Elizabeth Clapés (29), psicóloga: «Cuando alguien me hace daño, me permito que me caiga mal y no ser amable con ella»
Sentir y aceptar rechazo hacia alguien que nos ha hecho daño no es inmadurez, es señal de coherencia emocional

Elizabeth Clapés | Instagram
Elizabeth Clapés, psicóloga joven y reconocida a nivel nacional en España por su labor en divulgación emocional, pone sobre la mesa una idea incómoda, pero necesaria, el derecho a no ser amable con quien nos ha hecho daño. En una sociedad que sigue valorando la cordialidad constante y la buena cara como sinónimos de madurez emocional, su reflexión cuestiona una norma profundamente arraigada que rara vez se pone en duda. Y es que todavía hoy se confunden conceptos como respeto y educación con la obligación de saludar, sonreír o mostrarse cercano incluso cuando existe un daño previo. Muchas personas se esconden detrás del «hay que ser educado» o del «no puedes ignorar a alguien» cuando, en realidad, esa persona ha cruzado un límite para ti. Clapés defiende este posicionamiento no como una falta de valores, sino como una forma clara de autocuidado y de amor propio.
«Cuando alguien me hace daño y mi cuerpo siente rechazo hacia esa persona, me permito que me caiga mal y no ser amable con ella, no tengo que ponerle buena cara», afirma. Sus palabras conectan con una experiencia común, pero pocas veces legitimada, sentir rechazo hacia alguien que ha hecho daño y dejar de fingir normalidad como si nada hubiera ocurrido.
El cuerpo como primer detector del daño
Desde la psicología, el rechazo corporal no aparece por casualidad. El cuerpo suele ser el primer sistema de alerta cuando una relación deja de ser segura o respetuosa. Como ella misma explicaba en otro de sus reels, «no hace falta tocar la vitrocerámica cuando ya está del todo caliente para saber que te puedes quemar». Y es que la vibra que te da una persona es más que suficiente para alejarte de ella, porque basta con cómo te hace sentir, añade. Además, si ha traspasado límites y te ha hecho daño, con más razón.
Clapés subraya que forzarse a ignorar esa reacción para cumplir con expectativas sociales puede generar un malestar emocional sostenido. Fingir que nada ha pasado no borra la herida, solo la desplaza hacia dentro. Aceptar que alguien nos caiga mal después de habernos hecho daño no es una muestra de inmadurez, sino de coherencia emocional. Reconocer el rechazo permite establecer límites claros antes de que el daño se cronifique en forma de ansiedad, culpa o resentimiento.
Uno de los matices clave del discurso de Clapés es la diferencia entre marcar distancia y actuar desde la agresividad. «Evidentemente no le tiraré una silla a la cabeza, pero tampoco tengo por qué ser simpática, ser amable y hacer como si no hubiera pasado nada», explica. La psicóloga insiste en que no ser amable no equivale a faltar al respeto, sino a dejar de ofrecer una cercanía que ya no es auténtica. La obligación de mantener la simpatía incluso ante el daño suele confundir límites con conflicto. En realidad, retirar la cordialidad puede ser una forma sana de protegerse sin entrar en dinámicas destructivas.

Amar mucho no obliga a tolerarlo todo
Clapés desmonta otra creencia habitual, la idea de que una persona empática o capaz de amar intensamente debería ser comprensiva en todo momento. «Sí me permito amar y amo un montón, y quiero mucho a las personas que quiero, también me permito que me caiga mal quien me tenga que caer mal», afirma. Desde una perspectiva psicológica, amar no implica anularse ni justificar conductas dañinas. La capacidad de vincularse de forma profunda es compatible con la capacidad de rechazar aquello que hiere. De hecho, ambas cosas suelen ir de la mano cuando existen límites claros.
«Si ha pasado, a mí me has hecho daño y no pienso ignorar eso», señala Clapés. Ignorar una agresión emocional, una falta de respeto o una traición no hace que desaparezcan sus efectos. Al contrario, suele normalizar comportamientos que se repiten. Validar la propia experiencia es una forma básica de respeto hacia una misma. La psicóloga introduce además una comparación reveladora. «Igual que no ignoraría que le hubieses hecho daño a una persona a la que quiero». Muchas personas defienden con firmeza a su entorno cercano, pero se exigen a sí mismas una tolerancia que no aplicarían a otros.
Cuando agradar deja de ser una prioridad
El cierre de su reflexión apunta directamente a una de las grandes presiones sociales. «No puedo actuar de manera que le parezca bien a todo el mundo, porque hay veces en las que a la única a la que le tiene que parecer bien es a mí». Renunciar a gustar a todo el mundo no es egoísmo, es una condición necesaria para el bienestar psicológico. El mensaje de Elizabeth Clapés no invita al enfrentamiento constante ni al aislamiento emocional. Propone algo más sencillo y más difícil a la vez, escucharse, reconocer el daño y permitirse no fingir. En un contexto donde la positividad forzada sigue teniendo peso, su postura funciona como un recordatorio claro, la amabilidad no puede construirse a costa de una misma.
