Con los pies en la masa
«La planta se apoya con suavidad, apenas lo suficiente para sentir la superficie crujiente ceder un poco»

Una mujer amasando una masa. | Freepik
La harina cae sobre la encimera, dejando un rastro de polvo en el aire. Amanda mide, mezcla y amasa con paciencia. Dobla, presiona y gira una y otra vez, sin querer acortar el proceso. Gira, dobla y presiona mientras lanza más harina sobre la encimera y vuelve a empezar. Integra la mantequilla con maestría antes de dejar reposar la masa para volver a ella después y estirarla hasta que quede bien fina, con pinta de indefensa y desvalida. Después la pliega sobre sí misma, una vez y otra, construyendo varias capas que más tarde crujirán con apenas tocarlas. Amanda se esmera por conseguir la textura exacta. Cuando corta los triángulos, apunta con precisión. Enrolla cada pieza desde la base hasta la punta, formando esa curva reconocible sin ser perfecta. Coloca las piezas una a una sobre la bandeja y deja un espacio entre ellas, como si necesitasen respirar autónomas antes de cocerse vivas en el horno. Observa cómo crecen y se doran, cómo la superficie se vuelve firme y quebradiza para proteger el interior, que permanece mullido como un útero preparado para albergar. Los saca en su punto. Los deja enfriar sin tocarlos. No todavía.
El suelo también está preparado. Se descalza. Está frío y un calambre serpenteado le sube por la columna vertebral. Se le encogen los dedos para reducir el contacto antes de relajarse y acercarse a por el croissant. Elige el que más ha crecido, el más alto, más fuerte y más mullido. Lo coloca en el centro y guarda un minuto de silencio antes de continuar. Lo observa con detalle. Lo escanea con la mirada con la misma tensión que ofrece el filo de un cuchillo. Luego acerca el pie al croissant.
El primer contacto es contenido. La planta se apoya con suavidad, apenas lo suficiente para sentir la superficie crujiente ceder un poco. No hay prisa. Aún no se ha enfriado del todo y le resulta agradable que, en el ceder, se libere algo del calor acumulado. Amanda deja que la primera impresión se asiente: una resistencia mínima, el sonido suave y seco, el gusto de colocarse sobre algo tan delicado que puede romperse con facilidad. Se acuerda de la enorme tentación de romper el cuello frágil de sus muñecas, que logra vencer con la certeza de que no habría ni una nueva ni una más.
Después presiona más. El peso cae de forma gradual y controlada. Las capas comienzan a deshacerse bajo su pie; pierden la forma que construyó con tanto mimo y afán. Cambia la textura: lo blando se revela, lo compacto toma lugar. Ajusta ligeramente la posición e insiste, aplastándolo un poco más. Anda buscando el punto intermedio entre una nueva forma y la destrucción. Prolonga el momento sin moverse, probablemente un instante más de lo necesario, y retira el pie. El croissant intenta vencer el agravio y recuperar algo de su forma, con el pecho bien henchido, pero se queda a la mitad. Amanda lo recoge del suelo con caridad y lo introduce en una bolsa transparente con un lazo. Añade una nota doblada a la mitad, con la misma atención con la que enrolló cada una de las piezas de la masa anterior, y un par de fotografías instantáneas garabateadas. Las mete en la bolsa, una a cada lado, asegurándose de que queden visibles al primer vistazo. Cierra la bolsa con un gesto limpio, irrefutable, imposible de deshacer. Durante unos segundos la sostiene entre las manos; se relame, se sonríe y un calambre serpenteado le sube, esta vez, por la entrepierna, atravesando lo crujiente de sus ideas hasta lo más mullido de su interior.
