La relación con el alcohol de Ágatha Ruiz tras su divorcio con Pedro J.: la ciencia explica por qué cambió radicalmente de gustos
La diseñadora ha confesado algo curioso: que su divorcio cambió incluso su bebida favorita

Ágatha Ruiz de la Prada y Pedro J. Ramírez cuando estaban casados | Gtres
Ágatha Ruiz de la Prada añade un nuevo capítulo a la larga lista de colaboraciones que ha firmado en los últimos tiempos. Esta semana ha presentado junto a Bodegas Borsao nuevos vinos, y ha revelado una información hasta ahora desconocida.
Entre risas, ha confesado que cambió de gustos, en lo que alcohol, se refiere, tras su divorcio con el periodista Pedro J. Ramírez, el cual ocurrió en 2016 tras 30 años de relación y dos hijos en común, Tristán y Cósima.
«Siempre había sido vino tinto hasta que me divorcié (de Pedro J. Ramírez) y empecé con el vino blanco», ha relatado la diseñadora. «No sé qué tiene que ver, pero fue brutal. Tiene que haber algo psicológico que no conozco, algo pasó, porque de repente descubrí el vino blanco; una fiesta de vino blanco», comentó, sugiriendo que su separación le provocó este cambio gustativo que la ciencia ha explicado.
Ágatha Ruiz de la Prada cambió de gustos en vino tras su divorcio y la ciencia explica por qué
Como la propia Ágatha Ruiz de la Prada intuía, sí que hubo «algo psicológico» en su cambio de gustos, en lo que a vino se refiere, tras su separación. Cambiar del tinto al blanco tras un divorcio suena a anécdota, pero la psicología lleva décadas estudiando exactamente ese fenómeno: que los gustos no son estables y que cambian cuando lo hace nuestra vida. No porque cambien las papilas gustativas, sino porque cambia el significado.
La ciencia del gusto —la neurogastronomía— sostiene que el sabor no está realmente en la comida, sino en el cerebro. El cerebro integra olor, memoria, contexto social y emoción para crear la experiencia final. Por eso dos personas pueden probar el mismo vino y experimentar algo distinto: la percepción depende tanto de la psicología del catador como de la química de la bebida.
Además, el olfato está conectado directamente con el sistema límbico —la zona cerebral de emociones y recuerdos—, lo que explica por qué ciertos sabores evocan etapas de vida completas. En otras palabras: no bebes vino, bebes memoria.
El fenómeno clave: ‘condicionamiento evaluativo’
Además, existe un mecanismo muy documentado llamado condicionamiento evaluativo, mediante el cual, tal y como han detallado los estudios, el cerebro asocia un estímulo neutro (un sabor) con una emoción o experiencia.
Por ello, si durante años el vino tinto, para Ágatha Ruiz de la Prada, estuvo ligado a cenas de pareja, celebraciones, amor o rutinas compartidas, el cerebro deja de percibirlo como bebida y pasa a ser un símbolo emocional. Las investigaciones han demostrado que estas asociaciones pueden modificar preferencias alimentarias completas, incluso sin que la persona sea consciente. Por eso, tras una ruptura el gusto cambia sin decisión racional, ya que el cerebro evita lo asociado al pasado y busca estímulos nuevos.

Los psicólogos lo llaman «reconstrucción de identidad cotidiana». Tras eventos vitales intensos —divorcios, mudanzas, cambios de trabajo— las personas modifican pequeños hábitos para redefinirse. Es adaptación cognitiva. La evidencia muestra que las señales sensoriales (sabor, olor) activan redes cerebrales relacionadas con el deseo y el consumo de alcohol. Cambiar de bebida, en este caso, funciona como un marcador interno: hay un nuevo ‘yo’ y por eso hay nuevos rituales.
Incluso la carga mental altera literalmente la percepción del sabor, ya que cuando la mente está ocupada o en otro estado emocional, la sensibilidad gustativa cambia, detallan los estudios. Por eso el mismo vino no sabe igual en distintas etapas vitales.
Por ello, cuando alguien dice que después de una ruptura empezó a preferir otra bebida, como Ágatha Ruiz de la Prada, en realidad está describiendo un proceso profundo en el que el cerebro reorganiza recuerdos, las asociaciones emocionales cambian, la identidad cotidiana se redefine y el sabor se reinterpreta. La preferencia por un vino o otro es, por tanto, el síntoma visible de un reajuste interno.
