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La Europa de las letras

Lea Ypi: la dignidad y los destinos cautivos

Nacida en 1979 en Albania, enseña marxismo en la London School of Economics, la prestigiosa universidad de Londres

Lea Ypi: la dignidad y los destinos cautivos

Ilustración de Alejandra Svriz.

Nacida en 1979 en Tirana, capital de Albania, el Estado satélite de Europa más cerrado y estalinista, la profesora y politóloga Lea Ypi escribió su primera obra de ficción en 2021: Libre: el desafío de crecer en el fin de la historia, una obra magistral y autobiográfica, mezcla de memorias, ensayo histórico y reflexión sociopolítica, con el añadido de una prosa de soberbia factura literaria, que se acompañaba de numerosas pinceladas de un humor y de una lucidez deslumbrante. Una obra que daría la vuelta al mundo. Hoy, Lea Ypi enseña marxismo en la London School of Economics, la prestigiosa universidad de Londres.

Con unos padres sedientos de libertad, que defendieron ardientemente, como otros muchos, la causa de la democratización tan pronto como cayó el régimen tiránico, las bases de este camino inesperado, pespunteado sin cesar de paradojas, decepción y recuerdos divertidos en la etapa más dura y totalitaria, se sentaron en el caso de Lea desde la infancia. Ella, tan solo una niña de 11 años adoctrinada en la escuela, no entendía por qué, en su país, último bastión comunista, una vez desplomado el régimen, en 1990, se derribaban de repente las estatuas de Stalin y Hoxha. Aunque con los monumentos cayeron también los secretos y los silencios aterrados: se desvelaron los mecanismos de control de la población, o los asesinatos y torturas de la policía secreta.

En una fascinante y muy singular autobiografía política, tan conmovedora como a ratos cómica y con toques del mundo de lo absurdo, una obra magnífica, escrita en un tono ingenuo e infantil, la autora describía su amor por los jóvenes pioneros socialistas y por el líder absoluto Enver Hoxha. También su fascinación por los anuncios de la televisión italiana capturados clandestinamente, las colas frente a las tiendas, las primeras latas de Coca-Cola o la relación llena de complicidad con su abuela, hija de un pachá de Tesalónica, que le enseñó el francés, lengua de la burguesía culta. Sin embargo, en 1990, todo cambió. Sus padres, liberados de sus «orígenes burgueses», se involucraron enseguida en política. Muy pronto, todo un país se sacudía bajo el shock salvaje y neoliberal del mercado libre. Nada era igual que antes. Las fábricas cerraban y todos intentaban llegar a Italia. La joven se vería envuelta entonces en un torbellino político que también escondía una vacilación íntima: ¿qué significa ser libre?

En este primer libro de recuerdos, al que seguiría otro igualmente espléndido, Indignidad, la filósofa y politóloga Lea Ypi, hablaría de sus recuerdos de niña y adolescente crecida en el país del dictador Enver Hoxha («el tío Enver», como lo llamaban en su clase). Escrita con una fina ironía y con ese delicado y lírico sentido de la curiosidad y la fascinación ante imágenes e informaciones entre cotidianas y fantásticas recibidas en los primeros años, dentro de un universo en el que la palabra «libre» era arrojada como un señuelo o prohibición por unos y otros (bien por los que reclamaban el fin de un sistema de partido único, bien por los que machacaban a diario con el imperialismo de Occidente o con la traición de los revisionistas del bloque socialista) Ypi lograría elaborar una emotiva y a ratos desternillante rememoración.

Una deliciosa rememoración a la manera de El guardián entre el centeno de Salinger, pero en el fantasmagóricamente confuso y orgullosamente autorreferencial mundo de la Albania comunista. Nacida en el seno de una familia de «intelectuales» (es decir, gente con formación académica) proscritos a causa de sus orígenes «burgueses», desde 1990 nada sería igual. La pequeña Lea perderá «la inocencia» y por primera vez se plantea que, al contrario de lo aprendido en la escuela y en su grupo de pioneros, «la libertad y la democracia no formaban parte de la realidad en que vivíamos». Por fin, los adultos, o sea, sus padres, dejarán de susurrar entre ellos atemorizados, y por fin ella, descendiente de un pachá de Tesalónica por parte de madre y de un ex primer ministro «colaboracionista» por parte de padre, descubrirá con todos sus detalles la verdad de su estirpe prohibida.

Por fin entenderá el porqué de los manifestantes en las calles de Tirana: «por qué la gente reclamaba libertad si ya éramos uno de los países más libres de la tierra». «Todo el mundo quiere marcharse de Albania», le diría por su parte en 1991 a la autora, su querida abuela Leman. Se lo diría poco después del hundimiento del comunismo, cuando unas primeras oleadas de emigrantes albaneses emprendían el camino de Italia, el país del primer mundo más cercano. «¿No te tienta?», le dirá entonces Lea. Pero su abuela, que sufriría todas las penalidades de la historia —guerras, recomposición de fronteras, cambios de régimen, invasiones de unos y otros—, llevaría la contraria a los que iban en pos de una nueva, desconocida y esperanzadora oportunidad para ser libres. A ella, como antaño, todo ello le recordaba una especie de castigo o exilio precipitado por algo que siempre negó haber hecho: colaborar con el enemigo, el que fuera.

Así pasó cuando un empresario alemán, que habían conocido en Tirana durante la guerra, les advirtió en 1945, a ellos, una familia de burgueses con un pasado aristocrático, de altos cargos durante el Imperio otomano, que todo lo malo aún estaba por venir: «Los comunistas ganarán la guerra, los Aliados también la ganarán… No vosotros».

Pero una vez más, la digna y orgullosa abuela Leman, víctima de un tiempo despiadado que desplegaría indignidades a cada paso y que volvería sospechosos a todos, sin prepararlos jamás para el ritmo enloquecido que iban tomando los acontecimientos, con el consiguiente intercambio de poderes y lealtades a cada momento, le respondería exactamente lo mismo que en aquel final de la Segunda Guerra Mundial: «¿Por qué íbamos a marcharnos? ¿Por qué nos pedía ese hombre, un alemán, que huyéramos, como si hubiéramos sido colaboracionistas? No habíamos hecho nada». Y decidieron quedarse en Albania. Es decir, en la que sería una de las más feroces y aisladas dictaduras comunistas, asumiendo luego todas las calamidades que vendrían: el encarcelamiento durante 15 años de Asllan, el marido socialdemócrata de Leman, acusado de «colaborar con los angloamericanos», así como trabajos extenuantes y de gran dureza para ella en el campo, como represaliada.

Lea Ypi dedicó de nuevo, en 2025, un libro bellísimo, Indignidad, a la búsqueda tenaz de unas huellas muchas veces confusas, «confiscadas» por las mentiras de su tiempo, con el fin de componer una posible «verdad» de lo que había sido la vida de su amada abuela con la que creció. «Quizá —dirá— es a mí a quien se le debe la verdad por todos los traumas que sufrió mi familia. A fin de cuentas, debo mi vida al dolor del que fue víctima mi abuela». Un libro apasionante, verdadera lección de lo que la Historia general y oficial no cuenta, que a la vez ofrecía el cautivador retrato de su fascinante familia otomana-griega-albanesa, símbolo de las mil fronteras recompuestas.

Su decisión, la de escribir este nuevo libro, surgió al modo de un auténtico e indignado pistoletazo de salida y fue tomada casualmente, a través de una foto antigua. En las redes sociales, un desconocido había colgado una foto de su abuela de joven, elegante, sonriente, echada sobre una tumbona junto a su marido, con unos esquíes apoyados al fondo, en su luna de miel en los Dolomitas italianos, en Cortina d’Ampezzo, en 1941. Una imagen tiempo después desconcertante, con la guerra entonces brutalmente extendida por todo el continente. La foto, dada la celebridad de su descendiente, escritora, filósofa y profesora en la London School of Economics, se volvería inmediatamente viral, desatando todo tipo de comentarios, algunos de enorme virulencia. Es entonces cuando Lea decide regresar a su Tirana natal, narrada maravillosamente en Libre, cuando era una pequeña pionera enamorada del líder máximo Enver Hoxha, para reconstruir, hundiéndose en cientos de archivos e informes de la policía desclasificados una vez llegada la democracia, una posible interpretación y certezas. Decide emprender una exhaustiva investigación tras el vértigo de acusaciones de las que fue objeto su abuela en aquel tiempo oscuro de verdades deformadas, manipuladas o sin cesar borradas: agente extranjera, colaboracionista con el fascismo mussoliniano y luego con los nazis o simplemente espía afectada de «cosmopolitismo».

Se trataba de la figura, en su conjunto, más odiada por la nueva dictadura del proletariado, en un país de campesinos, con un alto grado de analfabetismo. La abuela Leman había nacido en 1918, en vísperas del hundimiento del Imperio Otomano, en Salónica («Salonique la Magnifique», como era nombrada con nostalgia en su familia, de confesión musulmana) en el seno de una poderosa familia de terratenientes y altos dignatarios. Llegado el comunismo, Leman sería sometida a una estrecha vigilancia como «sospechosa de conspirar contra el Estado comunista recién formado». Lea Ypi, en un relato apasionante en el que recogería la indefensión absoluta de los individuos en los estados totalitarios, así como sus frágiles verdades tanto privadas como colectivas, llevaría a cabo en su libro una impresionante reflexión sobre la justicia y la integridad moral. Sobre mujeres como su abuela que lucharon por imponerse a la adversidad de su tiempo mediante una indestructible fuerza moral, «cuya expresión, en el mundo, llamamos dignidad».

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