La culpa del infiel: qué dice la psicología sobre relaciones como la de Jésica y Ábalos
Los estudios apuntan a que la culpa y la disonancia cognitiva pueden traducirse en intentos de compensación

Jésica, examante de Ábalos | TO
Durante casi dos años, entre octubre de 2018 y noviembre de 2020, la vida de Jésica Rodríguez quedó ligada a la de José Luis Ábalos. No fue una relación al uso. Tal y como desveló THE OBJECTIVE, el vínculo comenzó cuando el exministro de Transportes escogió a Jésica en un catálogo de prostitutas. Con el paso de los meses, el nexo entre ambos dejó de ser puntual para adquirir continuidad, hasta el punto de que ella misma lo describía como una relación con un sugar daddy. Durante este tiempo, la joven estudiante de Odontología le reprochó a Ábalos, que estaba casado, no cumplir con el acuerdo de ingresarle mínimo de 6.000 euros mensuales, a cambio de renunciar a otros ingresos.
En paralelo, Jésica obtenía otros beneficios. En febrero de 2019, fue contratada por la empresa pública Ineco en un proceso que, según declaró ella, se inició por indicación directa del ministro. El objetivo, según su versión, era claro: trabajar para «cotizar» mientras terminaba sus estudios. El primer paso fue tan simple como enviar su currículum por WhatsApp. Su paso por la administración pública no fue convencional. En el Tribunal Supremo, el directivo de ADIF Ignacio Zaldivar justificó la renovación de su contrato —de Ineco a Tragsatec— alegando que no querían «perder el know how», como publicó THE OBJECTIVE. Sin embargo, la propia Jésica reconoció que nunca acudió a trabajar, algo que ya había adelantado este periódico. Para algunos, era una trabajadora «especial». Para otros, simplemente la «sobrina del ministro».
Contratos, pagos, lujo, viajes y discreción
La relación también se tradujo en un estilo de vida concreto: viajes, estancias y apoyo económico. Entre ellos, un apartamento de lujo en Madrid que, según las investigaciones, fue pagado por el entorno de la trama Koldo. El inmueble funcionaba, según fuentes citadas por THE OBJECTIVE, como un «piso franco», un espacio discreto donde ambos mantenían encuentros durante la pandemia, mientras la vida oficial seguía su curso.

Los correos electrónicos revelan además que Jésica fijaba una tarifa de 1.500 euros por cada día que acompañaba a Ábalos en viajes oficiales o actos del partido. En apenas siete meses, reclamó 39.300 euros por 33 desplazamientos. No eran viajes menores: incluían destinos internacionales en los que ella se integraba en la delegación oficial del ministerio, en una frontera difusa entre lo institucional y lo personal.
Jésica, sobre Ábalos: «Creo que él se sentía culpable porque me hizo cambiar mi estilo de vida cuando era feliz y no cumplió las promesas»
La relación con Jésica acabó cuando la entonces esposa de Ábalos, Carolina Perles, accedió a los mensajes y descubrió todo. Para entonces, la relación ya había dejado de ser privada. Y todo lo que había ocurrido en esos dos años empezaba a salir a la luz. Desde entonces, se han ido conociendo más detalles. Y hoy sigue ocurriendo. De hecho, este martes, en su declaración ante el fiscal jefe Anticorrupción, Alejandro Luzón, Jésica aportó más datos personales sobre su relación con Ábalos.
«Creo que él se sentía culpable porque me hizo cambiar mi estilo de vida cuando era feliz y no cumplió las promesas que me había hecho. Se sintió como en deuda, yo pienso, y por eso me dejó en el piso, pero nada más», aseguró ante Luzón. La relación, según ella, ya se había roto antes, en noviembre de 2019, cuando, Jésica decidió no aceptar su «vida paralela» porque «no estaba dispuesta». El relato de la joven, más allá de lo político y lo judicial, pone palabras a un mecanismo de compensación que se suele dar en numerosas relaciones extramaritales.
Lo que dice la psicología sobre la ‘culpabilidad’ en relaciones como la de Jésica y Ábalos
Los expertos en relaciones coinciden en que, en contextos de infidelidad prolongada, no es extraño que quien mantiene una doble vida acabe desarrollando un cierto sentimiento de deuda hacia su amante. La psicología lleva años estudiando este fenómeno. Diversas investigaciones han demostrado que la infidelidad no solo afecta a quien la sufre, sino también a quien la comete, generando emociones como culpa, vergüenza o ansiedad.
Ese malestar tiene una explicación clásica: la disonancia cognitiva, el conflicto que aparece cuando una persona actúa en contra de su propia imagen o valores. Estudios académicos señalan que la infidelidad suele chocar con la identidad personal, provocando una incomodidad psicológica que empuja a buscar formas de aliviarla.

Ahí entra en juego un mecanismo clave: la compensación. Para reducir esa tensión interna, quienes han sido infieles pueden intentar equilibrar el daño causado con gestos concretos, desde mantener el vínculo hasta asumir ciertos costes materiales.
Ojo, no siempre ocurre. Investigaciones recientes de la Johns Hopkins University apuntan que algunos infieles apenas sienten remordimiento y describen sus relaciones extramatrimoniales como satisfactorias. Pero cuando la culpa aparece, rara vez se queda en lo emocional: suele traducirse en actos. En ese marco encajan las palabras de Jésica Rodríguez.
Una historia que trasciende lo privado
Más allá de los detalles concretos —los correos, los viajes o el piso—, la relación entre Jésica y Ábalos deja entrever un patrón que la psicología ha descrito en otras ocasiones: el de los vínculos que nacen en lo oculto y acaban generando desequilibrios difíciles de sostener. Promesas, expectativas y cambios de vida que, cuando no se cumplen, dejan espacio a la culpa y a intentos de compensación.
En este caso, ese sentimiento de deuda que ella describe aparece como uno de los hilos que prolongan la relación incluso después de su final. Pero también evidencia sus límites: ni el apoyo material ni los gestos posteriores lograron sostener un vínculo marcado desde el inicio por la doble vida.
Al final, lo que comenzó como una relación discreta terminó saliendo a la luz pública, transformando una historia privada en un episodio con consecuencias políticas y judiciales. Y, como ocurre en muchas de estas historias, lo que queda no es solo el relato de lo vivido, sino la huella de lo que no llegó a cumplirse.
