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Cultura

Norman Mailer, bastante más que el macho alfa de la literatura norteamericana

Richard Bradford hurga en la biografía, 'Un tipo duro', en las mezquindades del escritor y desprecia su producción literaria

Norman Mailer, bastante más que el macho alfa de la literatura norteamericana

El escritor Norman Mailer. | Europa Press

Norman Mailer fue —junto con Truman Capote y Gore Vidal— el estandarte de la primera generación de escritores mediáticos de Estados Unidos. En la primera mitad del siglo pasado, algunas figuras como Francis Scott Fitzgerald habían alcanzado el estrellato, pero antes de la llegada de la televisión, la exposición pública no era tan impúdica. No todos los autores de la posguerra entraron al trapo de la tele. Algunos —como Salinger y Pynchon— optaron por hacerse invisibles y otros —como Roth, Bellow, Updike, Cheever…— se dedicaron a escribir y no a construirse un personaje público.

Llega ahora, con algunos años de retraso, la biografía Norman Mailer. La vida de un tipo duro (Erasmus) de Richard Bradford, aparecida en inglés en 2023, coincidiendo con el centenario del nacimiento del escritor. Es en esencia un trabajo de demolición, que hurga sin misericordia en las miserias y mezquindades del escritor, por el que es obvio que el biógrafo no siente la menor simpatía. Tampoco se le puede reprochar, porque Mailer fue un mal bicho. No es cuestión de ponernos moralistas, pero su lista de virtudes fue extensa: sexista, misógino, homófobo, racista, infiel patológico, maltratador de varias esposas, alcohólico con muy mal beber y violento hasta el punto de ir por ahí arreando puñetazos.  

Genio y figura, su vida fue una sucesión de episodios escandalosos o estrambóticos, algunos graciosos y otros sin ninguna gracia, que el biógrafo repasa con sibilina delectación. Les resumo algunos de los greatest hits del personaje: se cambió su muy judío nombre Nachem Malech Mailer por Norman Kingsley Mailer para no ser identificado como tal y se inventó unos orígenes proletarios para hacerse el interesante, pese a que provenía de una familia de clase media. En 1960, en estado de ebriedad en una fiesta, apuñaló con un cortaplumas a su segunda esposa, Adele Morales, y casi la mata (estuvo dos años en libertad condicional).

En 1969 se presentó a la alcaldía de Nueva York como candidato independiente con un programa lleno de ideas de bombero. A finales de los años sesenta, inició una errática carrera como director de cine, mayormente experimental y algunos de sus rodajes fueron épicos, con improvisaciones que se iban de las manos. En 1971 e enfrentó en solitario en un debate televisivo —en plan toro bravo—, a cuatro luminarias feministas con ganas de despellejarlo. Y obsesionado con su hombría, coqueteó con el boxeo. En los años setenta, mientras esperaban en el camerino para intervenir en un programa, le propinó un cabezazo a Gore Vidal. Y en la etapa final de su carrera, irritado por una crítica negativa a El fantasma de Harlot, le arreó un puñetazo en plena calle al director de la revista en la que había aparecido la pieza. 

A principios de los ochenta encabezó una campaña para excarcelar al asesino John Henry Abbott, al que consideraba un genio literario merecedor de una segunda oportunidad por las memorias que había escrito en prisión. Al poco de salir, Abbott asesinó a un joven cubano en un restaurante.

Caricatura

Todo esto y más lo cuenta de un modo muy ameno y ágil Bradford. Este tipo de escritores asilvestrados parece ser una especialidad americana -de Hemingway a Bukowski, pasando por los beats– y sin duda son muy resultones como biografiados. Entre las andanzas del atrabiliario Mailer, el biógrafo va dejando caer —casi a regañadientes— lo verdaderamente relevante, el motivo por el que seguimos hablando de Mailer: su producción literaria. Pero Bradford, además de tener nula simpatía por el personaje público, tampoco tiene en gran consideración al escritor y no pierde ocasión de despellejarlo, en ocasiones reforzando sus comentarios con la cita de algún reputado crítico de colmillo retorcido.

Y aquí es donde este tipo de biografía deviene problemática, porque distorsiona el legado y convierte al biografiado en un pelele. Es lo que lleva demasiado tiempo sucediendo con Hemingway. Casi todo lo que hizo es hoy pecado: cazar, pescar, ir a los toros, ser aficionado al boxeo, beber sin tasa y empeñarse en demostrar su virilidad. Todo lo cual permite caricaturizarlo como un escritor tosco y primario. Nada más lejos de la realidad. Sus mejores obras, en especial sus cuentos, muestran a un narrador de una audacia y sofisticación superlativas, que revolucionó la literatura estadounidense.

Pues bien, con Mailer sucede algo muy similar. Pudo ser un cantamañanas y una parte no desdeñable de su producción literaria es una birria, lo cual tiene una explicación bastante pedestre. Tuvo seis esposas y nueve hijos, muchas pensiones alimenticias que pagar, además de hipotecas y deudas por anticipos cobrados por obras no entregadas. Lo cual lo obligaba a escribir mucho, demasiado. Solo al final de su vida, el agente Andrew Wylie, el chacal, le consiguió un jugosísimo acuerdo editorial que estabilizó sus finanzas.

Literatura y periodismo

Sin embargo, y por mucho que Bradford desprecie sus libros, hay en su producción literaria un puñado de obras que le aseguran un lugar de honor en la literatura del siglo XX. Su primera novela, Los desnudos y los muertos, publicada en 1948, es el pistoletazo de salida de la generación de la posguerra. Basada en sus experiencias en la Segunda Guerra Mundial —estuvo destinado en la isla filipina de Luzón, aunque apenas vio el frente de lejos—, es mucho más que una novela bélica. Es el retrato de los jóvenes —los miembros de una patrulla— que serán los ciudadanos de la América de la posguerra. Fue un fenómeno editorial y Mailer se pasó el resto de su vida tratando de igualar ese éxito. El resto de sus novelas son entre irregulares y malas, pero cuando mezcló periodismo y literatura consiguió logros notables.

Son interesantes sus retratos de mitos americanos como Marilyn Monroe, Cassius Clay y Lee Harvey Oswald. Y escribió dos hitos por los que ganó sendos Pulitzer. En primer lugar, la narración-reportaje Los ejércitos de la noche (que en la biografía se empeñan en traducir como Las tropas de la noche), crónica en primera persona de la marcha sobre el Pentágono de 1967 para protestar contra la guerra de Vietnam. Y por otro lado, La canción del verdugo, novela de no ficción al estilo de A sangre fría de Capote, centrada en Gary Gilmour, convicto de dos asesinatos que pidió que se le ajusticiara. Aunque es cierto que Mailer se toma algunas licencias en relación con la verdad, el resultado es un demoledor relato del reverso del sueño americano.

Mailer, cofundador del neoyorquino Village Voice, fue uno de los precursores del nuevo periodismo de Tom Wolfe y compañía, con su famoso artículo de 1960 Superman Comes to the Supermarket, sobre John F. Kennedy. Algunas de sus más vibrantes piezas periodísticas están reunidas en el volumen América (publicado por Anagrama en 2005).

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