La estrategia de matar al líder: la vieja tentación de Occidente que rara vez decide una guerra
Washington apostó por repetir en Teherán el guion de Caracas, pero ni el pueblo se ha levantado ni el sistema colapsa

Una mujer camina frente a un grafiti del asesinado líder supremo de Irán Alí Jameneí | EFE/Jaime León
La muerte del líder enemigo ha sido durante décadas una de las grandes tentaciones estratégicas de las potencias militares. La lógica parece sencilla. Si se elimina a la cabeza del sistema, el aparato político o militar que dirige terminará desmoronándose. Sin embargo, la historia demuestra que esa ecuación rara vez funciona de forma tan directa. En muchos casos, la eliminación del dirigente produce un efecto simbólico inmediato, pero no altera las estructuras profundas del conflicto. La guerra en torno a Irán vuelve a situar ese dilema en el centro del debate estratégico.
En Washington, la administración Trump ha apostado por una estrategia que algunos analistas resumen con una fórmula sencilla: «decapitar y delegar». La idea consiste en eliminar al liderazgo enemigo —la «decapitación»— y dejar que las dinámicas internas del país produzcan un nuevo equilibrio político. En otras palabras, capturar o matar al líder y esperar que el sistema se reconfigure por sí solo. Algo parecido a Venezuela tras la caída de Nicolás Maduro.
El planteamiento refleja un cambio respecto a las grandes intervenciones militares de principios de siglo. Tras las experiencias de Afganistán e Irak, una parte del establishment estratégico estadounidense buscó fórmulas para evitar largas ocupaciones militares o costosas campañas de reconstrucción estatal. La eliminación del liderazgo adversario se presenta así como una alternativa aparentemente más rápida y menos costosa. Pero esa lógica parte de una premisa discutible: que el sistema político enemigo depende realmente de una sola figura.
El precedente de Irak
La historia reciente ofrece advertencias claras. El 1 de mayo de 2003, el presidente George W. Bush anunció prematuramente el final de la guerra de Irak a bordo del portaaviones USS Abraham Lincoln, bajo el célebre cartel de «Mission accomplished» («Misión cumplida»). Aquella proclamación simbolizaba la idea de que la caída del régimen de Sadam Huseín equivalía a una victoria estratégica.

La realidad fue muy distinta. Tras el colapso del régimen de Sadam, el país se sumergió durante años en una insurgencia violenta, tensiones sectarias y una profunda inestabilidad regional, con la aparición del ISIS (Estado Islámico de Irak y Siria, por sus siglas en inglés). La desaparición del liderazgo político no resolvió el problema fundamental, es decir, la construcción de un nuevo orden político viable. Ese precedente sigue pesando en el debate estratégico actual.
Irán no es un régimen personalista
El caso iraní plantea un desafío aún mayor. Irán no es simplemente un Estado autoritario dominado por un dirigente fuerte. Es un sistema político complejo construido tras la Revolución islámica de 1979 y diseñado precisamente para resistir crisis internas.
El líder supremo ocupa una posición central, pero el poder se distribuye entre diversas instituciones religiosas y políticas. La Asamblea de Expertos, el Consejo de Guardianes, el clero político y, sobre todo, la Guardia Revolucionaria forman una red de poder que sostiene al régimen más allá de una figura concreta.
La Guardia Revolucionaria se ha convertido con el tiempo en la verdadera columna vertebral del sistema. Además de su papel militar, controla amplios sectores de la economía y dirige gran parte de las operaciones regionales de Irán. Incluso si desaparece el líder supremo, el sistema dispone de mecanismos institucionales para garantizar su continuidad.
El precedente Soleimani
La experiencia reciente ofrece un ejemplo revelador. En 2020, Estados Unidos eliminó mediante un ataque con drones al general Qasem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria y uno de los principales arquitectos de la estrategia iraní en Oriente Próximo.
Muchos analistas interpretaron su muerte como un golpe devastador para la proyección regional de Irán. Sin embargo, el impacto estratégico fue limitado. La red de milicias y aliados que Soleimani había construido —desde Hezbolá en Líbano hasta diversas organizaciones en Irak— continuó operando y la estructura de mando fue reorganizada rápidamente.
El episodio confirmó un patrón recurrente en los conflictos contemporáneos: la eliminación de líderes puede producir victorias tácticas, pero raramente altera el sistema que los sostiene.
La incógnita de la sociedad iraní
La nueva estrategia estadounidense parece apoyarse también en otra hipótesis: que la desaparición del liderazgo podría desencadenar una reacción interna contra el régimen.
Sin embargo, esa premisa no ha visto la luz tras dos semanas de ataques y tras la muerte de Alí Jamenei. Por un lado, el aparato represor que aniquiló a miles de personas entre diciembre de 2025 y enero de 2026 tiene atemorizada a la parte de la población más aperturista. Por otro, hay que tener en cuenta que las sociedades sometidas a presión externa suelen reaccionar de forma distinta a lo que esperan quienes diseñan estas estrategias. Cuando un país percibe que su liderazgo está siendo atacado desde fuera, el resultado puede ser una reacción nacionalista que refuerce la cohesión interna. Los casos recientes de Rusia o Afganistán ejemplifican esta realidad.
En Irán, donde la narrativa política del régimen se basa en gran medida en la resistencia a Occidente, ese efecto parece ser especialmente fuerte.
El riesgo de fractura interna
Otra de las hipótesis que circulan en algunos círculos estratégicos de EEUU es la posibilidad de una fractura interna del país. Irán es una sociedad diversa en términos étnicos. Aunque la mayoría de la población es persa, existen importantes minorías kurdas, baluchis, árabes y azeríes.
Algunos analistas sostienen que una crisis profunda podría abrir la puerta a tensiones territoriales o incluso a movimientos separatistas. Pero la historia moderna de Irán muestra una notable capacidad de cohesión estatal incluso en contextos de fuerte presión interna. De momento, nada de esto se ha visto, aunque quizás EEUU esté intentando el suministro de armas entre estas minorías.
La fragmentación del país sigue siendo una posibilidad, pero dista mucho de ser un escenario inevitable.
La pregunta que siempre queda abierta
La evolución tecnológica de la guerra ha facilitado enormemente las operaciones de eliminación selectiva. La combinación de vigilancia por satélite, interceptación de comunicaciones, inteligencia humana y drones armados permite localizar y atacar objetivos de alto valor con una precisión que hace apenas dos décadas era impensable.
Pero la facilidad técnica no resuelve la cuestión estratégica fundamental: qué ocurre después. La eliminación de un líder puede producir una victoria inmediata en términos políticos o mediáticos y desorganizar temporalmente al adversario. Sin embargo, las guerras modernas rara vez se deciden por la desaparición de una figura individual. En la mayoría de los casos, la muerte de un dirigente puede alterar el curso de una batalla, pero no el desenlace de una guerra. Tras la invasión de Irak en 2003, se popularizó en el lenguaje político la expresión «momento ‘Misión cumplida’», utilizada para describir proclamaciones de victoria precipitadas que con el tiempo se revelan falsas. En el caso de Irán, el paralelismo con Irak es cada vez mayor.
