The Objective
Mi yo salvaje

Un saco de ganas guardadas

«Nos besamos como si nos hubiéramos echado de menos desde el principio del infierno»

Un saco de ganas guardadas

Una pareja besándose en un jardín. | Freepik

En los jardines del Edén, entre plantas tropicales de hojas enormes que anunciaban la entrada a una galería de arte, dice Saúl que me vio con mi camiseta amarilla ajustada. 

No es que se fijara en mí por el atractivo de mi silueta en ese paisaje, libre aún del pecado original. Lo que dice Saúl es que me volvió a ver entre esos tallos y hojas y que yo, al verle, le reconocí. Vaya sorpresa, cómo tú por aquí… 

Saúl y yo nos sabemos en lo esencial, donde el peso de las palabras, los formalismos o la ropa, sobra. Por eso cuando dobló la esquina le seguí; y cuando se sentó en el banco, me subí sobre su pierna izquierda. Nos besamos como si nos hubiéramos echado de menos desde el principio del infierno. Las manos de Saúl me cubren todo allá por donde pasen. Si me agarra del cuello para presionarme la cabeza contra su boca, yo siento que me envuelve la cabeza entera como un velo en llamas. Si al frotarme contra su muslo él acude a agarrarme de la cintura, desaparece mi tronco bajo sus manos como un truco de magia que deja visible tan solo la cabeza y los pies. Saúl me cuenta que así, mientras cabalgo su rodilla izquierda con el trote de un vaivén infantil, me levanta la camiseta amarilla y se embelesa mirando la redondez de mi pecho y la frescura de mis pezones, que ya erectos, le recuerda cuánto le gusta chupar. Le acompaño la cabeza con las manos para seguir el movimiento. Saúl se come mis tetas como un ternero hambriento. Yo le guío, le ofrezco, le retiro, le miro, lo vuelvo a traer hacia mí, le invito.  Llego a presionar la cabeza Saúl tan fuerte contra mi pecho que resopla en señal de ahogo. Tengo las tetas cubiertas de sus besos, mordiscos y succiones. La camiseta, enrollada sobre el pecho; el coño, frotándoseme en la largura de su fémur acolchado; sus manos como mantas que me envuelven y nuestros labios lamidos con la calma de los que se entienden en los besos eternos. 

Dice Saúl que no recuerda nada más hasta que entra en la galería y, tras perderse por unos largos pasillos bañados en una calidez anaranjada, con las paredes oscuras, vuelve a avistarme en el horizonte. De nuevo el silencio. Bebo cava y visto una americana masculina sin camisa que me cubre el culo y me descubre el escote. Y allí que vuelve a amorrarse Saúl a mi pecho, me cuenta. Al oírlo decirme, logro sentir el tacto de su apetito. Me olisquea el cuello y me gira bruscamente de la cintura para rozarme con su erección el culo y la baja espalda. Así me gusta que me agarre el pecho y me empuje hacia la pared. Así con su aliento animal cerca del oído, bramando. No necesito palabras para entender que viene para adentro, que me va a penetrar y le ayudo haciendo más aguda la curva de mi espalda. Y es así como empezamos a follar, me dice. 

– Ya luego aparecemos entre las sábanas y nos hacemos de todo Amanda.

Su «de todo» me explota entre las piernas con la fuerza de la ausencia de los límites. Me acuclillo sobre él y me inserto su «de todo» letra a letra, primero; sílaba a sílaba, después, vagina arriba, hasta empujar fuerte y colárseme en el útero. Allí lo acojo para gestarlo, para darle cobijo, nutrirlo y que el «de todo» crezca, que no muera de inanición; para alimentar ese saco de ganas empaquetadas y que siga trascendiendo el mundo de los despiertos. 

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