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La infancia de Eva Arguiñano en Beasáin: «Mis padres eran de poca palabra y mucho ejemplo»

La hermana del archiconocido chef es uno de los rostros más conocidos y ahora vive volcada en el mundo de la cocina

La infancia de Eva Arguiñano en Beasáin: «Mis padres eran de poca palabra y mucho ejemplo»

Eva Arguiñano, junto a sus compañeros de 'Top Chef'. | Gtres

Eva Arguiñano emprendió su camino, dentro de la cocina, gracias a su hermano. Fue Karlos Arguiñano y, sobre todo, su madre, quienes le inculcaron el gusanillo de la gastronomía. Los primeros años de su vida fueron especialmente humildes, en una pequeña región del País Vasco, donde la familia se apoyó la una a la otra. Y es que lo más importante para ellos siempre fue la compañía pero, también, la cocina, que se convirtió en la herramienta vehicular de su vida. Ahora, su realidad es muy diferente; tanto Karlos como Eva tienen una rutina bastante cómoda, establecida en Zarauz y con una estabilidad más que envidiable.

Para hablar de la infancia de Eva Arguiñano, hay que entender que ella es la benjamina de una familia donde la cocina no era una elección, sino el lenguaje natural de supervivencia. Aunque nació en Beasáin en 1960, su identidad y sus recuerdos más vivos están también ligados a ese Zarauz que empezaba a abrirse al turismo, pero que seguía manteniendo el espíritu de un pueblo de pescadores y trabajadores.

La infancia de Eva Arguiñano en un pueblo del País Vasco

Karlos Arguiñano junto a su hermana Eva y su sobrino Joseba. | Antena 3

Eva creció en una casa donde el ruido era la banda sonora constante. Siendo la pequeña de cuatro hermanos —Karlos, Loinaz, María José y ella—, aprendió pronto que para que la maquinaria familiar funcionara, cada pieza debía encajar. Su madre, Pepi, fue su referente absoluto. Eva recuerda una infancia de disciplina vasca, de la de «poca palabra y mucho ejemplo». Mientras su padre trabajaba duro, su madre era la que gestionaba no solo los alimentos, sino el carácter de los hijos. De ella heredó Eva esa serenidad y esa forma de trabajar limpia y ordenada que luego aplicaría a la repostería.

Su infancia en Zarautz fue la de una niña que vivía en la calle. No era el Zarauz glamuroso de los hoteles de lujo, sino el de los juegos en la arena y las carreras por el malecón. Eva recuerda los veranos infinitos donde el olor a salitre se mezclaba con el de la brasa de los primeros restaurantes del pueblo. A diferencia de otros chefs que dicen haber nacido con una cuchara en la mano, Eva confiesa que de niña la cocina no le apasionaba especialmente. Para ella, la cocina era «el sitio donde se trabajaba mucho». Ella veía a su hermano Karlos empezar a destacar y a su madre siempre liada entre fogones, y su primera reacción adolescente fue intentar buscar su propio camino lejos de las harinas.

Y es que, cuando era pequeña, veía la cocina como «una obligación de adultos, algo serio y cansado». En sus recuerdos de niñez no hay platos de alta cocina, sino sabores de posguerra evolucionada. El mejor momento del día era la merienda: el trozo de pan con una onza de chocolate, compartido a menudo mientras correteaba cerca de la playa. Esa sencillez marcó su forma de entender el dulce años después: algo que debe dar placer sin complicaciones, buscando la esencia de la materia prima.

Una infancia marcada por la humildad y la cocina

La infancia de Eva terminó pronto para dar paso a una juventud de mucho esfuerzo. A los 16 años, casi sin darse cuenta y de forma natural, empezó a ayudar en el negocio que su hermano Karlos estaba levantando. Esa transición de niña de Zarauz a profesional de la pastelería fue fluida porque ya traía de casa la «universidad de la vida»: saber observar, saber esperar y saber que el resultado de un bizcocho (como el de la vida) depende de la paciencia que le pongas al horno. Han sido varias las ocasiones en las que Eva se ha pronunciado sobre sos primeros años de vida; «Mi madre era una mujer todoterreno. En casa éramos muchos y ella hacía magia para que no faltara de nada. Recuerdo el olor de sus guisos, pero sobre todo recuerdo su fuerza. Ella nos enseñó que en la vida nadie te regala nada, que hay que trabajar y ser honesto».

Eva Arguiñano, en una imagen de archivo. | Gtres

Al ser la hermana menor de Karlos —se llevan unos años—, su infancia estuvo marcada por seguir sus pasos, aunque al principio no fuera por vocación, sino por inercia familiar. «Yo de pequeña no pensaba en ser cocinera, yo lo que quería era estar con los míos. Mi infancia fue jugar en la calle y, cuando entraba en casa, meterme en la cocina porque era el sitio donde pasaban las cosas importantes. La cocina era el corazón de la casa, donde se hablaba, se reía y se arreglaban los problemas», contó en una ocasión. Sobre su infancia en un pueblo pequeño del País Vasco, Eva siempre lo ha tenido muy claro: «Soy de donde soy, de un pueblo donde la palabra vale más que un papel firmado. Eso lo mamé de pequeña viendo a mis padres y a mis vecinos. Esa nobleza de la infancia es la que intento mantener hoy, aunque la vida haya dado muchas vueltas».

Eva nació en la localidad de Beasáin en 1960. A los 16 años empezó a trabajar en el restaurante de su hermano. Lo que empezó como «echar una mano» acabó siendo su profesión de vida. Karlos, que siempre ha tenido un ojo clínico para el talento, vio que Eva tenía una paciencia y una precisión que a él le faltaban; cualidades que son precisamente el alma de la repostería. Así, se formó como jefa de repostería del Restaurante Karlos Arguiñano, cargo que ha ostentado durante décadas. Aunque siempre fue una figura clave detrás de las cámaras del programa de su hermano, su gran salto al público masivo ocurrió en los años 90. Con el paso del tiempo, se convirtieron en la dupla perfecta; ella siempre ha sido más tranquila y dulce mientras que a Arguiñano siempre le ha gustado más contar chistes.

«Esa nobleza de la infancia es la que intento mantener hoy, aunque la vida haya dado muchas vueltas»

En el plano personal, Eva ha mantenido una vida muy discreta, alejada del ruido de las revistas del corazón. La cocinera tiene dos hijos y, para ella, la familia siempre ha sido algo sagrado. A pesar de la fama, siempre ha priorizado el día a día en Zarautz, las comidas familiares de los domingos y el contacto directo con su gente, huyendo de las fiestas de la alta sociedad madrileña. Aunque eso sí, la vida de Eva no ha estado exenta de sustos. En 2013 vivió un infarto de miocardio que le llevó a pasar por la UCI y, sobre todo, replantearse su estilo de vida. Después de este episodio, Eva bajó las revoluciones, empezó a cuidar más sus descansos y se volvió una firme defensora de la vida pausada.

Actualmente, Eva vive un momento de plena madurez. Sigue muy vinculada a la formación en la Escuela de Cocina Aiala —que fue fundada por su hermano—, donde transmite su amor por la repostería a las nuevas generaciones. Sigue siendo una mujer que proyecta una imagen de naturalidad absoluta. No usa artificios y su elegancia reside en su sencillez vasca. Y, también, ha publicado numerosos libros de postres que son «biblias» en las cocinas españolas por su capacidad de explicar lo difícil de forma fácil.

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