La austera infancia de Yolanda Díaz en La Coruña: «Recuerdo el olor de la cárcel cuando iba a ver a mi padre»
La ministra se crio en un pequeño barrio de Ferrol, donde estuvo muy condicionada por el movimiento obrero y sindicalista

Yolanda Díaz, en una imagen de archivo. | Gtres
Aunque Yolanda Díaz se estableció, hace años, en Madrid, por trabajo, lo cierto es que, cada vez que puede, se escapa hasta Galicia, la tierra que la vio nacer. Allí tiene sus raíces, pero, también, un núcleo familiar que sigue siendo su lugar seguro. Cada vez que vuelve, además, se da cuenta que en su memoria siguen quedando algunos recuerdos de sus primeros años de vida, de su infancia, aquella que pasó marcada por las estancias de su padre en prisión.
Su infancia no se puede entender sin el paisaje industrial de la ría de Ferrol y el ambiente de resistencia política de los últimos años del franquismo. Fue una niña que creció en un «experimento» de comunidad obrera, donde la frontera entre la familia y el sindicato era casi inexistente. Yolanda nació en mayo de 1971 en Fene (La Coruña). Su hogar no era una casa cualquiera, sino un piso en el barrio de San Valentín. Este barrio fue una cooperativa construida por los propios trabajadores de Astano —el gigantesco astillero de la zona— para dignificar sus condiciones de vida.
Los primeros años de vida de Yolanda Díaz
Suele recordar con orgullo que fue la «primera niña nacida en el barrio». Crecer allí significaba vivir en una colmena de familias con los mismos problemas, los mismos sueños y el mismo olor a hierro y salitre. La felicidad de su infancia era la calle, es decir, un entorno seguro donde todos los vecinos se conocían y la solidaridad era la norma de convivencia. Mientras otras niñas de los años 70 crecían con cuentos infantiles convencionales, Yolanda crecía escuchando debates sobre derechos laborales y libertad. Su padre, Suso Díaz, fue un líder histórico de Comisiones Obreras (CC.OO.) en la clandestinidad.
Su casa era el centro de reuniones prohibidas. Por el salón de los Díaz pasaban desde obreros perseguidos por la policía hasta figuras que marcarían la Transición. Ella cuenta que, de niña, veía aquello como algo natural: la política era el aire que se respiraba. Una de las anécdotas más famosas que ella misma relata ocurrió cuando tenía unos cuatro años. Santiago Carrillo, entonces líder del Partido Comunista, visitó su casa y, en un gesto de galantería hacia la pequeña, le besó la mano. Para ella, Carrillo no era un personaje de los libros de historia, sino un señor que visitaba a su padre.
«Mi madre era una mujer modernísima»
No todo fue idealismo; también hubo miedo y ausencias. Ser la hija de un líder sindical en aquella época implicaba ver cómo la policía entraba en casa o cómo su padre desaparecía durante temporadas. Yolanda conserva recuerdos muy vívidos de ir a visitar a su padre a la cárcel de La Coruña. Ha mencionado en varias ocasiones el sonido de las rejas y la sensación de injusticia que sentía al ver a su «referente» encerrado por defender a los trabajadores. Eso grabó en ella una máxima que repite a menudo: «Saber siempre de qué lado de la barricada estás». En varias ocasiones, además, ha mencionado que no se olvida del olor que había en la cárcel, aquel que experimentaba cada vez que iba a visitarle.
Si su padre fue el referente ideológico, su madre fue el pilar pragmático. En una Galicia que todavía era muy tradicional, su madre era una mujer «modernísima» que le inculcó una ambición clara: la independencia económica. Le repetía constantemente que, por ser mujer y de clase obrera, tendría que esforzarse el doble. Esa presión se tradujo en una estudiante aplicada que entendió pronto que los libros eran su pasaporte a la libertad. A pesar de la intensidad política, su infancia tuvo momentos de desconexión puramente gallegos. El mar era su patio de recreo. Yolanda describe su niñez como una etapa de austeridad feliz, marcada por los paseos por la ría, el viento del norte y una sensación de pertenencia a una tierra brava que nunca ha abandonado del todo.
«Mi infancia huele a mar, a salitre y a ría»
«Mi infancia huele a mar, a salitre y a ría. Para mí la felicidad era estar en la calle, en el barrio, donde todos éramos iguales y todos nos cuidábamos», ha expresado, en alguna que otra ocasión, demostrando que, esos primeros años de vida, estuvieron marcados por una gran dureza social pero, también, por el lugar donde pasó sus mejores años.
Siendo muy joven, Yolanda se afilió al Partido Comunista de España (PCE). En su casa de Fene, el carnet del partido era casi un documento de identidad familiar. Desde el principio, participó activamente en Esquerda Unida (EU), la federación gallega de IU. Durante años, fue una militante de base que pegaba carteles y participaba en asambleas en Ferrol. Antes de tener un cargo público, Yolanda se ganó el respeto en la calle y en los juzgados. Abrió su propio despacho en Ferrol y se especializó en Derecho Laboral. En una ciudad castigada por las crisis navales de Izar y Navantia, ella se convirtió en la abogada de referencia para los trabajadores que perdían sus empleos.
Esta etapa fue crucial: le dio un conocimiento técnico de las leyes —que luego usaría como ministra— y una visibilidad social enorme en toda la comarca de Ferrolterra. Su entrada oficial en las instituciones fue a nivel municipal. En las elecciones de 2003, fue elegida concejala en el Ayuntamiento de Ferrol por Esquerda Unida. En 2007, tras un pacto con el PSOE, llegó a ser la primera teniente de alcalde de la ciudad. Fue su primera experiencia real gestionando presupuestos y enfrentándose a las dificultades de un gobierno de coalición —algo que marcaría su carrera futura—.
El verdadero estirón político de Yolanda Díaz ocurrió en 2012. En ese momento, Galicia vivía un descontento social profundo, y ella fue la arquitecta de una alianza histórica. Consiguió unir a su partido (IU) con el nacionalismo rebelde de Xosé Manuel Beiras para crear AGE. Contra todo pronóstico, irrumpieron en el Parlamento de Galicia como tercera fuerza. A partir de la irrupción de Podemos, Yolanda se convirtió en la pieza clave de las confluencias gallegas (En Marea). En 2015 fue elegida diputada en el Congreso de los Diputados.
En varias ocasiones ha confesado que no entiende la vida «sin política». «En mi casa se hablaba de política desayunando, comiendo y cenando. Para mí, entrar en las instituciones fue simplemente llevar la lucha que mi padre hacía en el astillero a los despachos donde se firman las leyes», ha contado.
