en medio que dificultan que se puedan llevar a cabo determinados proyectos de forma fácil como se desearía. Sin embargo, cuando me vine a vivir a este barrio, me di cuenta de que, cuando vivía en el centro, era testigo de todos los cambios y mejoras, algunas destinadas exclusivamente al turismo, que se estaban llevando a cabo. Fui testigo, por ejemplo, de cómo se ensancharon las aceras de la Gran Vía y de la apertura de Madrid Central, mejoras que llevó a cabo Manuela Carmena y que cuando vives en el centro disfrutas mucho. Sin embargo, cuando me vine a vivir a Marqués de Vadillo, me pregunté si la gente de este barrio, donde las aceras son pequeñas, donde los coches se amontonan porque toda la gente del centro aparca aquí porque no hay restricciones, donde hay muchísima suciedad… votaba o no a Manuela Carmena. Lo que te quiero decir es que ellos no vieron todas esas mejoras que se hicieron en el centro. Y, sin embargo, ahora, en algunas calles del barrio, se están ensanchando y arreglando las aceras. Un poquito, no como en el centro, pero algo es algo. Supongo que esto no viene de la nueva alcaldía, no ha dado tiempo, viene de Carmena. El tema de los tiempos en la política y en la vida es curioso. Pero, respondiendo a tu pregunta: quizá sí, quizá representaba esperanza, pero se aprobó durante su mandato la operación Chamartín. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Anna Maria Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.