Las dos mujeres (II)
«La música continúa, aunque no parece la misma cuando Amanda la ayuda a incorporarse y la mece hombro a hombro»

Dos manos con una cuerda rosa. | Freepik
No se levanta de inmediato. Permanece sentada unos segundos más, relamiéndose el último bocado antes de seguir, mientras María sigue inclinada sobre el respaldo, inmóvil, con el pelo desordenado cubriéndole la cara y la respiración todavía marcada en el vaivén de las costillas. La sala respira calmada y contrasta con su compás. Nadie rompe ese pequeño paréntesis que ha quedado suspendido en mitad del salón. La música continúa, aunque no parece la misma cuando Amanda la ayuda a incorporarse y la mece hombro a hombro, abrazándola desde el costado.
Poco a poco el espacio se reorganiza sin que nadie lo indique. Algunos retoman sus conversaciones, se oye alguna risa suave, se levantan; hay quien se sirve una copa o se pierde hacia otra estancia. Las miradas no se van del todo, siguen los pasos de Amanda; es difícil soltar la estela de atención que su silueta ha atrapado. Se aparta de la silla y camina hacia un lateral de la sala donde la luz es más baja y el suelo es gomoso y amortiguado. Dan ganas de sentarse.
Saúl ordena un puñado de cuerdas, enroscándolas entre el codo y la mano. Un quehacer en el que lleva distraído un buen rato, más en el qué que en el hacer. Amanda, al tacto de la goma en sus pies, se sienta a sacudirse las miradas un rato, aunque en el intento, tropieza con la de Saúl. Se miran. El suelo está blando; Amanda ya no necesita la firmeza que sostiene cada uno de sus gestos de pie. Saúl le pasa una de las cuerdas ligeramente por el brazo, como una invitación a abandonarse un rato, al calor del grupo, bajo el sostén de las cuerdas, sobre el suelo mullido y ante su atento estar. Amanda cierra los ojos para dejar de empujar el espacio y recogerse ahora dentro de él, como un refugio. Respira hondo y se repliega hacia sí, soltando un suspiro mudo. Ya no quiere llamar la atención.
Saúl rodea su torso en un primer contacto con las cuerdas sin apretar, como si midiera el espacio, las ganas de Amanda, su entrega, su ánimo y su ternura antes de atraparla con el singular deseo que despierta una rara avis como ella. Amanda permanece quieta, dejándose hacer sin anticipar el siguiente movimiento. Qué ironía, ¿es esta la misma mujer? Quienes ahora la observan necesitan ajustar la mirada. La mujer que hace unos minutos dirigía cada gesto acoge ahora un tiempo sin ritmo propio. La escena se construye en una espera lenta de lo inesperado en la que los labios de Amanda dibujan una sonrisa que marca el momento.
Las cuerdas comienzan a cruzarse sobre su cuerpo precisas y tranquilas. Pasan por debajo de los brazos, rodean la espalda, regresan al frente, y en cada vuelta parece instalarse un orden más profundo que la vuelta anterior. Amanda deja caer ligeramente los hombros, apenas unos milímetros tan visibles como su sonrisa. Ha dejado de rellenar el espacio; lo habita. Se le nota el ritmo pausado del aire en el pecho, cómo entra suave y sale disgustado por no querer abandonar la calidez de su intimidad.
Las cuerdas avanzan sin prisa, ajustando, sosteniendo, delimitando y remarcando la belleza de las curvas del cuerpo de Amanda. Su rostro alberga calma mientras las cuerdas le aprietan el pecho como el abrazo eterno de una madre evaporada. No hay resistencia, tampoco esfuerzo ni exhibición. Los asistentes han modulado la proyección de sus miradas y ahora es un acto de comunión. Amanda se vuelve más pequeña, o más exacta. Como si al dejar de sostener la escena, por fin pudiera quedarse visiblemente dentro de sí, sin nada que empujar ni dirigir. Y en esa quietud, en esa forma de no hacer, todos parecen conocerla un poco más. La miramos y la queremos tanto y un poco más.
