La revelación de Isata Kanneh-Mason
«Logró crear en la sala ese especial silencio reverencial que solo se concita cuando ocurre algo que rompe la rutina»

Isata Kanneh-Mason.
Hay pocas cosas tan gratificantes e inductoras de plenitud como descubrir a un joven talento sin previo aviso, viéndolo amanecer de pronto como un mensajero de ese enigma que siempre acaba abriéndose paso a través de los tiempos, las generaciones y las barreras sociales. Estaba el otro día este oyente lego en Londres, sentado en el maravilloso Wigmore Hall —una de las salas musicales más nobles y bellas de la ciudad—, dispuesto a asistir a un buen concierto protagonizado por un grupo de jóvenes hermanos —qué útil es la palabra inglesa «siblings», que incluye tanto el masculino como el femenino—, los Kanneh Mason, dos chicas pianistas, un violinista y una chelista —y aún hay más prole musical en la familia—, nacidos en el Reino Unido, de padre caribeño —de Antigua— y madre africana —de Sierra Leone—. Y eso fue la primera parte del programa, un buen concierto, a ratos, incluso, excelente.
Empezaron las hermanas Isata y Janeba tocando una sonata para cuatro manos de Mozart (K521) con notable virtuosismo y especial compenetración. Siguieron el violinista Braihma Kanneh-Mason y Janeba con otra sonata de Mozart, para violín y teclado (K304), que también cumplió con las expectativas. Y la primera parte se cerró con el maravilloso trío en sol mayor («Gitano») de Joseph Haydn, una de las obras que este compuso, justamente, durante su estancia en Londres para Mrs. Schroeter, viuda de un compositor alemán y alumna enamorada del maestro vienés. Aquí brilló la jovencísima Mariatu al chelo, que, sobre todo en el segundo movimiento (Poco adagio), demostró una sutilidad y una atención —qué bien se ensamblaba y jugaba con sus siblings, tanto con el violín como con el piano— extraordinarias. Cabe esperar grandes cosas de esta chelista, capaz, con tan solo dieciséis años, de sondear constelaciones. (Qué fraseo, por cierto, el de Haydn, uno de los grandes músicos de todos los tiempos, nunca lo suficientemente loado —sus epígonos Mozart y Beethoven lo han eclipsado un tanto a oídos de la mayoría—, dueño de un lirismo que le permite, como en ese Poco adagio, mantener la respiración de una misma línea, complicándola y extendiéndola sin agotarla hasta el final.)
La segunda parte se inició con la Nana de las Siete canciones españolas de Falla, bellamente ejecutada. Luego siguió con el tercer movimiento de la sonata para chelo de Samuel Barber y la meditación del Souvenir d’un lieu cher de Tchaikovsky. Todas las piezas evidenciaron, una vez más, el talento y la entrega de los Kanneh-Mason, esta familia de músicos tocados por la gracia y favorecidos por el empeño de sus padres, que se enfrentaron a los prejuicios y los desdenes de la sociedad británica y lograron que sus hijos desarrollaran plenamente su pasión por la música. Viéndolos y oyéndolos tocar, uno volvía a tener la certeza, comprobada hasta la saciedad, de que en el planeta del arte todos nos reconocemos de inmediato, sin distinción de clases, de género o de origen. El problema, por supuesto, está en las trabas económicas, sociales y políticas que muchos tienen para llegar a esa complejidad. Pero una vez alcanzada y asumida, todas las diferencias se esfuman de golpe por arte de una magia que se demuestra irreductible e indefinible. La música, además, sostiene un límite de exigencia que se está olvidando en las demás artes —incluida la literatura— y que por eso resulta tan ilustrativo y elocuente.
Pero la revelación —lo que los ingleses llaman, con mucha propiedad, shock of recognition— llegó con la última parte del concierto, cuando Isata Kanneh-Mason, la mayor de los hermanos, se quedó sola frente al piano y nos ofreció un recital de Prokofiev inolvidable, empezando con el preludio n.º 7, siguiendo con una de las Diez piezas sobre Romeo y Julieta (opus 75) y terminando —ahí es nada— con la séptima sonata, una de las más difíciles y exigentes del repertorio. Se trata de la segunda de las tres llamadas «sonatas de la guerra», empezada en 1939 y terminada en 1942, cuando Prokofiev se encontraba en el Cáucaso, huyendo de la ofensiva nazi. Sus tres movimientos (Allegro inquieto, Andante caloroso, Precipitato) sintetizan la capacidad de su autor para revolucionar la literatura de piano mediante la exploración de la naturaleza percusiva del instrumento, pero sin descuidar al mismo tiempo la tradición melódica de Chopin o Rachmaninoff. Como sucede con su extraordinaria obra sinfónica, donde es capaz de pasar de la calma bucólica de su Sinfonía clásica a la tremenda y angustiosa sexta, en sus sonatas, Prokofiev consigue transitar de la contemplación sideral al frenesí más desatado y diabólico.
El primer movimiento, efectivamente inquieto, con resonancias de Shostakovich, empieza con una especie de interrogación a la que sigue una extraña danza transida de arremetidas violentas que dan paso a un tema mucho más calmado e introspectivo, pero en el que no deja de palparse la amenaza de algo ominoso. Poco a poco, sin embargo, regresa el delirio del principio que todo lo arrastra y lo convulsiona hasta el abrupto final. El segundo movimiento es mucho más plácido y demuestra esa habilidad del compositor ruso por explorar otras formas de lirismo surgidas al calor de sus experimentos con la percusión. Prokofiev, adelantándose a los espectralistas, logra suspender el relato y crear mucho espacio en sus composiciones más lentas. Sin dejar de estar también lleno de ardor y contundencia, este Andante caloroso está saturado de afirmación vital. Finalmente, el último movimiento es una de las páginas más agitadas y turbulentas que jamás se han escrito para teclado. No hay tregua en la sucesión de ráfagas que contagian un incontenible y eléctrico ritmo infatigable, aterrador, desbordante. Es un movimiento afortunadamente breve porque puede resultar mortífero. En conjunto, la sonata requiere un intérprete muy experimentado y maduro. No son pocos los virtuosos que se han dado de bruces contra la tremenda complejidad de esta partitura.
A sus 30 años, Isata Kanneh-Mason, en cambio, logró crear en la sala ese especial silencio reverencial que solo se concita cuando ocurre algo que rompe la rutina y aparece la verdad sin ornamentos ni muletas. Es el «vacío cortante» del que habló Ceronetti para tratar de comprender lo sagrado. La pianista, tocando de memoria, se movió como pez en el agua por todos los vericuetos de la sonata, expresando cada matiz y cada inesperada torsión con una naturalidad asombrosa. Su conocimiento de la pieza, tanto en su vertiente más rítmica y calurosa como en sus partes más poéticas y evocativas, reveló una sabiduría precoz e inaudita. Al saludar, frente al estallido de aplausos y bravos del público londinense, su juventud tímida y luminosa casi parecía inconsciente de lo que acababa de mostrarnos.
Isata Kanneh-Mason es ya una de las pianistas más solicitadas en las principales salas europeas. Ha grabado con sus hermanos varios discos y en solitario uno con obras de Mendelssohn y otro, recién publicado, íntegramente dedicado a Prokofiev (Decca). En este último destaca una Toccata (opus 11), tremendamente vívida, que da una idea de la especial afinidad de la pianista con este compositor. Su prodigioso pulso parece un anticipo de lo que oímos en el Wigmore Hall con la séptima sonata. Luego se incluye también una maravillosa interpretación del tercer concierto para piano, con la orquesta Philharmonia, superior incluso a la grabación de Martha Argerich. Y al final, la tercera sonata, también magnífica, además de otras piezas. Esperemos que Isata pronto grabe todas las sonatas de Prokofiev, porque su arte es comparable al de los grandes pianistas especializados en este autor, desde Richter hasta Yefim Bronfman o Vladímir Ashkenazi, pero con un acento muy personal e intransferible, reconocible al oído pero imposible de explicar. Como escribió Schumann sobre Chopin: Hats off, gentlemen, a genius.
