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Jens Stoltenberg: el último trabajo

«Qué paradójico resulta recordar hoy que al inicio del presente siglo la OTAN y Rusia suscribieron un acuerdo de amistad y cooperación»

Jens Stoltenberg: el último trabajo

Cuando tenía preparado el equipaje para su retorno a Oslo después de ocho años como secretario general de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), sus miembros, 30 naciones por el momento, le han pedido al noruego Jens Stoltenberg (Oslo, 1959) que siga en Bruselas ante el momento crítico que representa la ocupación militar rusa de Ucrania y las consecuencias de una guerra cuyo final y resultado resultan todavía hoy muy inciertos después de cuatro meses de combate.

Stoltenberg, laborista y primer ministro durante cerca de diez años (2005-2013) tenía ya nuevo trabajo: gobernador del banco central de Noruega, uno de los países más ricos del mundo por su riqueza petrolera y pesquera y el tercero en renta per cápita con una población de poco más de cinco millones de habitantes. Los noruegos han rechazado en referéndum ingresar en la UE a pesar de que Stoltenberg siempre se ha distinguido por ser un convencido europeísta y atlantista, partidario de que los países europeos conserven una estrecha relación con el aliado mayor, Estados Unidos, que aporta el 70% del presupuesto militar de una organización creada en 1949 tras la Segunda Guerra Mundial en los albores de la Guerra Fría frente a la extinguida Unión Soviética, que en 1955 levantó su bloque de réplica, el Pacto de Varsovia, con Moscú y sus satélites de la Europa oriental. Este organismo desapareció con la extinción de la Unión Soviética y sobre todo con la entrada de los países del Este en la Alianza Atlántica a finales de los noventa y principios de los años 2000, el gran triunfo de Occidente y la gran derrota de la Rusia de Vladímir Putin. Mucho ha llovido y hasta nevado desde entonces sobre todo desde la guerra de los Balcanes y ahora la ocupación rusa de Ucrania. 

La Alianza Atlántica inicia mañana en Madrid una cumbre de gran trascendencia histórica y de amplios objetivos con la guerra ucraniana como centro de debate. «Dar la paz por descontado en Europa puede terminar en una guerra», ha declarado el jefe de la OTAN al diario El País. En realidad, la guerra está ya aquí. Es un hecho incontrovertible. Entre los objetivos prioritarios de la reunión estos próximos tres días en la capital española, que han suscitado la crítica de Unidas Podemos, el socio minoritario de la actual coalición de gobierno español, destaca el reforzamiento de la presencia militar de la OTAN en el flanco oriental europeo, más ayuda de tropas y armamento a Ucrania y la declaración oficial de calificar a Rusia como una amenaza directa y a China como un desafío geoestratégico. 

Qué paradójico resulta recordar hoy que al inicio del presente siglo la OTAN y Rusia suscribieron un acuerdo de amistad y cooperación. Eran los tiempos del relevo en el Kremlin, del terrorismo islámico como la primera gran amenaza mundial tras el atentado contra las Torres Gemelas y el Pentágono en septiembre de 2001 y los posteriores zarpazos en Madrid y París.

La Alianza Atlántica tiene en estos momentos músculo y razón de existir en contra de lo que sostienen los políticos de la izquierda a la izquierda del PSOE. Lejos queda aquella entrevista en The Economist del presidente francés, Emmanuel Macron, en noviembre de 2019, cuando afirmó que la OTAN estaba en «coma cerebral». O cuando en una de sus numerosas salidas de pata de banco el primer ministro español, Pedro Sánchez, opinó que si por él fuera suprimiría el Ministerio de Defensa. Macron apostaba entonces por el desarrollo de un potente Ejército europeo y de operaciones de despliegue militar rápido en otros territorios, idea que ya fue perfilada durante el periodo de Javier Solana como Alto Representante de Política Exterior y Seguridad de la UE y ahora por el nuevo responsable, Josep Borrell, con el concepto de «brújula estratégica», que no llega del todo a cristalizar en cuanto a volumen de soldados y presupuesto.

Tanto los países de la Alianza Atlántica como los de la UE -en realidad son los mismos excepto EEUU, Canadá, Turquía, Islandia, Noruega, Albania, Montenegro y Macedonia- se han posicionado en contra de la ocupación rusa de Ucrania, de respaldo a la ayuda militar con limitaciones a Kiev y de las sanciones contra Moscú. Sin embargo, conforme pasan las semanas y no se vislumbra un acuerdo de paz en una futura mesa de negociaciones emergen las fisuras entre los europeos sobre todo por las consecuencias que la guerra está provocando en la economía comunitaria y en los precios del gas y del petróleo. ¿Hasta dónde llegar? ¿Qué hacer con Putin? ¿Qué clase de armamento hay que seguir facilitando a los ucranianos sin provocar una guerra total con Rusia?

Stoltenberg es un político afable, economista, cosmopolita, bien parecido, hijo de un famoso ministro de Exteriores. Sigue siendo un líder reputado en su pequeño país aun cuando dejó la jefatura de los laboristas antes de ser elegido cabeza de la OTAN en sustitución de otro escandinavo, el danés Anders Fogh Rasmussen. En 2011 fue el objetivo del aterrador doble atentado que causó más de 70 muertos a manos de un joven lobo estepario. Entre sus virtudes no está la de buen comunicador y eso que en una campaña electoral se prestó a fingir ser taxista para hablar con los usuarios. 

El actual dirigente de la OTAN ha sido siempre partidario de que la Alianza refuerce su presupuesto militar. Eso mismo que Donald Trump bramó en su primer encuentro con los líderes aliados a los que exigió que incrementaran más del 2% su aportación al gasto de la organización. Poco menos que les llamó ladrones. El actual secretario general actuó con más diplomacia y sin recurrir al discurso amenazador del entonces presidente de EEUU coincidió en la necesidad de que los países miembros abran más la billetera. Stoltenberg siempre ha sostenido que la UE no puede reemplazar a la Alianza Atlántica. La seguridad europea reposa en la unidad transatlántica, declaró con motivo del 70º aniversario de la organización. Todavía estaban lejos las ambiciones de Putin en Ucrania aun cuando en 2014 Moscú se anexionó Crimea. Dos nuevos países, Finlandia y Suecia, han solicitado el ingreso en la OTAN pese a las amenazas de Rusia. De momento su entrada es probable que se aplace un poco en vistas de la reticencia de Turquía, que acusa a Estocolmo de apoyar a los separatistas kurdos.

La crisis ucraniana ha hecho que países como Alemania y España hayan anunciado un incremento notable de su gasto en defensa. El Gobierno español pretende llegar hasta casi el 2% del presupuesto nacional. España es junto con Luxemburgo el país aliado que menos destina en defensa.

La Cumbre de Madrid, más allá de la retórica y de los acuerdos que se alcancen en estos tres días, es un escaparate internacional para Sánchez, que vive sus horas más bajas desde la derrota de los socialistas en Andalucía y teme que su etapa como jefe de gobierno está tocando a su fin. El dirigente socialista goza de más prestigio fuera que dentro del país. Se mueve bien en los pasillos del Consejo Europeo y en la nueva sede de la OTAN a diferencia de lo que le sucedía a su antecesor, Mariano Rajoy, pésimo en idiomas. Sánchez se desenvuelve en inglés y maneja con habilidad y sonrisa los argumentarios que le preparan su ministro de Asuntos Exteriores y sus colaboradores monclovitas. Es un encantador de serpientes, pero en Bruselas está de moda lo de ser encantador. Que se lo digan si no a Macron, por eso congenia tan bien con el presidente francés. Quizá hasta esté preparándose su futuro internacional en vista del sombrío panorama que tiene en España. ¿Por qué no reemplazar al gris presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, cuando termine el mandato o incluso a Stoltenberg en la jefatura de la OTAN, aunque para este cargo se prefiera a una mujer, quizá a una báltica? Está convencido de que con su manual de resiliencia puede escalar las más altas montañas. Poco importa que vaya bien pertrechado o sea un avezado alpinista. Es cuestión de argumentario y de sonrisa.

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