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Historia canalla

Hemingway en la Guerra Civil: lujo y mentiras

En ‘Historia canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

Hemingway en la Guerra Civil: lujo y mentiras

Ilustración de Alejandra Svriz.

La figura de Ernest Hemingway exige trascender el mito del escritor aventurero para observar con rigor la compleja red de privilegios, compromisos políticos y manipulación informativa que definió su estancia en el Madrid sitiado durante la Guerra Civil. Hemingway fue un actor principal en la maquinaria de propaganda de la República, operando desde un oasis de lujo, el Hotel Florida, que contrastaba violentamente con la miseria de la población civil. Hemingway, además, colaboró con la maquinaria de propaganda soviética a cambio de obtener información privilegiada y libertad de movimiento, cosas que el resto de corresponsales no tenía. Esa colaboración con Stalin le llevó a escribir incluso un artículo para Pravda en agosto de 1938. Luego, Hemingway salió de España como un luchador romántico por la libertad y la democracia cuando en realidad fue una pieza de la represión y la liquidación social clásicas del comunismo.

Hemingway no era un desconocido cuando llegó a España. Su fama provenía de haber trabajado un perfil de periodista aventurero. Estuvo en Europa en la Primera Guerra Mundial como conductor de ambulancias en Italia y fue herido de gravedad. Luego se instaló en París, en 1921, junto a su primera esposa, Hadley Richardson. En la capital francesa se integró en la llamada Generación Perdida, que cristalizó en su primera gran novela, Fiesta (1926), en la que unos jóvenes estadounidenses afincados en París —vamos, unos burgueses— viajan a Pamplona para disfrutar de los Sanfermines. Ya se sabe: tipismo, emociones, fiestas y amor. Después publicó Adiós a las armas (1929), casi autobiográfica sobre su experiencia en la Gran Guerra. En 1936, cuando estalló la Guerra Civil española, Hemingway ya era una figura literaria internacional, con una obra madura y una biografía marcada por la guerra, el periodismo y la supuesta moralidad y pacifismo.

Hemingway llegó a Madrid en marzo de 1937 como corresponsal de la North American Newspaper Alliance (NANA), cobrando 500 dólares por cablegrama y hasta 1.000 dólares por crónica, cifras que multiplicaban por diez el salario de cualquier otro corresponsal. En términos actuales, enviar una sola de sus crónicas costaba al diario el equivalente a unos 20.000 euros. Esto hacía de Hemingway el periodista mejor pagado del mundo en aquel momento.

El escritor se instaló en las habitaciones 113 y 114 del Hotel Florida, en la plaza de Callao, en el centro de Madrid, junto a la Gran Vía y el edificio de Telefónica. Este hotel funcionaba como un oasis de privilegios donde el Gobierno republicano aseguraba el suministro de comida abundante y de calidad para comprar una imagen internacional favorable.

Mientras que el madrileño se enfrentaba al racionamiento, las colas interminables y el hambre, Hemingway y un selecto grupo de corresponsales se refugiaban en el Hotel Florida, viviendo en el lujo gracias al gobierno republicano. Me refiero a escritores y periodistas, como John Dos Passos, Robert Capa, Gerda Taro, Herbert Matthews y Antoine de Saint-Exupéry. Este edificio de diez plantas, inaugurado en 1924, representaba la cumbre del confort burgués de la época: contaba con 200 habitaciones con baño individual, calefacción central, ascensor y teléfono.

Hemingway vivió la tragedia de la guerra con un estilo de vida aristocrático. Incluso hizo que le trajeran desde París provisiones de jamón en lata, paté y abundantes botellas de whisky y ginebra, utilizando para el transporte las mismas ambulancias que él financiaba para la causa. Durante los bombardeos nocturnos, Hemingway y su pareja solían poner música de Chopin a todo volumen en su gramófono. Además, eran famosas las veladas regadas con alcohol comprado a milicianos que habían saqueado las bodegas privadas. Se dice que el corresponsal Sefton Delmer, del Daily Express y agente de propaganda del Gobierno británico, guardaba un bar entero en su bañera, y que la habitación de Hemingway era el punto de encuentro para tomar una copa cuando el resto de la ciudad carecía de lo básico. Mientras estos periodistas hablaban de las tragedias de los madrileños, ellos vivían una existencia de lujo y desenfreno.

La posición de Hemingway en Madrid no era solo la de periodista muy bien pagado, sino la de un activista vinculado estrechamente a la órbita comunista. Para obtener información privilegiada y libertad de movimientos, Hemingway se vinculó al poder soviético en España. Su centro de operaciones políticas no era el frente de batalla, sino el Hotel Gaylord, lugar de residencia de los asesores rusos y de la élite de la inteligencia soviética.

En el Hotel Gaylord, Hemingway se rodeaba de figuras como Mijaíl Koltsov, el corresponsal de Pravda que actuaba como «el hombre de Stalin en Madrid», y Alexander Orlov, jefe de la NKVD encargado del control político y de las checas. A través de estos contactos, Hemingway accedía a una esfera de poder vedada para la mayoría de los periodistas extranjeros, lo que le permitía contar la guerra desde la perspectiva propagandística del bando comunista. Esta cercanía fue tal que el escritor llegó a colaborar activamente con los cineastas soviéticos y comunistas, como Joris Ivens, en la creación del documental de propaganda The Spanish Earth, cuyo guion redactó para presentar el conflicto como una lucha heroica de la democracia contra el fascismo, sabiendo perfectamente que los comunistas no eran demócratas.

Su alineamiento político era tan férreo que Hemingway estaba dispuesto a ignorar las purgas internas y los crímenes cometidos en territorio republicano para no comprometer su acceso a la información y su estatus. El caso más notorio de esta amoralidad política fue el asesinato de José Robles, traductor y amante de John Dos Passos. Cuando Robles desapareció, acusado falsamente de espionaje por los soviéticos, John Dos Passos imploró a Hemingway que intercediera ante sus contactos en la NKVD. Hemingway se negó rotundamente, argumentando que en una guerra mueren muchas personas por razones absurdas y que interesarse por José Robles pondría en peligro su posición. Esta traición destruyó su amistad con Dos Passos, y demostró que Hemingway había sacrificado la moral, la dignidad y la verdad al poder comunista.

Los despachos de Hemingway para su periódico solo pueden leerse como piezas propagandísticas. El propio Hemingway admitió en privado haber «mentido un poco» en sus escritos de guerra. Su estrategia consistía en una selección sesgada de los hechos: enfatizaba los éxitos republicanos y omitía sistemáticamente las victorias de las tropas franquistas, creando una ilusión de avance que no se correspondía con la realidad militar del conflicto.

El ejemplo paradigmático de esta manipulación fue su tratamiento de la Batalla de Guadalajara. Hemingway presentó este enfrentamiento como una derrota catastrófica del fascismo, con el fin de elevar la moral republicana y convencer a la opinión pública estadounidense de que la República podía ganar la guerra si recibía ayuda material. Aunque fue una victoria táctica importante, Hemingway la exageró de forma desmedida, utilizando su pluma para vender optimismo manipulando a sus lectores.

Además de la exageración, Hemingway recurría a la creación de arquetipos ideales para humanizar la causa republicana. En sus crónicas introdujo a personajes como Hipólito, un chófer que supuestamente carecía de ideología y cuyo único credo era la República. A través de este tipo de figuras, Hemingway intentaba desvincular al bando gubernamental de la imagen de revolución violenta que asustaba a las democracias occidentales, presentando el conflicto como una lucha romántica de un pueblo noble contra invasores extranjeros. Todo era una farsa, un relato para extender la propaganda comunista.

Incluso cuando Hemingway criticaba la organización militar republicana, lo hacía con una intención soterrada: solicitar auxilio internacional. Al resaltar la inexperiencia de las tropas o la falta de recursos, no buscaba denunciar la incompetencia de los mandos, sino emitir una petición de ayuda a las potencias democráticas, presentándose como un observador que veía la posibilidad de victoria si tan solo llegaban los materiales necesarios. No buscaba denunciar la incompetencia de los mandos, sino emitir una petición de ayuda a las potencias democráticas.

Es fundamental entender que Hemingway operaba bajo un estricto sistema de censura gubernamental. Todas las crónicas extranjeras se dictaban desde el edificio de la Telefónica, donde censores como Luis Rubio Hidalgo o Arturo Barea supervisaban cada palabra. El censor disponía de un conmutador para cortar la comunicación si el periodista se desviaba del texto aprobado. Sin embargo, a diferencia de otros periodistas que intentaban burlar este control usando valijas diplomáticas o viajando a Francia, Hemingway se mostraba generalmente complaciente con el sistema.

Las autoridades republicanas sabían que tratar bien a un escritor de su talla internacional era una inversión publicitaria inigualable. Por ello, Hemingway recibió todas las facilidades: salvoconductos para circular libremente, combustible para sus desplazamientos y acceso a los frentes que otros tenían prohibido visitar. A cambio, él proporcionaba al mundo una visión edulcorada, falsa y épica de la contienda, alineada con los intereses de la Junta de Defensa de Madrid y, más tarde, del gobierno de Juan Negrín.

En última instancia, la vida de Hemingway en la España de 1937 fue la de un privilegiado que hacía propaganda sobre la guerra desde una suite de hotel. Su compromiso no era con la objetividad periodística, sino con un ideal romántico y político que le exigía transformar la realidad en una narrativa de buenos y malos. Su labor fue fundamental para cimentar la imagen mítica de la República en el extranjero, construida sobre mentiras, omisiones calculadas y una alarmante indiferencia ante la represión interna y en la retaguardia.

Años después, en su novela ¿Por quién doblan las campanas?, de 1940, Hemingway se permitió romantizar el conflicto y distanciarse de ambos bandos, como si él no hubiera sido cómplice del comunismo sangriento durante la Guerra Civil. Durante el conflicto, Ernest Hemingway prefirió ser un engranaje de lujo en la maquinaria de propaganda, priorizando la victoria de su bando sobre la integridad de su profesión, de la verdad y de los derechos humanos.

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