Teresa Uriol, nutricionista, sobre cómo Ion Aramendi adelgazó 12 kilos en 6 meses sin dejar de comer pan: «Redujo los alimentos grasos»
El presentador ha experimentado una gran pérdida de peso, resultado de cambios que analizamos expertas

El espectacular adelgazamiento de Ion Aramendi | Gtres
Ion Aramendi, periodista, ha cobrado protagonismo en los últimos meses por su espectacular cambio físico. El y presentador de televisión, de San Sebastián, consiguió adelgazar 12 kilos en apenas seis meses. El comunicador, de 48 años, que actualmente presenta en Telecinco programas como Reacción en cadena y los debates de Gran Hermano, está ahora en el punto de mira por esta drástica pérdida de peso.
Ion Aramendi adelgaza 12 kilos en seis meses
El propio presentador quiso explicar su proceso con datos concretos y agradecimientos incluidos: «Este soy yo, 47 años y 17 de enero de 2025. He perdido 11,7 kilos y 12 centímetros de cintura desde septiembre; además, he ganado músculo y me he puesto en forma, todo gracias a mi querida nutricionista Teresa Uriol y a los maravillosos entrenadores Laura, Gonzalo y Dani. Gracias», reveló.
«Me siento mejor que nunca. Recuperar la rutina deportiva y sentirse bien es uno, ver cómo tu cuerpo va cogiendo forma y perdiendo grasa es una satisfacción, todo eso sí, sin dejar de lado mi trabajo en varios programas y mi vida familiar con tres hijos maravillosos y con una energía envidiable. Lo que más gracia me ha hecho de este tiempo es ver cómo mucha gente me decía: ‘Pero si tú estabas fenomenal’ (…9 Yo creo que no, juzgad vosotros mismos. Ni estaba bien ni me sentía bien. Pero este soy yo y así yo me siento mejor, soy más feliz, no quiero ni ser ejemplo de nada ni demonizar ningún cuerpo, sed felices como seáis, pero si os animáis a hacer deporte y mejorar vuestra salud yo os animo también», comentaba Ion Aramendi.
Teresa Uriol, nutricionista: «La idea es reducir al máximo la cantidad de grasas de nuestra alimentación»
La nutricionista Terica Uriol, encargada del adelgazamiento de Ion Aramendi, resume su método así: «Esta dieta consiste en aprender a comer de todo y reducir al máximo la cantidad de grasas de nuestra alimentación», asegura a Welife. Aunque se conoce como la dieta del bocadillo, el fundamento está en los hidratos de carbono: «La base principal de una alimentación saludable son los hidratos de carbono, que son arroz, pasta, pan y patatas». Y lo contextualiza culturalmente: «Y como buenos españoles que somos, en nuestra cultura el hidrato de carbono que más se come es el pan. El chino come arroz, el italiano come pasta… pues el español come pan».
El plan busca equilibrio sin eliminar hidratos, pero bajando grasas, porque «nosotros engordamos y tenemos más talla, más peso y más volumen por la grasa corporal. Sin que te falte ningún nutriente yo te reduzco la grasa de la alimentación para que el cuerpo queme la grasa corporal acumulada». Al inicio se retiran al máximo, ya que «todas se acumulan por igual en el tejido adiposo, que es el michelín», y después se reintroducen grasas saludables.
No se prohíbe el pan —«ya que prohibir es desear y obligar es odiar»—, pero se cuidan los rellenos. La cantidad depende de cada persona: «Va dependiendo de la persona, la edad, el sexo, la actividad física, si has tenido hijos o no… Todo va en función de la vida de cada uno. Por eso es una dieta totalmente personalizada». Incluso puede tomarse por la noche: «Con las prisas del día a día, como cuando más se pica es por la noche, la gente prefiere el pan en ese momento porque al tener ese escape de hidrato de carbono, te calma la ansiedad». Y sobre el tipo de pan, la clave es la etiqueta: «Se puede comer el pan que no lleva grasa que es el que sólo lleva harina, agua, levadura y sal». Y la regla final: «Hay que fijarse en que el pan no supere los 2 gramos de grasa por 100 gramos de producto, esa es la clave».
El cuerpo se adapta cuando cambian los hábitos
Cada vez que un rostro conocido experimenta un cambio físico evidente, la conversación pública suele simplificarse al máximo: dos fotos, un «antes» y un «después», algunos kilos menos y palabras como disciplina, sacrificio o fuerza de voluntad. Sin embargo, detrás de transformaciones como la del presentador Ion Aramendi, que ha perdido alrededor de 12 kilos en el último año, suele haber un proceso mucho menos visible, pero mucho más determinante: una modificación profunda y sostenida de los hábitos cotidianos y de la manera de cuidar el cuerpo.
«Cuando una persona empieza a cuidarse de forma regular —mejorando su alimentación, moviéndose más y descansando mejor— el cuerpo responde ajustando su funcionamiento interno», explica Marta Masí, farmacéutica experta en nutrición. «Disminuye la inflamación, mejora el uso de la energía y se regula el metabolismo. En estos casos, la pérdida de peso no es un esfuerzo constante, sino una consecuencia natural de ese nuevo equilibrio».
Este matiz cambia por completo el enfoque, porque desmonta una idea muy arraigada: que el objetivo principal debe ser adelgazar. «Cuando el foco está solo en el peso, el proceso se vive como una exigencia. Cuando el foco está en la salud, el cuerpo cambia como resultado», resume Masí.
Constancia frente a soluciones rápidas
Ion Aramendi ha hablado abiertamente de un proceso basado en constancia, deporte y cambios sostenidos, no en soluciones rápidas. Un planteamiento que encaja con la visión de Teresa Bueno, farmacéutica experta en salud nutricional. «No existen fórmulas mágicas ni milagrosas para perder peso. La constancia, el deporte como aliado y una alimentación equilibrada sin restricciones son el camino. No se trata de cambios de pocas semanas, sino de adquirir hábitos reales».
El ejercicio físico tiene un impacto que va mucho más allá de la apariencia. «El deporte no influye solo en el aspecto físico, sino también en el bienestar mental y emocional. Practicar actividad física de forma regular ayuda a mejorar la salud, aumentar la energía y la calidad de vida».
La base de este efecto está en la neurobiología. «Cuando nos ejercitamos, aumenta la liberación de endorfinas, conocidas como las hormonas de la felicidad. Producen una sensación de bienestar, reducen el dolor y generan cierta euforia. Además, también aumentan neurotransmisores como la dopamina, la serotonina y la noradrenalina, que mejoran la motivación, la concentración, el sueño y tienen un efecto positivo en la reducción de la ansiedad y la tristeza». Por eso, quienes comienzan a moverse más suelen describir un cambio que va mucho más allá del espejo. «No solo se ven distintas, se sienten distintas: con más energía, mejor humor y mayor claridad mental», añade Masí.
El papel del estrés y el cortisol
Otro elemento clave es el estrés fisiológico. «El cortisol, conocida como la hormona del estrés, cuando se mantiene elevada durante largos periodos favorece la acumulación de grasa y dificulta la pérdida de peso», explica Teresa Bueno. «Cuando una persona introduce ejercicio y mejora su estilo de vida, esos niveles tienden a regularse, lo que facilita que el organismo entre en un estado más estable».
Esto ayuda a entender por qué muchas dietas estrictas fracasan. Cuando el cuerpo interpreta un cambio como una amenaza —por ejemplo, una restricción severa— activa mecanismos de defensa: más hambre, menor gasto energético y mayor dificultad para sostener el proceso. «En cambio, cuando el enfoque es el cuidado y no la presión, el cuerpo no se siente atacado», señala Masí. «Eso hace que la adherencia sea mayor y que los cambios se mantengan en el tiempo».
Comer bien no es pasar hambre
«Comer bien significa elegir mejor qué comemos y cuándo lo comemos. Significa planificar, ser conscientes, darnos un momento para comer. No vivir siempre a la carrera», explica Teresa Bueno. «Una dieta equilibrada no es restrictiva. Incluye alimentos de calidad, suficientes calorías y también margen para el disfrute».
De hecho, Ion Aramendi … tras seis meses siguiendo la llamada ‘dieta del bocadillo’, un plan nutricional diseñado por la dietista Terica Uriol que le ha permitido perder 11 kilos sin eliminar el pan de su alimentación. Con este método, que se basa en un consumo equilibrado de carbohidratos, proteínas y grasas saludables,
Este planteamiento choca con la cultura del resultado inmediato. «Intentar bajar peso rápidamente suele llevar a efecto rebote, cansancio físico y agotamiento emocional», advierte Bueno. «Es una carrera que casi siempre se pierde».
El factor psicológico que sostiene el cambio
Más allá de las hormonas y el metabolismo, existe un componente psicológico decisivo. «Sentirse más ágil, más fuerte o con mayor resistencia física refuerza la confianza y la sensación de control sobre el propio cuerpo», señala Masí. «Ese refuerzo interno es clave para que los cambios se consoliden».
Se genera así un círculo virtuoso: moverse más hace sentirse mejor; sentirse mejor aumenta la motivación; y esa motivación facilita mantener los hábitos. Por eso resulta relevante que Ion Aramendi defina su proceso también como mental. «Cuando una persona empieza a experimentar bienestar real, deja de relacionar el cuidado con castigo y empieza a asociarlo con recompensa», explica Masí. «Ese cambio de asociación es fundamental». Teresa Bueno lo resume de forma sencilla: «Ser constante es la clave. Pequeños gestos diarios, como movernos más o reducir el consumo de ultraprocesados, pueden marcar una enorme diferencia con el tiempo».
Un enfoque más amplio de salud
«La pregunta no debería ser cuánto peso has perdido, sino cómo duermes, cuánta energía tienes, cómo está tu digestión, cómo te sientes al subir unas escaleras», apunta Masí. Desde esta perspectiva, transformaciones como la de Ion Aramendi transmiten un mensaje menos espectacular, pero mucho más valioso: el cambio sostenible es discreto, progresivo y poco épico.
No hay una fecha concreta ni una imagen milagrosa. Hay repetición. Hay decisiones pequeñas. Hay días mejores y peores. Y, sobre todo, una nueva relación con el propio cuerpo. «Cuando la prioridad es la salud, el cambio físico deja de ser una meta en sí misma», concluye Masí. «Se convierte en la consecuencia lógica de hacer las cosas de otra manera».
Quizá ahí esté la clave para replantearnos cómo hablamos de estos procesos: menos obsesión con el antes y el después, y más atención al durante. Porque cuando el cuidado se convierte en hábito, el cuerpo responde. Y lo que se ve por fuera no es más que el reflejo de todo lo que ha empezado a ordenarse por dentro.
