The Objective
Gente

Ramoncín: «Yo no vivo en un palacio ni nado en oro; vivo de mi trabajo, libros e intervenciones»

El cantante y colaborador de televisión no olvida sus orígenes en Vallecas marcados por la humildad de su familia

Ramoncín: «Yo no vivo en un palacio ni nado en oro; vivo de mi trabajo, libros e intervenciones»

Ramoncín junto a su mujer y Pablo Carbonell. | Gtres

Ramoncín ha sido uno de los rostros más conocidos de la música. En estos últimos años, el cantante se ha reinventado y ha comenzado una etapa de la mano de los medios de comunicación. Es por eso que, ahora, el madrileño colabora con varias cadenas de televisión, especialmente con La Sexta, donde se ha convertido en uno de los protagonistas de las tertulias políticas. Aunque eso sí, siempre con un ojo en lo que fue su pasado y aquello que más le dio de comer. Pero ¿de qué vive ahora Ramoncín?

«Yo no vivo en un palacio ni nado en oro. Vivo de mi trabajo, de mis libros y de mis intervenciones. He ganado mucho dinero y he perdido mucho también, pero duermo con la conciencia tranquila de no haberle quitado nada a nadie», ha comentado en alguna que otra ocasión. Además, Ramoncín ha afirmado que nunca ha sido «un tipo de excesos autodestructivos. He visto a muchos quedarse en el camino por el caballo o el alcohol. Yo siempre quise estar despierto para ver lo que pasaba a mi alrededor. Mi droga ha sido el ego, no el polvo blanco».

La vida de Ramoncín alejada del lujo

Ramoncín, junto a su mujer. | Gtres

Y es que todavía se mira al espejo y reconoce «al chico de Vallecas, solo que con más mapas en la cara. No entiendo a los que se operan para parecer muñecos. La arruga es el autógrafo de la vida». Además, también es muy consciente del efecto que ha causado en otros. «He sido el más odiado y el más querido, a veces el mismo día. Pero mi vida personal es mi trinchera. Si alguien cree que me conoce por lo que ve en la tele, no tiene ni puta idea de quién es Ramón J. Márquez», contó. José Ramón Julio Martínez Márquez vino al mundo a mediados de los años 50 y no nació en cuna de oro. Se crió en el barrio de Delicias y luego en Vallecas, en una España de postguerra que aún cicatrizaba.

Su padre murió cuando él era muy pequeño, lo que marcó su carácter rebelde y protector con su madre. De niño le llamaban Ramoncín de forma cariñosa, un nombre que años más tarde contrastaría con su imagen de tipo duro y provocador. En 1978, España estaba despertando y Ramoncín le pegó un grito en la cara. Con la cara pintada —un ojo con un rombo al estilo glam— y una actitud desafiante, publicó su primer disco. En los años 80, Ramoncín dejó atrás el punk más crudo para convertirse en una estrella del Rock and Roll de estadios.

«Yo no vivo en un palacio ni nado en oro; vivo de mi trabajo, libros e intervenciones»

Discos como Arañando la ciudad (1981) o el directo Al límite, vivo y salvaje (1990) lo consagraron. Canciones como Hormigón, mujeres y alcohol —la famosa del litro de alcohol— sonaban en todas las verbenas del país. Empezó a escribir libros de poemas y un diccionario de argot —el Tocho Cheli—, demostrando que detrás del chupa de cuero había una mente inquieta y culta. Ramoncín fue de los primeros rockeros en entender el poder de la televisión. En los 90 presentó el concurso Lingo en TVE, demostrando una agilidad mental y un vocabulario asombrosos. Se convirtió en un rostro familiar para las abuelas que antes le tenían miedo. Su facilidad de palabra lo llevó a ser un habitual en debates políticos y sociales —como en Crónicas marcianas—, donde nunca rehuía el conflicto.

Probablemente, uno de los capítulos más grises de su vida tiene que ver con la SGAE. Su entrada en la junta directiva de la SGAE para defender los derechos de autor lo convirtió en el enemigo público número uno de internet y los movimientos de descarga libre. Fue abucheado en festivales —como el Viña Rock de 2006— y objeto de insultos constantes. Se vio envuelto en procesos judiciales por supuesta apropiación indebida. Aunque finalmente fue absuelto de todos los cargos en 2016, el daño a su imagen fue casi irreparable. Él siempre dice que «le robaron diez años de vida». A pesar de su exposición pública, su vida privada es un búnker.

Ramoncín junto a Begoña Villacís y Almeida. | Gtres

Actualmente, Ramoncín sale con Amalia Villar. Aunque viva con comodidades, nunca ha renegado de su origen. Sigue siendo socio del Rayo Vallecano y un firme defensor de la clase obrera. Algo que se extiende, también, a su día a día. Quienes lo conocen de cerca saben que su rutina actual es mucho más intelectual que rockera. Y es que el cantante pasa muchas horas rodeado de libros. Es un experto en historia de España, en el Madrid castizo y en diccionarios de argot —el famoso cheli—. Sigue siendo un coleccionista empedernido. Su casa es una mezcla de pinacoteca personal y archivo musical histórico.

Su vida centrada en sus hijos, su etapa como abuelo y su pareja

Tras el parón que le supuso los problemas legales a los que se enfrento. Ramoncín volvió a hacer música en directo. Además, es él quien gestiona su carrera y sus derechos, alejado de las grandes multinacionales que, según él, le dieron la espalda en los momentos difíciles. En 2026, Ramoncín es un rostro habitual en programas de actualidad —como laSexta Noche o programas de radio—. Opina sobre política, derechos de autor y la situación de los barrios obreros con la misma vehemencia que a los 20 años. Vive con la tranquilidad de haber sido absuelto de todos los cargos en los juicios de la SGAE. Esa victoria moral le ha dado una segunda juventud.

Como decíamos, su día a día alejado de los focos tiene mucho que ver con su familia. Lo que más le dolió —cuando vivió su etapa más negra— fue cómo lo sintieron sus hijos. Especialmente, Andrea. «Lo que más me dolió de los juicios no fue mi reputación, fue ver el brillo de tristeza en los ojos de mi hija», contó en una ocasión. Con ella ha tenido tres hijos más, completando su prole de cuatro. Ramón se define como un padre «pesado» en el buen sentido: muy pendiente, muy de valores clásicos y de mesa puesta para comer todos juntos. Ha intentado que sus hijos sean personas cultas, críticas y, sobre todo, independientes del apellido.

Y es que sus hijos «son lo único por lo que bajaría al infierno y volvería. He aguantado que me llamaran de todo, pero si tocan a uno de mis hijos, el rockero desaparece y aparece la fiera». Ahora, Ramoncín está volcado en sus nietos, a quienes consiente todo lo que no pudo o no supo consentir a sus hijos por las giras y el trabajo.

Publicidad