Las dos mujeres
«No sabemos si cada gesto ha sido ensayado muchas veces o simplemente forma parte de su naturaleza»

Dos mujeres. | Freepik
Hay mujeres que entran en una sala y la temperatura cambia ligeramente, las conversaciones bajan medio tono y algunas miradas se levantan. Y no es que haga aspavientos o se salte ningún código; esto ocurre sin ruido, sucede. Amanda es una de ellas.
En el centro del espacio, envuelta en penumbra, Amanda mira fijamente a María con una calma que roza la severidad. Ni busca la atención ni la evita; permanece allí de pie con la espalda muy recta y el gesto serio, como si supiera el final de la escena que está aún por empezar. María la mira desde la silla. Los asistentes de la velada han quedado dispuestos alrededor en un círculo amplio de forma no intencionada. Podría decirse que cada uno terminó en el lugar desde donde observaría la escena por motivos diferentes: charlas que llegaron a una pausa, bailes que requerían de un descanso, vueltas del baño o de la cocina y entonces se sentaron donde quedaba libre, sin más. Nadie estaba cerca de ellas, pero sí lo suficiente como para sentir que formaban parte de algo. No hay aplausos ni palabras, solo la música dibuja una línea curva, suave e invisible por la que comenzar andar.
Amanda se acerca a la silla sin teatralidad en sus movimientos. No sabemos si cada gesto ha sido ensayado muchas veces o simplemente forma parte de su naturaleza. Pasa la mano por el cabello de María que cierra los ojos al primer contacto. Primero, Amanda le aparta el flequillo de la frente con suavidad. Después, lo recoge con más firmeza inclinándole ligeramente la cabeza hacia atrás. María sonríe e inspira fuerte. Se muere de ganas de que le arrebaten por un rato cualquier tipo de decisión. Los ojos que rodean la escena sienten en el estómago cierto tipo de satisfacción; la sonrisa de María es contagiosa y un halo de bienestar compartido inunda la sala.
Amanda levanta a María sosteniéndola del pelo y le indica que se arrodille en el asiento hacia el respaldo. Un pequeño azote en el culo rompe el silencio. No es fuerte, es preciso. María vuelve a sonreír mientras se le arquea la espalda, dejando el culo más expuesto. Amanda le acaricia la espalda con las dos manos como si mimara el lomo de una yegua, y mientras la agarra fuerte de la cintura al llegar a ella, le azota con fuerza las nalgas como para lanzarla al galope. Una, dos, tres, cuatro, cinco y… Amanda le acerca el rostro al cachete para sentir su calor.
Pasea su cara por el culo de María como un bálsamo para la quemazón que ha empezado a asomarse. Lo besa. Coge a María de la mano y la lleva hacia el otro lado de la silla. María se agarra al borde como un ave rapaz y Amanda la abraza desde atrás con cariño para empujarla inesperadamente hacia delante y aplastarle el rostro sobre el terciopelo acolchado del respaldo. La carne del culo de María luce desde ahí más voluminosa. Los observadores lo miran, algunos con más apetito. Amanda lo sabe y se aleja. Se sienta en la silla a esperar. María no se mueve. Tampoco sabemos si suspira, ha dicho algo, ríe, canta o llora. Tiene la cabeza contra el respaldo y el pelo le tapa la cara.
Amanda la vuelve a peinar y le da un bofetón y un beso. Luego un bofetón y otro beso. Amanda se lame la mano y le ofrece una bofetada pringosa que le untará por toda la cara. Le aprieta fuerte la mandíbula y los labios hacia la nariz, como si quisiera decirle algo por enésima vez y no se enterara. A María le tiemblan las piernas. Le suben y bajan las costillas al ritmo de su respiración y la ven sonreír de nuevo. La vemos de nuevo sonreír.
Continuará…
