Joaquín Sabina: «Ya no soy tan de izquierdas, precisamente porque tengo ojos, oídos y cabeza»
El cantante se confiesa «asustado» con la izquierda que se ocupa de cosas «que no son el pan de la gente»

Joaquín Sabina, en una imagen de archivo. | Gtres
Joaquín Sabina siempre se ha reivindicado como un hombre de izquierdas. Una tendencia política que parece ser que ha ido evolucionando con el paso del tiempo. «Ya no soy tan de izquierdas, precisamente porque tengo ojos, oídos y cabeza para ver lo que está pasando. Es muy triste», contó en la presentación de su documental, Sintiéndolo mucho. Poco después, en una entrevista con el diario El Mundo, profundizó en este sentimiento de orfandad política. «He estado mucho tiempo enfadado con el siglo XXI porque veía que todo lo que yo creía —que era el progreso, la izquierda— se iba al garete. Ahora me siento mucho más cercano a un liberalismo con corazón que a una izquierda dogmática», explicó el propio cantante.
Es más, también incidió en que «el fracaso de las utopías del siglo XX» nos ha dejado «huérfanos». «Yo era amigo de la Revolución Cubana y de Fidel Castro, pero ya no puedo serlo. No puedo ver lo que pasa en Cuba, en Nicaragua o en Venezuela sin que se me rompa el corazón y la cara de vergüenza», aclaró. Además, apuntó lo que más le asustaba de la «deriva de la izquierda». «Una izquierda que se ocupa de cosas que no son el pan de la gente, sino de una corrección política que se parece demasiado a la censura. Hoy no se podría escribir 19 días y 500 noches sin que te lincharan», añadió.
La evolución política de Joaquín Sabina
Aún así, admite que sigue siendo «un ciudadano preocupado», pero ya no tiene carné «de nada». «Mi única ideología ahora es la decencia y la libertad. Si eso me hace parecer un viejo cascarrabias o un liberal a ojos de los comisarios políticos, me trae sin cuidado», explicó. Desde muy joven, Sabina estuvo siempre involucrado en distintos movimientos estudiantiles. La política en Sabina empezó con acción directa. En 1970, siendo estudiante en Granada, lanzó un cóctel molotov contra una sucursal del Banco de Bilbao en protesta por el Proceso de Burgos.
Para evitar la cárcel, huyó a Londres con un pasaporte falso bajo el nombre de Mariano Zugasti. Allí vivió la bohemia izquierdista y llegó a cantar para George Harrison. Volvió a España tras la muerte de Franco con una aureola de «rojo indómito» que cimentó su carrera en la Transición. Sabina fue el cronista del desencanto post-Transición, pero siempre estuvo cerca del poder cuando el poder era socialista. Fue a través de su música donde se sinceró sobre este proceso político. Aunque le dedicó críticas en canciones como Cuervo ingenuo —junto a Javier Krahe—, siempre mantuvo un respeto intelectual por la figura de Felipe. Fue uno de los intelectuales que apoyó, públicamente, a Zapatero. Su apoyo a ZP fue total, creyendo en una izquierda moderna y civilizadora.
«Ya no soy tan de izquierdas, precisamente porque tengo ojos, oídos y cabeza»

Sabina fue durante décadas el embajador cultural de la Revolución Cubana en España. Pasó noches enteras bebiendo y charlando con Fidel Castro en La Habana. Era un asiduo de la isla y defendía el régimen contra el «imperialismo». La detención del poeta Raúl Rivero y la falta de libertades en la isla empezaron a agrietar esa amistad. Su ruptura definitiva con el castrismo fue un trauma público para la izquierda latinoamericana. Cuando surgió el 15-M y posteriormente Podemos, Sabina se mostró esperanzado pero cauteloso. Sin embargo, el romance duró poco. Sabina empezó a ver en los nuevos líderes de la izquierda una «superioridad moral» que no soportaba.
«Me entusiasmaron cuando salieron, pero me asusta su deriva sectaria. Prefiero a un viejo socialdemócrata que a un joven comisario político», explicó. Hoy, Sabina se define políticamente desde la libertad individual. Sus críticas a los regímenes de Nicaragua (Ortega) y Venezuela (Maduro) han sido feroces, lo que le ha valido el desprecio de los sectores más radicales de la izquierda. «He sido joven y revolucionario, pero no quiero morir siendo un idiota que ignora la realidad. Si ser de izquierdas significa aplaudir dictaduras o censurar el humor, que me borren», ha explicado. Se ha definido como «español y madrileño de Úbeda», defendiendo la unidad desde una óptica ciudadana, no derechista.

Ha defendido los toros como parte de la cultura española frente a los intentos de prohibición desde sectores animalistas y de izquierda, lo que le ha costado muchas críticas. Hoy en día, Sabina está muy feliz con su realidad fuera del mundo de la música. Sabina vive en su ya legendario piso de la zona de Tirso de Molina, un dúplex de 300 metros cuadrados que es la antítesis del minimalismo. Pasa gran parte del día leyendo poesía clásica española y literatura latinoamericana. Él mismo dice que leer es ahora su actividad favorita, por encima de escribir o cantar.
Su relación con Jimena, con quien se casó en 2020 tras 25 años de convivencia, es el eje sobre el que gira todo. Es ella quien gestiona su agenda y su bienestar; se despiertan tarde, disfrutan de largas comidas y reciben a pocos pero muy buenos amigos —como los Serrat o los Marañón—. Sigue escribiendo canciones y poemas en su estudio. En este 2026, se rumorea que podría estar preparando un libro de memorias o un último disco de estudio grabado a fuego lento, sin la presión de las listas de ventas. Ha cumplido su promesa de no ser «un viejo arrastrándose por los escenarios». Ha decidido que, si vuelve a cantar, será en formato acústico y para ocasiones muy especiales.
