The Objective
Andreu Jaume

Sánchez o la extinción de la responsabilidad

«La prueba está en que todos sus lacayos, desde Félix Bolaños o Patxi López hasta Óscar Puente, han asumido sin rechistar esa extinción de la responsabilidad»

Opinión
Sánchez o la extinción de la responsabilidad

Ilustración de Alejandra Svriz.

Hay algo muy emocionante en la trayectoria política del poeta John Milton (1608-1674), que se pasó la vida defendiendo con pasión sus ideales republicanos, sobre todo durante el breve paréntesis de Cromwell, cuando parecía que los tres reinos de Inglaterra, Escocia e Irlanda podían consolidarse en una Commonwealth emancipada de la atribución divina del poder real. Como secretario de Cartas Extranjeras del lord protector, Milton se encargó de redactar en latín numerosos discursos y tratados que defendían el regicidio y el republicanismo, la iconoclastia y la soberanía del pueblo inglés frente a los presbiterianos y los partidarios de la restauración monárquica en la figura de Carlos II. Tras la muerte de Cromwell —que al final se parecía más a un rey republicano que a otra cosa— y restablecida finalmente la corona, Milton, ya ciego por un glaucoma —literalmente se había dejado los ojos en su actividad política—, siguió publicando panfletos contra los Estuardo y defendiendo la separación entre Iglesia y Estado, la soberanía popular, el divorcio, la independencia del Parlamento, el derecho a alzarse contra la tiranía y la convicción de que todos los seres humanos nacemos libres e iguales. Son las ideas que luego inspirarían a los padres fundadores de Estados Unidos, una nación muy miltoniana en su raíz.

Cuando al final de su vida constató su fracaso, Milton, ayudado por sus tres hijas, dejó la árida prosa y el latín de su vida pública y se volcó en la lírica vernácula que le estimulaba su ceguera, considerando «cómo se gastaba su luz», para decirlo con un verso suyo. Fue entonces cuando compuso, al dictado, El paraíso perdido, su épica sobre el origen del mal y la constitución moral del universo. Su ambición, maravillosamente desmesurada, consistió en fundamentar teológicamente la libertad que la política de su tiempo había vulnerado. En su particular cosmogonía, el universo nacía del caos, pero seguía amenazado por el mismo, latente tras una especie de concha que protegía la creación, pero que, a la vez, nos recordaba el peligro constante de volver a abismarnos en el desastre. Su venganza poética contra la involución democrática se resumió en devolver el libre albedrío a todo lo acontecido desde el principio de los tiempos. Según Milton, el universo no era fruto del azar (chance), sino de la elección (choice). La caída se originó por la decisión que tomó Satán, incapaz de soportar el exceso celestial. Dios, a su vez, tras repudiar a las hordas del ángel caído, decidió crear a los hombres, criaturas intermedias por su conocimiento del bien y del mal, un saber que nos convirtió para siempre en los seres del discernimiento moral.

Satán es por ello, en El paraíso perdido, un personaje dramáticamente superior a Dios, que Harold Bloom describió con mucha gracia como «un general Patton de los cielos». Heredero de los grandes villanos de Marlowe y Shakespeare, aquí Satán piensa, duda y sufre porque se sabe responsable de su decisión. Dios, en cambio, aunque tiene el don de ver todo lo que pasará, no puede determinar nada. Milton concibió su épica como una demostración de que todo lo que ocurre —el devenir mismo— es fruto de una cadena de decisiones que todos los personajes del Génesis toman de acuerdo con la libertad moral que Dios les ha conferido para ello. Con una contundencia radical, el poeta se vengaba así de los calvinistas y negaba la predestinación, presentando la historia de la humanidad como un constante presente moral en que las decisiones de todos nunca dejan de conformar nuestra organización social y política. Gracias a ello, Milton nos devolvió la capacidad de seguir creando el mundo, de acuerdo con nuestras elecciones y en virtud de nuestra responsabilidad intransferible e inexcusable.

Los tiempos oscuros suelen estar precedidos por un eclipse de esta capacidad de asumir responsabilidades que Milton exigió en la política de su tiempo y cantó para siempre en su poema. Todos recordamos el momento, que sigue poniendo la piel de gallina, en que Willy Brandt, visitando el memorial del gueto de Varsovia en diciembre de 1970, decidió de pronto arrodillarse. Der Kniefall von Warschau fue el símbolo con el que un canciller alemán quiso pedir perdón en nombre del Estado que representaba y que había sido culpable del genocidio judío. Brandt no actuaba como agente moral individual, puesto que como tal podría haber alegado que en tiempos de Hitler él luchó contra la opresión, arriesgando su vida, como así fue. No, Brandt se arrodilló porque sabía que en ese momento ostentaba la dignidad de un cargo que soportaba la herencia de una serie de decisiones mediante las cuales sus antecesores nazis habían generado aquella catástrofe moral. (Hay que volver a ver la secuencia, por cierto, para comprobar cómo alguien puede arrodillarse sin humillarse).

Su actitud se oponía radicalmente a la de los jerarcas que durante el juicio de Núremberg habían alegado «obediencia debida» a la hora de justificar su colaboración en el exterminio. Para estos sujetos, sus decisiones no acarreaban ninguna responsabilidad porque la moral había quedado suspendida gracias al mandato del Führer. Y fue justamente la suspensión de la relación entre decisión y responsabilidad lo que en última instancia hizo posible aquello que nadie creía que pudiera ocurrir. El ejemplo de la Shoah es el más trágico y arquetípico, pero ilustra un problema que en realidad afecta al comportamiento humano y social en su conjunto. La disminución moral que permitió a tantos —desde vecinos hasta funcionarios, soldados, ministros y así hasta llegar al jefe del Estado— desentenderse de la suerte de los judíos y de todos los deportados y gaseados sustituyó el libre albedrío de los colaboradores por una adhesión inquebrantable. El poder absoluto, el mismo que Milton había combatido durante su vita activa, creó entonces las condiciones para que todo un sistema jurídico, político y social asumiera sin vergüenza la extinción de la responsabilidad.

Sin ánimo de hacer comparaciones espurias y truculentas, que siempre invalidan los argumentos, ahora ya podemos sostener sin ambages que Pedro Sánchez ha subvertido el orden moral de la democracia española, una transgresión de consecuencias todavía inimaginables. La clásica distinción weberiana entre «ética de la convicción» y «ética de la responsabilidad» no tiene cabida en su concepción del poder, inspirada tan solo en una épica de la resistencia, pueril y deportiva, que se contenta con felicitarse ante el espejo por haber superado a otros presidentes en la duración en el cargo. Da igual si en el país cuyo Gobierno preside hay apagones, accidentes ferroviarios, incendios o un temporal de corrupción que no hace más que arreciar día a día. Su patológica egopatía ha decretado la suspensión de cualquier relación entre sus decisiones y la responsabilidad que de ellas debería derivarse, tanto en el orden moral como en el político, un ámbito en el que su cesarismo ha transmutado la convicción y la responsabilidad en la constante publicidad de eslóganes vacíos.

La prueba está en que todos sus lacayos, desde Félix Bolaños o Patxi López hasta Óscar Puente, han asumido sin rechistar esa extinción de la responsabilidad. Cuando la Asociación de Víctimas del accidente ferroviario de Adamuz se reunió con él y pidió su dimisión, el ministro Puente les espetó impertérrito: «Yo no he soldado el raíl», una frase que le desacredita para siempre como servidor público, pero que al mismo tiempo constituye una prueba irrefutable de la impunidad moral que ha instituido Pedro Sánchez en su gabinete. De la misma manera, las soflamas del pobre Patxi López, un hombre de una indigencia intelectual cada día más embarazosa, gritando en la tribuna del Congreso «¡Yo, con Begoña!», secundan el desahucio parlamentario instigado por el presidente. Cuando al día siguiente todos los diputados socialistas aplaudieron en pie a su líder tras haber perdido la votación de la moción con la que el Congreso instó a Sánchez a disolver las Cortes, la denigración institucional culminó formalmente. Las carcajadas del presidente eran la perfecta expresión de su ostensible e impúdica alienación moral.

Comentando El político y el científico, el ensayo en el que Max Weber distinguió entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad, Raymond Aron sostuvo que toda una escuela, cuyo máximo representante fue Maquiavelo, consideraba que la política se revela precisamente en las situaciones extremas. Un político debe ser, al mismo tiempo, convencido y responsable. «¿Pero cuál es la elección moral —se preguntaba Aron—, cuando es preciso mentir o perder, matar o ser vencido?». El moralista de la convicción respondería que la verdad, mientras que el moralista de la responsabilidad se decantaría por el éxito. Y Aron concluye su reflexión con una sentencia que podría ser el epitafio del político más nefasto y mediocre que ha dado nuestra democracia: «Las dos elecciones son morales con tal de que el éxito que este último quiera sea el de la ciudad y no el suyo propio».

Publicidad